The Handmaid’s Tale | Primera Temporada

tout-lede-the-handmaids-tale-costumes-01

The Handmaid’s Tale, la aclamada serie de Hulu, nos embarca en un futuro poco halagüeño en el que las fuerzas más reaccionarias han tomado el poder en los Estados Unidos y han resucitado una peculiar visión del puritanismo codificada alrededor de una nueva realidad biológica: la futura extinción del ser humano debido a la esterilidad de la gran mayoría de la población. Inmersa en un mundo a medio camino entre la división clasista de cualquier otra distopía adolescente y una sharia occidental, nuestra criada protagonista, interpretada por Elisabeth Moss, se adapta a su nueva vida de parturienta profesional, lucha cuando tiene la ocasión y se postra cuando es necesario. Sobrevive, en pocas palabras, mientras es testigo directo de cómo los dogmas de nuevo cuño y esa moral estricta que la asfixia resultan ser una pose, y que la hipocresía, una vez más, es el motor fundamental de los grandes movimientos represores de limpieza moral. En cada rincón de Gilead, esa nueva Estados Unidos opresiva y puritana, encuentra una grieta, en cada represor un vicio que necesita ocultar para no ser víctima de sus propias ideas.

Esta adaptación de la novela de Margaret Atwood reproduce alguno de los tópicos habituales en el subgénero de la distopía. Al parecer, está visto que cuanto más chungo sea el futuro más compartimentado estará. Las castas que vemos en Gilead tienen su nombre, atribuciones e incluso su propia vestimenta (de gran elegancia, por cierto). Tenemos los jefes y sus esposas, denominadas Esposas, las Marthas, una suerte de amas de llaves grises y poco habladoras, las Criadas protagonistas de la historia, y no parece que exista espacio para la gente normal, aunque en ocasiones aparezcan en un segundo plano, como relleno dramático. Este tópico agrada al comienzo y termina aburriendo, como casi todo en esta serie.

Pero antes de eso, fascina que por una vez la distopía sea moral y plausible. El mundo de THT resulta pavoroso no tanto porque existan países donde la mujer viva bajo una represión semejante, sino por determinados tics fáciles de rastrear en nuestras propias sociedades, abiertas y tolerantes, y que tirando de la madeja conducen directamente al horror de Gilead. Una de las virtudes de THT es la elegante manera como nos recuerda que la libertad se gana día a día, y no es difícil perderla de golpe si no se cuida lo suficiente. En espera de ver cómo evolucionan los acontecimientos en la próxima temporada, lo que hemos visto hasta ahora nos refiere una verdad histórica: incluso en los ambientes más represivos encuentra la libertad y la diferencia la manera cómo abrirse paso, y lo consigue no porque exista una resistencia que luche contra el totalitarismo, sino porque el germen de la revolución está en cada uno de nosotros, también en los propios líderes represivos, que sin testigos y de puertas para adentro se relajan y vuelven a disfrutar las felices libertades que ellos mismos se encargaron de erradicar.

Pero, como digo, THT también llega a aburrir, y lo hace por culpa del excesivo protagonismo de su heroína, por la escasa relevancia de los flashbacks, por esa historia de amor encajada con calzador que remite a los ejemplos más convencionales del resto de distopías para adolescentes. Pero sobretodo aburre porque da la sensación de que sobran capítulos y falta material dramático. La segunda temporada, ya en el horizonte, tendrá que marcar un ritmo menos moroso si no quiere perderse en su propio camino.

Filmaffinity: 8.0
IMDb: 8.7

 

 

11.22.63

112263

Cualquier serie o película de ciencia ficción necesita cierta suspensión del pensamiento crítico para disfrutarse, especialmente cuando involucra viajes en el tiempo. No conviene darle demasiadas vueltas a historias que, en general, suelen ser bastante absurdas. Con Stephen King la dosis suele ser más alta. Al gran fabulador americano no le tiembla el pulso a la hora de establecer las premisas de sus relatos. Como dice uno de los personajes de 11.22.63 en el primer capítulo, estas son las reglas, y no tienen explicación ni pueden cambiarse.

Las reglas de 11.22.63 son básicas: si entras en cierta habitación viajarás al pasado, concretamente al 21 de octubre de 1960. Puedes volver al futuro, y regresar al pasado cuantas veces quieras, pero siempre será a ese día, a ese mismo momento. Tan escasas son las explicaciones que ni siquiera sabemos exactamente cómo hay que hacer para regresar al futuro… ¿pero a quién le importa? También sucede que a Stephen King le gusta colorear sus novelas con reflexiones sobre el oficio de escritor, y de eso también hay en 11.22.63, y también en ese aspecto conviene dejarlo estar. Una vez asumido que el asunto es el que es, y no conviene hacer preguntas que no obtendrán respuesta, es el momento para ver qué hace nuestro héroe con ese curioso portal transtemporal.

James Franco es el héroe, y como es habitual en él, cuesta trabajo tomárselo en serio. Rápidamente, las motivaciones e intereses del personaje que interpreta pasan a un segundo plano para centrarse en la trama y en la única razón por la que un americano medio podría querer viajar a los años sesenta: salvar a Kennedy. Para ello recibe la ayuda de un experto en el tema, el dueño de la “máquina”. Ha dedicado toda su vida al proyecto, y sabe todo lo que nuestro protagonista necesita saber tanto del asesinato de Kennedy como del particular comportamiento del espacio-tiempo cuando detecta que alguien pretender cambiarlo.

Durante los ocho capítulos que dura la miniserie observamos las desventuras de James Franco en los años sesenta, su parsimoniosa investigación del asesinato de Kennedy y las relaciones personales que establece con esas gentes del pasado. También es un rasgo de Stephen King su facilidad para este tipo de narraciones, su imaginación y sentido del ritmo. 11.22.63 funciona y resulta agradable de ver, y no es hasta el final, con la serie ya terminada, cuando el pensamiento crítico regresa y percibes lo poco interesante que ha resultado una historia que podría haber dado tanto juego, y qué torpe y falta de matices ha sido su resolución final.

Filmaffinity: 6.8
IMDb: 8.3