Regreso al parque

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(Contiene espoilers de la primera temporada de Westworld).

Acaba de comenzar la nueva temporada de Westworld, y lo hace con merecida expectación. HBO no ha reparado en gastos, y tanto el reparto como los valores de producción han superado a casi todo lo visto en televisión, incluido al gran tótem de la cadena Game of Thrones. La primera entrega, con sus errores, nos dejó con ganas de más. Tuvo de todo: una ristra de tramas, con su discreta historia de amor; violencia y sexo a raudales marca de la casa; ambigüedad moral; todo tipo de giros de guión y un final predecible pero necesario. Fue, en suma, un gran preámbulo a lo que todos estábamos esperando: la rebelión de los robots.

También tuvo bastantes lagunas argumentales y alguna decepción (la manera de contar la creación del Hombre de Negro podía haber sido menos tramposa), y, al final, la sensación de que el principal problema de Westworld reside en su propio ADN. La película original de Michael Crichton (creador también de Jurassic Park, por cierto) es hija de su tiempo. En aquellos lejanos 70, un parque temático poblado de robots hiperrealistas podría haber resultado el no va más de la innovación. El futuro era eso, y no importaba lo poco práctico que fuese y el coste de semejante lugar. Pero la serie, ya en pleno 2016, multiplica lo visto en el 73: el parque es más grande, los robots más perfectos, casi humanos, lo que convierte la electrizante premisa en un auténtico delirio financiero.

Ahora sabemos que el futuro es virtual. En un mundo como el de Westworld en el que la tecnología robótica ha alcanzado tal perfección, no sería raro pensar que la realidad virtual, los mundos y las sensaciones generadas por ordenador, estuviesen a su misma altura. La verdad es que en nuestro 2018 estamos mucho más cerca de esa virtualidad inmersiva que de los robots con sentimientos. Desde un punto de vista realista, Westworld, como empresa, no tiene sentido. Es un monstruo devorador de dinero, un imposible totalmente improductivo. No hay manera de asumir semejante cantidad de robots, dinero, espacio, recursos.

Alguien podría decir que la escasa verosimilitud empresaria de Westworld no impide que la serie pueda ser disfrutable, y estaría de acuerdo. Pero estas exageraciones se filtran a la trama, y es frecuente preguntarse cómo es posible que cada noche reinicien una historia tan complicada, y qué pasa con los muñecos que siguen su curso y las historias que dejan atrás, a medio terminar. Cómo se las apañan para cuadrar tantísimos argumentos sin que queden lagunas gigantescas. Dicen que visitar Westworld no es peligroso, pero ¿qué pasaría si un robot te empuja y te rompes la crisma con una roca? ¿Por qué las mismas pistolas que producen balas que atraviesan robots se convierten en fogueo cuando impactan un humano? ¿Están afilados esos cuchillos? ¿Nitroglirecina y niños en un mismo parque temático? ¿Cómo acceden los de mantenimiento a los lugares más remotos?

Cada capítulo es más fantasioso que el anterior, las preguntas se multiplican y la narración, cogida por pinzas, prefiere pasar de largo sobre cuestiones que costaría mucho explicar. Los agujeros en el guión se hacen más evidentes conforme avanza la historia, y nos dejan tiritando, al final de la primera temporada, con el retorcidísimo plan de Robert Ford, el genio loco interpretado por Anthony Hopkins.

Que todo lo que sucede en Westworld sea tan inviable y rocambolesco, como digo, no aniquila la diversión, pero sienta unos cimientos poco sólidos. La ciencia ficción, falsa por naturaleza, se sostiene en la verosimilitud, en un plan y unas reglas cuyo cumplimiento garantice cierta sensación de “realismo”. Pero en Westworld, donde tantas cosas resultan tan poco convincentes, da la impresión de que todo es posible. Semejante fragilidad puede ser una licencia asumible si ofrece un obra maestra, o puede ser fragilidad a secas. Esta segunda temporada que recién empieza debería darnos pistas sobre por dónde van a ir los tiros.

Filmaffinity: 7.8
IMDb: 9.1

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El fin de Gently

No es fácil explicar hasta qué punto resulta poco sorprendente la cancelación de Dirk Gently’s Holistic Detective Agency si no has visto la serie. Las bajas audiencias son, de por sí, un motivo contundente que no ofrece debate, pero había algo en la ficción de BBC América que no tenía nada que ver ni con la calidad de los actores, brillantes todos ellos, ni con el interés de la trama. Dirk Gently podría haberse repuesto a unas audiencias mejorables, pero nunca iba a poder esquivar su verdadero problema, que es también la razón de su atractivo: su propia naturaleza arbitraria.

La arbitrariedad vertebraba cada uno de los capítulos de la serie. Dirk Gently era una loca carrera hacia el abismo, una sucesión de marcianadas que golpean, sorprenden y, en ocasiones, enamoran. No era fácil dar consistencia a un material tan diverso, pero los responsables lo consiguieron con cierta maestría, pivotando alrededor de un personaje central gloriosamente interpretado por Samuel Barnett, y dando su espacio a todos esos rarísimos secundarios que bailaban a su compas. Con sus problemas, Dirk Gently era una comedia de ciencia ficción absurda y divertida, agradable de ver.

Los problemas comenzaron a ser evidentes casi desde el principio de la segunda temporada. Suprimida la sorpresa inicial, la naturaleza holística de las investigaciones de nuestro protagonista, y convencidos todos los personajes de lo absurdo de sus existencias y de la singularidad de Gently, solo quedaba repetir la fórmula, esta vez sin debates sobre lo extraño de la situación, sin el conflicto principal que arroja el choque de gente normal con gente rara. Ese conflicto ya estaba finiquitado, después de la primera entrega todo había quedado claro. Con la rareza asumida, solo quedaba disfrutar de ella mientras durase.

Pero cómo hacer tal cosa. Si el motor cómico es precisamente ese choque entre lo normal y lo extremadamente raro, ¿cómo hacer evolucionar las tramas cuando te quedas sin él? Todo está relacionado, repetía Dirk Gently durante la primera temporada ante el asombro del resto de personajes. Todo está relacionado, dicen al unísono todos los personajes en esa segunda temporada. Sin conflicto, sin antagonismo, la narrativa se marchita.

Los guionistas, sabedores de la necesidad de un contrapunto, intentaron que fuera el propio Dirk Gently el que contradijese el consenso que él mismo había buscado y conseguido en la anterior aventura. El fracaso fue rotundo. Las cartas ya habían sido puestas sobre la mesa, de nada servía recogerlas de nuevo y fingir que era posible empezar de nuevo.

La permanencia de las series depende mucho de la capacidad de sus personajes para evolucionar. En Dirk Gently no había evolución posible. Todo está relacionado, todo es arbitrario, nada tiene sentido… ¿cómo lograr que un relato basado en esos axiomas no acabe en la completa esterilidad? Dirk Gently, la carrera loca, alcanzó el abismo demasiado pronto, pero no hay que sentirse molesto: era su destino.

Filmaffinity: 7.1

IMDb: 8.4

El crimen en Estados Unidos

American Crime Story, la serie antológica sobre crímenes reales, acaba de regresar con una nueva entrega en la que se aclaran los pormenores del asesinato del célebre diseñador Gianni Versace. Como ya sucedió en la primera entrega, la sensacional The People v. O.J. Simpson, el estilo parece más cerca de un telefilm a la vieja usanza que de las modernas producciones televisivas sobre crímenes. No hay planos chocantes, ni silencios incómodos, ni secuencias oníricas, tan solo el relato de una historia a la manera más clásica, lo que refuerza su principal valor, el pedagógico. Tras ver ACS, uno tiene la sensación de haber aprendido algo.

Hay que reconocer que el juicio de O.J. Simpson daba para mucho. Lo que durante aquellos meses de mediados de los 90 llegaba a España como capítulos de un folletín escabroso y pintoresco en torno a una figura más o menos reconocible, en Estados Unidos estaba cambiando de forma radical la naturaleza de los medios de comunicación e incluso del sistema judicial. Todo en aquel juicio era demasiado grande para ser tratado con naturalidad. El efervescente clima racial, la popularidad abrumadora del acusado y los terribles crímenes que parecía haber cometido… los intereseses en juego se amplificaban hasta resultar atronadores, el escrutinio era total y la guerra dentro y fuera del juzgado no tenía cuartel. Nunca antes un acusado con tantos visos de culpabilidad tuvo tantos medios a su favor para intentar torcer el brazo del sistema. O.J. y sus abogados aprovecharon una ocasión única aunque supusiese pasar por encima de casi cualquier otra consideración.

Creo recordar que las ciudades estado de la Italia condottiera utilizaban jueces venidos de otras partes para solucionar sus asuntos domésticos, entendiendo que solo un extranjero podría mantenerse ecuánime. No sé qué juez extraterrestre podría haber desempeñado su papel en un juicio como el de O.J. en el que la justicia era sencillamente imposible. Lo que vimos en esa primera temporada, lo que con nervio y coherencia relató ACS, nos deja una imagen desoladora: la lucha racial convertida en arma para ahondar en las diferencias de clase, la mentira como forma de vida, la derrota de la inteligencia a manos de aquellos que debían protegerla…

Esta por ver que el asesinato de Versace tenga en su relato tanta riqueza y cualidades como el juicio O.J., pero estoy seguro de que también en esta ocasión aprenderemos algo.

Filmaffinity: 7.7

IMDb: 8.5

El castigador castigado


The Punisher marca el comienzo de la así llamada Fase 2 de los héroes Marvel en la plataforma Netflix. Tras el fin de fiesta más o menos decepcionante de The Defenders, Netflix necesitaba un buen punto de partida para la nueva hornada de temporadas y aventuras de sus héroes. The Punisher lo consigue, no solo por sus propias virtudes fílmicas, ligeramente por encima de lo visto en Iron Fist y The Defenders, sino por el tipo de protagonista que ofrece.

El mundo vive un aluvión de series y películas de superhéroes. Sobrepasado hace tiempo el umbral del hartazgo, los canales y productoras siguen arrojando nuevos enmascarados como si estuvieran cumpliendo una promesa. En este mundillo de marcianadas y poderes paranormales, Frank Castle, el Castigador,  resulta refrescante precisamente por la diferencia que supone. No es una vuelta de tuerca al modelo clásico, ni tan siquiera una versión “realista”. Frank Castle, sencillamente, no es un superhéroe, y el único rasgo que comparte con ellos es habitar su mismo universo y haber nacido, como todos, entre las páginas de los tebeos.

Lo que sí es Frank Castle es un exmilitar que busca venganza y que resuelve todos su problemas matando. Más cerca del Liam Neeson de Taken que de Spiderman, lo que vemos ante nuestros ojos desarrolla un género totalmente distinto, y se agradece. The Punisher puede ser mejor o peor que otras producciones de la dupla Marvel/Netflix, pero siempre será distinta.

El desarrollo de la serie tampoco es un dechado de originalidad, y los giros de guión no sorprenden demasiado, pero el Castigador está ahí, haciendo lo que nos habían prometido que haría. No hay dudas en sus acciones ni la más ligera contaminación de su contacto con otros personajes más timoratos como Daredevil. Frank Castle mata, y aquí lo hace sin parar, llegando incluso a resultar desagradable. También es apaleado casi de manera constante, y entre balazo y mamporro nos deja ver algo de su rocosa personalidad cuando comparte plano con Micro, el otro protagonista de la temporada. Con él forma un dúo que, contra todo pronóstico, funciona muy bien, desarrollando una química realista y poco forzada, por momentos deliciosa.

Las escenas de acción son buenas, la denuncia de los horrores de la guerra clara y directa, y en general nos gusta ver a este tipo tan terrible haciendo de las suyas. The Punisher desengrasa el universo Marvel en Netflix, supone una mejora con respecto al final de la Fase 1 y deja claro que, hasta que llegue Iron Fist y lo arruine todo, aún quedan muchas horas de superhéroes adultos y oscuros por delante.

Filmaffinity: 7.4

IMDb: 8.9