El dulce Kantaro

El subgénero de series orientales sobre gastronomía parece haber encontrado su nicho en la plataforma Netflix. Son varias las producciones que abundan en este tipo de tramas, sencillas o en ocasiones inexistentes, y en su verdadero leitmotiv: la exposición casi pornográfica de todo tipo de especialidades culinarias. 

En su momento hablé de la peculiar Samurai Gourmet, y ahora llega Saboriman Kantarou, traducido como Kantaro, el empleado goloso, basada en otro manga, bastante más reciente que el que dio origen a la serie sobre el samurái. Teniendo en cuenta los enormes parecidos entre ambas series parece claro que existe algún tipo de relación o influencia

Más que parecidos, un mismo molde estructura ambas series. Como es habitual en todo drama japonés, el protagonista necesita una excusa creíble para abandonar su trabajo y lanzarse a la aventura. En Samurai Gourmet, el detonante era la jubilación de nuestro héroe mientras que, en Kantaro, el protagonista homónimo cambia de trabajo y se hace vendedor callejero, lo que le permite poner en práctica su afición secreta: comer dulces.

Cada episodio está dedicado a un dulce que Kantaro degusta con deleite orgásmico, rozando el ridículo. En el aspecto narrativo, se pueden trazar equivalencias en casi cada rasgo de ambas series. Los segmentos oníricos en los el samurái hacía su aparición se convierten aquí en delirios surreales con personajes con cabeza de alimentos y continuas referencias al dios de los dulces y a su paraiso. Estas pequeñas historias son lo peor de Kantaro, aunque mejoran con el paso de los capítulos. También se diferencian en el tono general de las informaciones gastronómicas. Las sugerencia nostálgica del jubilado y su samurái deja paso a la pedagogía de Kantaro, que ofrece verderas clases magistrales del postre que pretende degustar y del local donde piensa hacerlo, convitiéndose casi en una guía culinaria de Tokio (todos los establecimientos y sus postres existen en el mundo real).

Aunque en estas diferencias Samurai Gourmet siempre sale ganando, hay ciertas cualidades de Kantaro que la hacen brillar por sí sola y ganar en interés. A diferencia de la otra, en Kantaro existe una trama general, ligera y sencilla, pero que vertebra todos los episodios y deja espacio para desarrollar nuevas tramas más allá de la repetitiva dinámica de acudir a restaurantes y comer delicias. Los personajes tienen un trasfondo, algún tipo de motivación más allá de la culinaria, e incluso una psicología en ocasiones perversa (para el recuerdo, el inenarrable episodio sobre los éclairs y la madre de Kantaro). 

El tono de comedia típico del cine japonés, ciertamente extraño para el gusto occidental, también mejora conforme pasan los episodios y llega casi a funcionar (el actor que interpreta al jefe de Kantaro resulta especialmente brillante). Aunque Kantaro es el protagonista absoluto, también el resto de personajes tienen su espacio en la serie e incluso, en ocasiones, sustituyen al héroe principal en la cata y disfrute de los dulces. 

Dejando de lado las influencias y comparaciones, aunque Saboriman Kantarou es otro ejemplo de planos cuidados y elaboraciones armoniosas y apetecibles, logra que su historia, con toda su sencillez, sea algo más que una excusa y sostén del delicioso catálogo de dulces japoneses.

Filmaffinity: 

IMDb: 8.5

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Samurai Gourmet

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Un hombre de cierta edad despierta y comprueba que ha dormido demasiado: va a llegar tarde al trabajo. Conociendo a los japoneses y su célebre ética laboral, parece normal su aprensión y nerviosismo, y aún más normal que tenga que ser su esposa la que le recuerde que se ha jubilado y no tiene que ir a trabajar. Tiene sesenta años y nada que hacer.

Esta mínima anécdota es toda la trama que necesitamos. A partir de ese momento, con todo el tiempo libre del mundo por delante, Toshiro Kazumi se convierte en un samurái errante en busca de la perfección comestible. Cada capítulo nos mostrará un tipo de elaboración, pero también una problemática social y cierta nostalgia de corte proustiano. Veinte minutos de tranquilo gozo en torno al placer de la comida.

No hay nada más excepto nuestro héroe y el plato que le ponen delante. Una fórmula tan sencilla podría resultar insuficiente, pero no es así. Al contrario: la fotografía de los alimentos y su elaboración es elegante y contenida, lejos de la pornografía gastronómica de los programas de cocina actuales, y relaja y excita los sentidos a la vez. La jubilosa interpretación de Naoto Takenaka es el otro placer que nos reserva Samurai Gourmet. Es imposible no disfrutar con él, compartir el gozo infinito que siente con cada bocado.

¿Y el samurái? Junto a nuestro protagonista viaja un samurái quijotesco que sirve a la vez como ejemplo a seguir y alivio cómico. Adoptando la forma de una alucinación, el samurái muestra a Kazumi la manera correcta de vivir mientras intenta sacar una sonrisa al espectador. Casi nunca molesta y, en ocasiones, resulta incluso divertido.

Esta pequeña gema que nos presenta Netflix también es pedagógica, e incluso iconoclasta: en un mundo en el que los cocineros han alcanzado el estatus de estrella del rock y la gastronomía una complejidad científica, resulta refrescante esta celebración de los sabores sencillos y las elaboraciones tradicionales.

Filmaffinity: 7.3
IMDb: