El crimen en Nápoles

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La aproximación del cine italiano al fenómeno del crimen organizado siempre ha sido, por necesidad, muy distinta a la del resto del mundo. En la mayoría de sus producciones sobre el tema no se percibe ni el glamour ni esa sutil mitificación del mafioso fácil de detectar en los productos americanos. En Italia, especialmente en el sur, la mafia es demasiado cotidiana y cercana para olvidar su naturaleza criminal y convertirla en algo que al final recuerda demasiado a una novela de pistoleros del lejano oeste.

Tras el libro primigenio y su primera adaptación audiovisual en forma de película, Gomorra se convirtió en serie, y lo hizo con brillantez. Volvíamos a visitar esa Nápoles oscura y maligna, ese centro comercial de la droga donde mafiosos poco agraciados construían mansiones ostentosas y de dudoso gusto en el interior de los edificios más miserables de Secondigliano. Volvíamos a ser testigos de la lucha por el territorio, de los asesinatos, del terrible precio que paga toda una sociedad por la ambición desmesurada de unos pocos.

Aunque Gomorra, la serie, cuenta con el patronazgo de Roberto Saviano, apenas queda nada de su obra original. No ya de su argumento, por fuerza distinto, sino incluso de su espíritu. Por más que muestren la dureza de los métodos de la Camorra y su absoluto desdén por la sociedad y la vida humana, por mucho que intenten escapar de la imagen torticera y estilizada que daba El Padrino de este tipo de individuos, al final lo que nos queda es un relato que, en su esencia, no es distinto a los que nos sirven desde Hollywood, poblado de hieráticos anti-héroes a los que admiramos por su astucia y perdonamos sus ocasionales arrebatos de crueldad. La feroz crítica del libro de Saviano se difumina entre los cliffhanger y los giros de guión, entre el aparataje ya típico de una serie de televisión contemporánea. Gomorra ya no molesta ni ofende, solo entretiene, y en su tercera temporada ni siquiera lo hace con el nervio habitual. Se ha domesticado, y no solo en su aspecto reivindicativo y crítico.

Tras dos temporadas de enfrentamiento entre los Savastano y el así llamado immortale Ciro di Marzio, la tercera temporada estaba obligada a transitar otros caminos. Y así fue durante los primeros capítulos, antes de que, una vez más, regresáramos a ese punto de partida en el que la narrativa mafiosa se siente más cómoda: el ascenso de un nuevo clan, su guerra contra el poder ya establecido, las traiciones y las trampas.

Es difícil no sentirse atrapado por este tipo de relato, aunque ya lo hayamos visto mil veces, aunque hayamos llegado a él de una manera un tanto cogida con pinzas. Su desarrollo enrevesado y su final catártico y ciertamente necesario, vuelve a dejarnos buen sabor de boca, pero con reticencias. Gomorra nos sigue gustando, pero necesita avanzar y dejar atrás los tópicos de este tipo de relatos y que, en cierta forma, había logrado sortear.

Con Gomorra, la serie, Saviano nunca podrá entonar ese “yo acuso” que le hizo famoso, ni podrá desgranar los intrincados vericuetos de la cocaína como hizo en Zerozerozero. Lo que puede hacer Gomorra, la serie, lo que debe hacer, es dar un final digno a su terrible historia de violencia, sin caer, una vez más, en el tópico, la repetición y las soluciones cómodas.

Filmaffinity: 8.0
IMDb: 8.7

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