Los hermanos Williams

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Los hermanos Williams, Harry y Jack, se han convertido en una presencia constante en el mundo de las series. Desde sus inicios en los canales minoritarios de la televisión pública británica con comedias como Tripped y Fried y su rápido ascenso a través del escalafón hacía el público mainstream con One of Us y The Missing hasta su definitivo salto al pequeño Olimpo de este tipo de creadores, con un doble estreno en HBO de sus dos producciones para ITV y BBC1, Rellik y Liar.

Lanzadas al público el mismo día, resulta difícil no compararlas, por inútil y poco satisfactorio que pueda resultar este ejercicio. Ambas cuentan con un referente claro y casi único. Rellik ya avisa en su título (killer al revés) de sus intenciones, y a lo largo del primer capítulo incluso teoriza sobre los motivos de este peculiar hecho. Al igual que Memento, la célebre película de Christopher Nolan, en Rellik los hechos suceden hacia atrás, comenzando la narración con lo que debería ser el final y retrocediendo hacia los inicios del conflicto. Nos encontramos ante la ya clásica historia de un asesino en serie y su investigación a cargo de un brillante y posiblemente excéntrico detective.

En Liar es conflicto parece más convencional. Una cita romántica de la que ambos participantes tienen versiones distintas y que destapa toda una serie de alambicadas y terribles realidades. En este caso, dejando atrás el modelo clásico de Rashomon, es fácil ver el ejemplo de The Affair en la manera como contrastan ambas versiones y se plantean los enigmas, especialmente al principio del capítulo, aunque sin llegar nunca al extremo descriptivo y sistemático de la serie de Showtime.

Los hermanos Williams han avisado las grandes diferencias que existen entre ambas series, hasta el punto de que puede resultar extraño que ambas hayan sido escritas por las mismas personas. Nada más lejos. Dejando al margen las diferencias temáticas y de tono general del relato, tanto Rellik como Liar ponen el punto focal en el juego formal establecido con el público. No debemos esperar grandes originalidades ni brillantez expositiva. Son historias sencillas, ya vistas, preñadas de giros de guión convencionales cuyo atractivo reside no tanto en lo que cuentan sino en como lo hacen. De atrás hacia delante la primera, desde un aparente multi-perspectivismo la otra (aparente porque, como queda claro al final del primer episodio, Liar es más otro relato detectivesco que la historia de un choque entre diferentes maneras de vivir una situación).

En la comparación de estilo de juego Rellik sale perdiendo. Lo que en Memento resultaba deslumbrante, aquí fastidia y enloda el relato. El espectador necesita la mayor parte de su energía para no perderse en los vericuetos temporales, y cuando las sorpresas llegan no impactan ni fascinan. Lo farragoso siempre se pone por delante de los personajes y sus historias. Rellik juega con la gran desventaja de poner muchas de sus cartas sobre la mesa en la primera mano, pero estoy seguro que el guión guarda en la recamara alguna sorpresa de alcance y un final apoteósico. Lo que no tengo claro es si merece la pena pasar por todos esos cartelitos de “5 horas antes” para llegar hasta allí.

Liar cuenta con la ventaja de su falta de ambición. El juego planteado es mucho más asequible tanto para el espectador como los autores. Lo que en Rellik parece un ejercicio moroso y fallido aquí se nos muestra punzante, atractivo. Ayuda la interpretación central de la siempre brillante Joanne Froggatt y el hecho paradójico de lo refrescante y poco habitual que resulta encontrar problemas reales en las series de televisión.

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El final del verano

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Resulta muy difícil escribir sobre Game of Thrones. Ni siquiera los grandes hitos del mundillo de las series como The Sopranos o The Wire han merecido tal cantidad de interés de público y crítica. Parece imposible decir algo que no haya sido ya escrito o teorizado por alguno de sus fans y, sin embargo, tampoco sería recomendable que dejase pasar la oportunidad de sacar un par o tres de apuntes sobre semejante fenómeno televisivo, el más grande de la última década.

Siempre he tenido la sensación de que, sin haber leído los libros en los que está inspirada, la serie Game of Thrones se queda corta, como si fuesen necesarios todos esos conocimientos literarios para apreciar lo que sucede dentro de la pantalla. A la vista está que me equivoco: el espectáculo se sostiene por sí solo. Tras la sexta temporada, una entrega que podíamos llamar de transición, este paquete de capítulos que acaba de terminar nos ha dado lo que tanto tiempo anhelamos: los primeros compases de la guerra final; las reencuentros tantas veces pospuestos de nuestros queridos protagonistas; Daenerys en Westeros; la llegada del invierno…

La historia, por fin, evoluciona, y nada es lo esperábamos. A pesar de las múltiples teorías levantadas, de lo aparentemente encaminada que estaba la trama y de que, como comentaré luego, GoT hace años que dejó de ser ella misma, sus autores se la han vuelto a apañar para sorprender, impactar y dejar sin aliento al espectador, dándole la vuelta a cualquier idea previa y, en suma, entreteniendo como hacía tiempo que no lo lograba un producto audiovisual.

Digo que GoT hace tiempo que dejó de ser ella misma e intento no ser injusto. Los hallazgos de GoT trascenderán el mundo de la televisión y, no me cabe duda, alcanzarán el cine, pero no puedo evitar notar ciertas lagunas en lo que, hasta cierto punto, parecía un producto casi perfecto. Son muchos los aspectos que atraen de esta serie, pero hay uno que destaca por encima del resto. Al margen de su cuidada factura, de sus diálogos shakesperianos y del sexo y la violencia, lo que caracterizaba a GoT, lo que la hacía única y preciada, era su condición de serie peligrosa. A medio camino entre la sorpresa y el sadismo, las primeras temporadas, los primeros libros, contaban con ese plus que pocas series pueden ofrecer, debido principalmente al hecho comprensible de que juega en su contra: matar al protagonista es un tabú narrativo, una solución a la que solo se llega obligado por las circunstancias o, en ocasiones, tras la búsqueda del giro de guión definitivo. En GoT esta rara cualidad había alcanzado su epítome: nadie estaba a salvo, todos podían morir, y era en ese mínimo juego del ratón y el gato donde se sustentaba gran parte de las sensaciones y afinidades que producía esta serie. El espectador invierte un tiempo sentimental con estos personajes, y los sabe en peligro constante, siempre al borde de la desaparición. En un universo como este, cada escena tiene su peso, cada diálogo debe ser escuchado con atención: pude ser el último, puede ser el presagio de una catástrofe inminente.

En el momento en el que los grandes protagonistas empezaron a sobrevivir a muertes seguras, GoT comenzó a perder su esencia. Como en las mejores tragedias de la antigüedad, la muerte, por encima de todo lo demás, es el fenómeno que define el tono y la narración de la saga.

Pero esto es cosa del pasado. Hace tiempo que hemos más o menos asumido que el GoT duro, ese en el que la vida de los protagonistas podía ser segada en cualquier momento, no volverá. Nos hemos acostumbrado a salvaciones in extremis, deus ex machina, resucitados, y esta temporada no ha escatimado esfuerzos en reforzar este camino. Lo que no esperaba era que esos mismos protagonistas perdiesen la lucidez y amplitud de miras acostumbradas. Dejando de lado el gran espectáculo ofrecido y que, por fin, hayamos abandonado los los morosos planteamientos de otras ocasiones para empezar a disfrutar de sus frutos, la séptima temporada será recordada por ser aquella en la que GoT perdió la inteligencia. Un mínimo de sentido crítico es suficiente para observar en casi cada uno de nuestros héroes una degradación similar. Un Tyrion cayendo de manera reiterada en las trampas de Cersei; Daenerys convirtiéndose en una niña mimada cuya máxima aspiración es que todo hijo de vecino se postre de rodillas; Jon Snow lanzándose a una misión suicida junto con otro puñado de idiotas; las pocas luces demostradas en la batalla del lago frente a los muertos; la enervante actitud de Bran; la torpe dinámica entre Arya y Sansa… los momentos poco acertados son innumerables, la fragilidad de algunos argumentos y proyectos más que evidente. Todo el aparataje narrativo necesario para llegar a los giros de guión, a las sorpresas, se nos ha mostrado en esta temporada excesivamente rebuscado, montado casi en exclusiva para dar lugar a esos momentos, deslumbrantes, en los que la batalla y la épica pudiera desarrollarse. Lo que en otras ocasiones parecía férreo y perfectamente acabado, ha aparecido esta vez como cogido con hilos, poblado de errores necesarios para mantener su poco brillante razonamiento. Los buenos giros de guión se caracterizan por resultar sorprendentes e impensables a pesar de estar guiados por una lógica implacable. En esta ocasión, la sorpresa está ahí, pero no la lógica. Lo implacable esta vez es la obcecación de los protagonistas por buscarse problemas gratuitos, por ser, ya está dicho, bastante tontos. El premio gordo se lo lleva Benjen Stark, apareciendo de la nada tras años desaparecido y muriendo otra vez después de salvar, de nuevo, al irrompible Jon Snow.

Por encima de este subtexto, sin embargo, hay tal cantidad de momentos impactantes que uno olvida fácilmente que lo que guía la serie ya no es el duro sentido común del consabido juego de tronos sino los apresurados errores de quien está a punto de acabar un proyecto demasiado ambicioso. Faltan seis capítulos, solo seis, que se antojan pocos pero que, muy posiblemente, sean los que necesitamos. He asumido que el final no será como espero, he aprendido, de hecho, a no esperar nada, a dejarme llevar, una vez que la lectura de los libros es solo un recuerdo cada vez más lejano, por la sorpresa y falta de juicio de este mundo de dragones, muertos vivientes y tronos. El desconsiderado hiato que separa lo que debería haber sido una única temporada final tampoco me molesta. Quizás sea necesario para digerir tanta violencia, tan poco respiro.

El fin del verano ha llegado, el sprint final ha sido ya lanzado. Es posible que el convulso universo westeriano esté tomando atajos, sobrentendidos, decisiones poco meditadas y también que los personajes, capaces de moverse por el continente a una velocidad sobrehumana, parezcan estar tan obsesionados como nosotros porque esto termine. Sabemos que Tyrion, Jon Snow o Daenerys llegarán casi con toda probabilidad a los compases finales de la serie, pero sucede que ese fin cada vez está más cerca. En la séptima temporada, tan memorable como oligofrénica, ha habido momentos más que suficientes para terminar con esta manera de manejar los destinos de nuestros héroes, pero parece que tendremos que seguir esperando un poquito más. Mientras tanto, seguiremos pensado y hablando, junto al resto de fans, sobre ese puñado de imágenes icónicas que nos han regalado las últimas semanas y entre las que se encuentra esa última escena final que nos recuerda que la guerra parece que no será tan fácil de ganar como podría haber parecido en un primer momento, y que, aunque GoT nunca vuelva a ser esa serie inteligente y maquiavélica que tantas veces nos sorprendió, es posible que sí que pueda volver a ser extremadamente peligrosa. 

Filmaffinity: 8.6
IMDb: 9.5

The Leftovers | Final

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El estreno de The Leftovers supuso el regreso a la televisión de uno de los creadores de series más exitosos de los últimos años. A principios de siglo, Damon Lindelof y J.J. Abrams pusieron los cimientos de la ficción televisiva patas arriba con Lost, la sublimación del arte del cliffhanger y del todo vale. Tras su polémico final, Abrams se dedicó a expandir su nombre, ya convertido en marca, apadrinando todo tipo de productos de calidad variable. A Lindelof se le había perdido la pista hasta que HBO se sacó de la manga la adaptación de la novela de Tom Perrotta The Leftovers, una serie que prometía la misma experiencia radical y esotérica de Lost pero con una ambientación y un tono adulto y realista.

Había algo de eso. La primera temporada de The Leftovers parecía empeñada en sorprender al espectador con todo tipo de chocantes giros de guión. Sin un verdadero misterio que ocultar y desvelar (lo sucedido durante el capítulo piloto iba más allá de la comprensión humana), la gracia de aquel primer The Leftovers consistía en dejar al televidente a cuadros con las malsanas ocurrencias de sus personajes. Mientras los jóvenes de la serie se dedicaban a jugarse la vida y la salud con turbios entretenimientos sexuales, los adultos intentaban sobrevivir a lo inaudito embarcándose en extrañas sectas y dedicando sus días a los pasatiempos más chungos que uno pueda imaginarse. El mundo de The Leftovers era una calamidad, y todo provenía de un mismo hecho.

La desaparición repentina del 2% de la humanidad era el leitmotiv, la razón última. Con ese punto de partida, lo que pretendía ser un estudio de cómo el mundo es capaz de enfrentar lo sobrenatural, se convirtió en una colección de traumatizados. Era más adulto que Lost, ¿pero más realista?

Con el paso de los capítulos y las temporadas, los primeros asombros fueron quedándose diluidos y la acción, al principio dispersa entra varios personajes y espacios, se centraba en una misma familia, dudosa en su composición pero definitivamente forjada en el memorable final de la segunda temporada. El intento por resultar realista a la hora de medir las reacciones de la humanidad ante semejante cataclismo contrastaba con la necesidad de la serie de resultar atractiva. Al principio, el principal punto focal fue el choque entre las distintas maneras de asumir la pérdida y la presencia de un poder hasta ahora invisible. Pero a partir de la segunda temporada comenzó a apreciarse un cambio que, en mi opinión, mejoraría la serie de manera rotunda. Ya no se trataba tan solo de enumerar rarezas y comportamientos límite. En esa segunda temporada conocimos Miracle, el pueblo invulnerable del que nadie desapareció, y los entresijos de alguna de las sectas que habían surgido a rebufo del gran cataclismo. Un año después, ya en la tercera temporada, seríamos testigos del miedo y la esperanza de que lo que sucedió volviese a pasar, pero por encima de todo, lo que había cambiado en The Leftovers era la profundidad de su mirada y la decisión de centrarse de manera definitiva en un grupo de personajes y en unas relaciones que nunca resultaron convencionales ni aburridas.

Lo sobrenatural, que comenzó siendo un detonante de alcance global, terminó convirtiéndose en algo cotidiano, una realidad con la que todos debían lidiar, ya fuera ignorando su presencia, asumiéndola como inevitable o intentando controlar su fuerza. De todo eso hubo en los últimos capítulos de The Leftovers, y también malas decisiones, y algún arco argumental francamente irrelevante. Su final nos deja el recuerdo de una serie irregular que supo centrar sus esfuerzos, y también un universo único y brutal lleno de rarezas y hallazgos. The Leftovers nunca fue una serie perfecta, pero sí irrepetible.

Filmaffinity: 7.3
IMDb: 8.1

 

Lo Mejor del 2016

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Horace and Pete

Horace and Pete representa el no va más de la tragicomedia moderna. Muerte, enfermedad (mental y física), asesinatos, mentiras, abandonos… ninguna desgracia queda fuera del centenario bar donde transcurre la acción. Como si fuera un reverso tenebroso de Cheers, los parroquianos de Horace and Pete son alcohólicos, charlatanes y desgraciados, y sus dueños viven obsesionados con su propio pasado de infelicidad y abusos. A pesar de todo, Horace and Pete es una comedia, y esa es la razón por la que Louis C.K. necesitaba el control total sobre su obra y terminó buscando refugio en internet: para poder abofetearnos a gusto y hacernos reír con los excesos de esta obra singular y seguramente irrepetible.

Filmaffinity: 7.9
IMDb: 8.9

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The OA

No conozco a nadie a quien el final de The OA no haya dejado un sabor agridulce, cuando no directamente una severa decepción. “Estafa” podría ser uno de las valoraciones más repetidas, y no puedo discutirlo. Pero no deberíamos olvidar que para llegar a ese ridículo final hemos tenido pasar por ocho capítulos de excelente ritmo narrativo, con excelentes e hipnóticas interpretaciones. La historia y atmósfera de The OA, su originalidad, es suficiente para colocarla entre lo mejor del año, y hacernos esperar con interés su próxima temporada.

Filmaffinity: 6.9
IMDb: 8.2

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The Night Of

HBO vuelve a darnos un drama de policías y abogados detallado y realista. A lo largo de sus ocho episodios, se desgrana cada uno de los aspectos de la implicación de un joven musulmán en el asesinato de una joven de clase alta caída en desgracia. La ambigüedad moral y las distintas caras de la justicia americana quedan representadas con atención al detalle y genuina factura clásica.

Filmaffinity: 7.9
IMDb: 8.7

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The Crown

The Crown relata el larguísimo y fecundo reinado de Isabel II, con todas sus polémicas, pequeñas revoluciones y puntos negros. La relación de la corona con el gobierno sirve como excusa para repasar el interminable catálogo de sutilezas, leyes no escritas y tradiciones que sustentan una institución como esa en un país tan aficionado a las costumbres como el británico. La excelente factura y la delicadeza de sus creadores convierte cada episodio en un placer ligero que, en ocasiones, sabe a poco. La vida de estas personas gira en torno a detalles tan nimios que, cuando se acumulan uno tras otro, pueden llegar a enervar.

Filmaffinity: 7.7
IMDb: 8.9