American Gods | Primera Temporada

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American Gods narra el encuentro y aventuras de Shadow Moon, un ingenuo ladrón recién salido de la cárcel, y Mr. Wednesday, un misterioso gentleman para el que termina trabajando como guardaespaldas. Sobre las cuatro ruedas del icónico Cadillac Fleetwood recorrerán Estados Unidos reclutando aliados para lo que está por venir. Sobre esta base clásica de road movie construye Neil Gaiman, fuente primaria de esta historia, la epopeya de una guerra entre dioses. De un lado las antiguas divinidades, los dioses de toda la vida representados por Wednesday, y del otro los nuevos ídolos, fenómenos surgidos a rebufo de la modernidad y que el público, sus creyentes, han colocado en lo más alto de sus deseos y pesares.

Esta primera temporada funciona como un largo planteamiento en el que las cartas de la partida no quedan del todo reveladas hasta su mismo final. Aquí estriba, en mi opinión, el principal riesgo de American Gods. Su esperado final no se convierte en acicate para la próxima temporada, no invita al espectador a seguir pegado al televisor, más bien lo contrario. Un raro efecto anticlimático embarga sus últimos minutos. Una vez expuesta toda su realidad, lo que seducía comienza a cansar, e incluso Wednesday, interpretado por el siempre brillante Ian McShane, pierde de repente su atractivo.

American Gods fascina mientras se mantiene ambigua, juguetona. En ese extraño mundo repleto de extraños dioses que ni parecen inmortales ni mucho menos omnipotentes, la guerra que se nos avecina apetece menos que conocer sus orígenes, el trasfondo que la termina desatando. En cualquier caso, hay material suficiente para que la segunda temporada recupere el brío de sus primeros episodios. La conseguida atmósfera onírica que nubla cada episodio y la química existente entre el inspirado elenco invita a ser optimista, por más que parezca que, al igual que le sucede a Shadow Moon la mayoría del tiempo, esta guerra entre divinidades venidas a menos y diosecillos de nuevo cuño nos pille un poco a contrapié.

Filmaffinity: 7.3
IMDb: 8.3

No tan Happy Valley

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Tras el definitivo final de Fargo, es buen momento para recordar la serie que muchos han calificado como su equivalente británica: la producción de la BBC Happy Valley. Ambas comparte el gusto por el medio semirrural y por esos personajes no demasiado despiertos que, tras toda una vida como ciudadanos intachables, guiados por un arranque de ambición, estupidez o simple necesidad, se ven inmersos en crímenes horribles de impensables consecuencias.

Al igual que en aquella Fargo primigenia, la inesperada heroína de Happy Valley es una mujer de mediana edad,  ya abuela y con un pasado de desgracias alrededor del cual se articula el tema central de toda la serie. Siempre en el centro de la acción, la sargento Catherine Cawood (personaje interpretado por la multipremiada Sarah Lancarshire), lucha, llora y vuelve a luchar para sacar adelante su turbia familia y, en última instancia, resolver todos los casos que pasan por sus manos.

La prominencia de este personaje es la primera consecuencia del gran problema que lastra Happy Valley. La cantidad de personajes es muy limitada, todas las tramas, por chocantes que sean, giran en torno a un puñado de rostros conocidos de tal manera que, como sucede en muchos procedurales, cuando un personaje nuevo entra en escena es porque lo van a matar o porque es el asesino. La falta de medios y la escasa amplitud de miras convierten a Happy Valley en un entretenimiento casi teatral, limitado en el espacio y de poco recorrido.

Dejando de lado su condición de serie menor, las interpretaciones tienen suficiente carisma para atrapar al espectador, y siempre resulta refrescante salir un rato de las oscuras calles de las grandes metrópolis. El humor negro y el sarcasmo, omnipresente en Fargo, es el punto donde vemos la mayor diferencia de concepto entre ambas series: la única broma de Happy Valley está en su título.

Filmaffinity: 7.7
IMDb: 8.5

The Handmaid’s Tale | Primera Temporada

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The Handmaid’s Tale, la aclamada serie de Hulu, nos embarca en un futuro poco halagüeño en el que las fuerzas más reaccionarias han tomado el poder en los Estados Unidos y han resucitado una peculiar visión del puritanismo codificada alrededor de una nueva realidad biológica: la futura extinción del ser humano debido a la esterilidad de la gran mayoría de la población. Inmersa en un mundo a medio camino entre la división clasista de cualquier otra distopía adolescente y una sharia occidental, nuestra criada protagonista, interpretada por Elisabeth Moss, se adapta a su nueva vida de parturienta profesional, lucha cuando tiene la ocasión y se postra cuando es necesario. Sobrevive, en pocas palabras, mientras es testigo directo de cómo los dogmas de nuevo cuño y esa moral estricta que la asfixia resultan ser una pose, y que la hipocresía, una vez más, es el motor fundamental de los grandes movimientos represores de limpieza moral. En cada rincón de Gilead, esa nueva Estados Unidos opresiva y puritana, encuentra una grieta, en cada represor un vicio que necesita ocultar para no ser víctima de sus propias ideas.

Esta adaptación de la novela de Margaret Atwood reproduce alguno de los tópicos habituales en el subgénero de la distopía. Al parecer, está visto que cuanto más chungo sea el futuro más compartimentado estará. Las castas que vemos en Gilead tienen su nombre, atribuciones e incluso su propia vestimenta (de gran elegancia, por cierto). Tenemos los jefes y sus esposas, denominadas Esposas, las Marthas, una suerte de amas de llaves grises y poco habladoras, las Criadas protagonistas de la historia, y no parece que exista espacio para la gente normal, aunque en ocasiones aparezcan en un segundo plano, como relleno dramático. Este tópico agrada al comienzo y termina aburriendo, como casi todo en esta serie.

Pero antes de eso, fascina que por una vez la distopía sea moral y plausible. El mundo de THT resulta pavoroso no tanto porque existan países donde la mujer viva bajo una represión semejante, sino por determinados tics fáciles de rastrear en nuestras propias sociedades, abiertas y tolerantes, y que tirando de la madeja conducen directamente al horror de Gilead. Una de las virtudes de THT es la elegante manera como nos recuerda que la libertad se gana día a día, y no es difícil perderla de golpe si no se cuida lo suficiente. En espera de ver cómo evolucionan los acontecimientos en la próxima temporada, lo que hemos visto hasta ahora nos refiere una verdad histórica: incluso en los ambientes más represivos encuentra la libertad y la diferencia la manera cómo abrirse paso, y lo consigue no porque exista una resistencia que luche contra el totalitarismo, sino porque el germen de la revolución está en cada uno de nosotros, también en los propios líderes represivos, que sin testigos y de puertas para adentro se relajan y vuelven a disfrutar las felices libertades que ellos mismos se encargaron de erradicar.

Pero, como digo, THT también llega a aburrir, y lo hace por culpa del excesivo protagonismo de su heroína, por la escasa relevancia de los flashbacks, por esa historia de amor encajada con calzador que remite a los ejemplos más convencionales del resto de distopías para adolescentes. Pero sobretodo aburre porque da la sensación de que sobran capítulos y falta material dramático. La segunda temporada, ya en el horizonte, tendrá que marcar un ritmo menos moroso si no quiere perderse en su propio camino.

Filmaffinity: 8.0
IMDb: 8.7

 

 

The Leftovers | Final

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El estreno de The Leftovers supuso el regreso a la televisión de uno de los creadores de series más exitosos de los últimos años. A principios de siglo, Damon Lindelof y J.J. Abrams pusieron los cimientos de la ficción televisiva patas arriba con Lost, la sublimación del arte del cliffhanger y del todo vale. Tras su polémico final, Abrams se dedicó a expandir su nombre, ya convertido en marca, apadrinando todo tipo de productos de calidad variable. A Lindelof se le había perdido la pista hasta que HBO se sacó de la manga la adaptación de la novela de Tom Perrotta The Leftovers, una serie que prometía la misma experiencia radical y esotérica de Lost pero con una ambientación y un tono adulto y realista.

Había algo de eso. La primera temporada de The Leftovers parecía empeñada en sorprender al espectador con todo tipo de chocantes giros de guión. Sin un verdadero misterio que ocultar y desvelar (lo sucedido durante el capítulo piloto iba más allá de la comprensión humana), la gracia de aquel primer The Leftovers consistía en dejar al televidente a cuadros con las malsanas ocurrencias de sus personajes. Mientras los jóvenes de la serie se dedicaban a jugarse la vida y la salud con turbios entretenimientos sexuales, los adultos intentaban sobrevivir a lo inaudito embarcándose en extrañas sectas y dedicando sus días a los pasatiempos más chungos que uno pueda imaginarse. El mundo de The Leftovers era una calamidad, y todo provenía de un mismo hecho.

La desaparición repentina del 2% de la humanidad era el leitmotiv, la razón última. Con ese punto de partida, lo que pretendía ser un estudio de cómo el mundo es capaz de enfrentar lo sobrenatural, se convirtió en una colección de traumatizados. Era más adulto que Lost, ¿pero más realista?

Con el paso de los capítulos y las temporadas, los primeros asombros fueron quedándose diluidos y la acción, al principio dispersa entra varios personajes y espacios, se centraba en una misma familia, dudosa en su composición pero definitivamente forjada en el memorable final de la segunda temporada. El intento por resultar realista a la hora de medir las reacciones de la humanidad ante semejante cataclismo contrastaba con la necesidad de la serie de resultar atractiva. Al principio, el principal punto focal fue el choque entre las distintas maneras de asumir la pérdida y la presencia de un poder hasta ahora invisible. Pero a partir de la segunda temporada comenzó a apreciarse un cambio que, en mi opinión, mejoraría la serie de manera rotunda. Ya no se trataba tan solo de enumerar rarezas y comportamientos límite. En esa segunda temporada conocimos Miracle, el pueblo invulnerable del que nadie desapareció, y los entresijos de alguna de las sectas que habían surgido a rebufo del gran cataclismo. Un año después, ya en la tercera temporada, seríamos testigos del miedo y la esperanza de que lo que sucedió volviese a pasar, pero por encima de todo, lo que había cambiado en The Leftovers era la profundidad de su mirada y la decisión de centrarse de manera definitiva en un grupo de personajes y en unas relaciones que nunca resultaron convencionales ni aburridas.

Lo sobrenatural, que comenzó siendo un detonante de alcance global, terminó convirtiéndose en algo cotidiano, una realidad con la que todos debían lidiar, ya fuera ignorando su presencia, asumiéndola como inevitable o intentando controlar su fuerza. De todo eso hubo en los últimos capítulos de The Leftovers, y también malas decisiones, y algún arco argumental francamente irrelevante. Su final nos deja el recuerdo de una serie irregular que supo centrar sus esfuerzos, y también un universo único y brutal lleno de rarezas y hallazgos. The Leftovers nunca fue una serie perfecta, pero sí irrepetible.

Filmaffinity: 7.3
IMDb: 8.1

 

Ascenso y Caída de Twin Peaks

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Mis primeros recuerdos de Twin Peaks son nebulosos, casi inservibles. Como una leyenda mítica vienen a mi memoria imágenes que años más tarde revisitaría de diversas maneras: un enano sobre fondo rojo, un guapo agente federal, un aserradero. Años después de su primera emisión tuve la oportunidad de hacerme con la serie completa en VHS y devorarla de corrido, tal y como se estila en la actualidad con las producciones de las plataformas de streaming. Ha pasado mucho tiempo, casi 20 años desde entonces, pero sigue viva en mi memoria gran parte de la trama, algunos personajes memorables, alguna escena de impacto. ¡Recuerdo, incluso, quién mató a Laura Palmer! También conservo dos percepciones que tuve entonces y contra las que ahora mismo no podría presentar nuevas pruebas o argumentos: que los capítulos dirigidos por Mark Frost eran mejores y que lo onírico, lo raro, funcionaba cuando matizaba la trama principal, cuando la enriquecía con ese único tono siniestro marca de la casa de David Lynch, pero llegaba a aburrir cuando tomaba el control y se adueñaba de la narración.

El esperado estreno de la tercera temporada ha llegado y no sé qué esperar. Si de lo que se trata es de volver al desbarre y aprovechar un título mítico para disimular la falta de ideas de la industria del entretenimiento, que se olviden de mi: no quiero saber nada de sus sueños locos y del agotador esoterismo de Fire Walk with Me. Pero si el plan es volver a Twin Peaks a saludar a ese inquietante hatajo de vecinos, con sus secretos absurdos; si vamos a volver a pasear por las montañas y entre los pormenores del aserradero mientras suenan las partituras de Angelo Badalamenti; si van a volver a plantearnos algún enigma insoluble, y si el agente Cooper viene a resolver un caso y no a dudar de los límites de la existencia… entonces pueden contra conmigo, aunque eso supusiera traicionar las ambiciones vanguardistas de Lynch y romper con la evolución de la serie. No quiero mareos.

* * *

Entre el texto anterior y el que sigue han pasado cuatro capítulos del regreso de Twin Peaks, un sinfín de diálogos grabados al revés, mucha cortina roja y algunas escenas interesantes, otras de las que me gustaría saber más, y muchas, demasiadas, que me invitan a saltarme los 14 capítulos que restan de esta tercera temporada.

No se le puede negar a David Lynch la imaginación y el gusto por ir más allá de lo establecido. No existe ningún otro Twin Peaks, y no volverá a existir. Nadie tendrá el poder suficiente y las ganas de pergeñar semejante serie de siniestras incoherencias. La libertad, la diferencia, la valentía son cualidades que salen a relucir cada vez que se habla de este nuevo Twin Peaks, más Twin Peaks que nunca, como diría el locutor. ¿Pero es suficiente? ¿Aporta algo?

El problema ya no es solo la escasa ligazón que parece existir entre las secuencias que componen estos nuevos capítulos, o las arbitrariedades del guión. Podría haber perdonado incluso las malas decisiones, bastante obvias, como la de ese nuevo y atontado Dale Cooper, o el peculiar sentido del humor, que desanclado de una ambientación costumbrista resulta torpe y poco gracioso.

A Twin Peaks le puedo perdonar muchas cosas excepto que deje de ser Twin Peaks. Lo que molesta, o debería molestar a los fans (reconozco que han demostrado grandes tragaderas), es lo que se ha perdido en el camino. Porque Twin Peaks no solo eran los gestos raros y las escenas oníricas, era mucho más. ¿Qué equivalencias encontramos en esta nueva temporada con las deliciosas y seductoras apariciones de Audrey, y su terrible final? ¿Dónde están los pasteles que devoraba Cooper, el estupor que causó su aparición? ¿Y Diane? ¿Y el misterio?

La nueva Twin Peaks destila ese aroma de terror siniestro y arbitrario que siempre ha trabajado Lynch, pero deja en el tamiz residuos que, al parecer, casi nadie echa de menos y que no estaban ahí solo para darle atractivo mediático a la serie. La investigación del asesinato de Laura Palmer no era solo una excusa para que Lynch planteara sus descabelladas teorías sobre los universos paralelos, no era simple alivio dramático entre pesadilla y pesadilla creado tan solo para que ayudase a digerir lo importante: el relato detectivesco era la misma esencia de Twin Peaks, una historia necesaria para que esa increíble mezcla de intriga, humor y terror tuviese sentido.

Filmaffinity: 8.4
IMDb: 9.3

Gangland Undercover camino del final

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Charles Falco fue un confidente de la policía que durante los primeros años de la década pasada se infiltró en algunas de las más peligrosas bandas de moteros de Estados Unidos, las así llamadas “one percenter”, orgullosa ironía a propósito del famoso comentario de la Asociación Estadounidense de Motociclismo sobre la honradez del 99 por ciento de los moteros. A principios de 2015, History Channel retrató su primera incursión en una de estas bandas, la denominada Vagos. Nunca pensé que aquella extraña serie a medio camino entre la ficción y el documental (el propio Falco aparece en la serie) pasara de una primera entrega, pero la sorpresa ha llegado casi dos años después con una segunda temporada más pulida y centrada en su investigación sobre MongolsOutlaws y, lo que es aún más chocante, con la promesa, telegrafiada en el nuevo arco argumental, de una tercera.

Gangland Undercover reproduce con seguridad los tópicos del subgénero del infiltrado. Dentro de la organización criminal, Falco las pasa canutas, y cada capítulo supone la promesa de un desastre. Buenos y malos desconfían de él y, para colmo, sus relaciones personales terminan inmiscuyéndose en el trabajo. Ya ni siquiera sabe quiénes son sus amigos.

En circunstancias normales, este tipo de temática no suele tener mucho recorrido, pero Gangland Undercover tiene la ventaja de estar basada en hechos reales, lo que ayuda a contener la imaginación de los guionistas (uno de ellos el propio Falco) y les evita introducirse en demasiados callejones sin salida.

Macarrismo, frases lapidarias y un infiltrado muy resultón es todo cuanto Gangland Undercover puede ofrecernos y, teniendo en cuenta su economía de medios y escasa ambición, no parece poca cosa. La tercera temporada dará el necesario cierre a esta historia de paranoia, traición y gente que se libra por los pelos.

Filmaffinity: 7.1
IMDb: 8.4

Better Call Saul

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Ha regresado Better Call Saul y con ella ese lento caminar que nos conduce directamente hacia algo que ya hemos visto. Saul Goodman nunca estuvo entre mis personajes favoritos de Breaking Bad, y tampoco soy un gran admirador de las precuelas. Y sin embargo, qué grave error hubiese sido pasar por alto esta gran serie.

Revisitando Breaking Bad, uno puede notar con claridad los cambios de registro que la serie fue viviendo a lo largo de sus cinco temporadas. No se trata tan solo de la famosa evolución de su personaje principal. La trama y el estilo van cambiando hasta alcanzar su cénit durante el último puñado de capítulos en los que se concretó ese tono único e inolvidable tan característico, a medio camino entre la intriga, la comedia negra y el drama psicológico.

A su lado, Better Call Saul se nos muestra como un producto terminado desde su inicio. Quizás porque no había necesidad de dibujar un final impactante o porque, sencillamente, es una serie más reflexionada, Better Call Saul ha logrado desde el principio lo que a Breaking Bad tanto le costó conseguir: que cada capítulo sea por si solo una joyita única y memorable, un fin en sí mismo y no el camino hacia algo más.

Sabemos que Jimmy McGill terminará llamándose Saul Goodman, y tenemos una idea bastante aproximada de las razones de ese cambio. Conocemos al dedillo los pormenores de la época más vibrante de su carrera, e incluso hemos vislumbrado qué fue de él después de que Walter White pasara por su vida. Pero nos encanta que nos lo cuenten, cada detalle, cada gesto, hasta que no haya nada más que contar.

Filmaffinity: 7.6
IMDb: 8.7