La cuarta (o quinta) de Fargo

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Esta semana comienza la tercera temporada de Fargo y todos sus fanáticos tenemos claro qué va a suceder. Sin necesidad de leer las sinopsis oficiales, sabemos que será una historia “real”, que a petición a los supervivientes los nombres de sus protagonistas se han cambiado, y que por respeto a los muertos el resto se narrará tal y como sucedió.

Pero sabemos más cosas. En el nevado medio-oeste americano, una o dos personas no especialmente brillantes (esto es importante) se verán envueltos en un crimen cuyas consecuencias bañarán de sangre y violencia su vida y la de sus conocidos. Las tres entregas que nos han llegado, contando la película original, relatan esta misma historia, y no parece que haya necesidad de cambiar.

En esta moda de convertir en serie viejos éxitos del cine, los Coen eligieron con Fargo el camino menos transitado. No planearon una precuela, como hemos visto en Taken, o una secuela al estilo de The Exorcist. Tampoco re-elaboraron ni ampliaron la trama original. Fargo cuenta siempre historias distintas que en realidad son siempre la misma, con un único tono de extrema frialdad y violencia, y con la sempiterna estupidez de sus protagonistas actuando como detonante y catalizador de ese submundo de perdedores que, queriendo librarse de las consecuencias de un crimen, acaban inmersos en el infierno.

No era el primer intento. En 2003 apareció el episodio piloto para una serie que nunca se concretó. Como en la película original, aquella Fargo ponía el protagonismo en una mujer policía embaraza (interpretada por Edie Falco, dispuesta a doblar trabajo con The Sopranos), inmersa en esta ocasión en una trama distinta, con el asesinato de un farmacéutico de por medio. Tal vez aquel pequeño fracaso era necesario para, años después, construir una serie, la actual, tan curiosamente innovadora, tan poco convencional en su desarrollo repetitivo y novedoso a la vez.

Los fanáticos de Fargo sabemos lo que va a pasar y esperamos con ansiedad los nuevos episodios, los nuevos protagonistas y sus feroces errores. Esperamos ver otra vez esa misma historia basada en hechos reales, y la misma habilidad para construir secuencias de impacto duradero, como aquella conversación en el ascensor de la primera temporada, cuando un crecidito Martin Freeman desafiaba a Billy Bob Thornton, pensando que el discípulo estaba en condiciones de tutear al maestro, y cagándola estrepitosamente, o aquella otra vez, en la segunda temporada, cuando Kirsten Dunst, con encantadora ingenuidad, se convertía, de manera imperceptible, en una torturadora asesina, el peor tipo de criminal.

Filmaffinity: 8.3
IMDb: 9.0