Los espías de Washington

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TURN: Washington’s Spies nació con la promesa de ofrecernos una visión realista del nacimiento del espionaje moderno durante la Guerra de Independencia americana, un periodo poco visitado por el cine actual y que ofrece sus propios atractivos para el espectador no estadounidense.

La primera premisa quedó rápidamente superada. Todos los hallazgos e ingenios técnicos relacionados con el espionaje fueron explicados durante la primera temporada (si me apuras, en los títulos de crédito del primer episodio ya había un primer boceto de todos ellos) lo que nos dejó la enésima serie sobre infiltrados que luchan para no ser descubiertos mientras recogen información.

Tampoco tardó en quedarse huérfana de novedades narrativas. Desde muy pronto quedaron claros los personajes que iban a llevar el peso de la trama: un malo malísimo imposible de derrotar, el siempre voluntarioso Jamie Bell en el papel protagonista y todo el ramillete de secundarios, ayudas o impedimentos para nuestro héroe. Incluso su poco interesante historia de amor fue puesta en un segundo sin demasiados problemas.

Este fue TURN durante sus tres primeras temporadas. En la entrega final las cosas cambiaron un punto. Con todas las cartas por fin sobre la mesa (el encaje de bolillos necesario para mantener la identidad secreta de los espías había llegado demasiado lejos), nos encontramos ante une temporada a tumba abierta, sin concesiones, un correcalles en el que todos los personajes querían matarse los unos a los otros y en la que, por fin, pudimos ver cierto músculo bélico, con batallas a la usanza de aquellos tiempos y escaramuzas bastante más intensas de lo visto hasta ese momento.

Tampoco nada del otro mundo. Su escasa ambición ha sido una constante durante sus cuatro temporadas, una cifra que, para los cánones actuales, puede considerarse un éxito a medias (como le ha sucedido a The Strain o Halt and Catch Fire). Con sus limitaciones, bastante evidentes, TURN fue una serie entretenida, fallida y solvente a la vez, reflejo de una época más ingenua en casi todos los sentidos y con un final que, quién lo iba a decir, resultó inspirado y emotivo, casi memorable.

Filmaffinity: 6.6

IMDb: 8.1

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Halt and Catch Fire

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La semana pasada repasamos la breve existencia de The Hour, la respuesta británica a Mad Men y uno de sus epígonos más recordados. Bien es cierto que, al contrario que la serie a la que replicaba, centrada por completo en el ámbito de la publicidad, The Hour siempre necesitó de un relleno estimulante y excepcional como es el mundo del espionaje, incapaz al parecer de sostener el interés por los propios méritos del oficio que representaban sus protagonistas (el periodismo, en este caso). Más purista en este sentido, Halt and Catch Fire, que regresa esta semana con su cuarta y última temporada, se limita a narrar los inicios de la informática de consumo, tomando como punto de partida la aparición de los primeros ordenadores portátiles y sin salirse de un entorno familiar y prosaico, poco dado a las extravagancias (que, en todo caso, aparecerán como rarezas personales de sus personajes). Tomando un punto de vista empresarial, somos testigos de los pormenores de la aparición de estos ingenios informáticos que, con el tiempo, terminarán cambiado el mundo de manera tan profunda, y de los personajes que les dieron vida.

Al margen de los hechos “históricos” representados durante la serie y de la excelente ambientación ochentera, son los personajes y sus desdichas y aciertos lo que sostienen la narración. Personajes inmersos en un mundo cambiante y agresivo, que se movía muy rápido y en el que era tan fácil quedarse atrás como adelantarse demasiado. Uno de sus protagonistas, el dondraperístico Joe MacMillan (interpretado por un inspirado Lee Pace), se sitúa en mitad de esta contradicción, en permanente guerra por hacer comprender conceptos futuristas a hombres anclados en el pasado.

Echando la vista atrás, tengo la impresión de que la primera temporada quiso aglomerar en su escaso elenco demasiados rasgos antiheróicos. Pienso en aquel primer Joe MacMillan, desquiciado, multifacético, excesivamente dotado de atributos chocantes. Con el paso del tiempo, muchos de aquellos rasgos de personalidad límite han pasado a un segundo plano hasta casi desaparecer. El Joe MacMillan que recordaremos cuando la serie ya no esté, podado de toda esa hojarasca, brilla como uno de los personajes más icónicos que ha dado la ficción actual, un resumen certero y lúcido de ese Silicon Valley que hoy domina el mundo corporativo, con sus gurús y su mesianismo 2.0. Joe MacMillan, verdadera alma de Halt and Catch Fire, es un ser fronterizo mitad cantamañas mitad genio visionario, especialmente dotado para adivinar hacia donde se dirige la civilización de su tiempo pero necesitado de los demás, casi impelido a utilizar a sus colaboradores más cercanos, pasándoles por encima, como un devorador de talento que sacrifica cabezas y corazones en pos de una idea.

La serie no se queda ahí. El proceso de poda del singular MacMillan llegó a situarlo en un segundo plano dentro de las tramas, dejando un hueco que tuvieron que ocupar sus contrapartes femeninos, el otro punto de apoyo de cualquier Mad Men que se precie. También ellas sufrieron con el paso del tiempo un cambio considerable (estas evoluciones tan radicales no son casuales. Halt and Catch Fire siempre ha dado la impresión de estar en permanente re-escritura, con cierta tendencia a los bandazos y a la falta de cohesión). Mientras que el personaje interpretado por Mackenzie Davis vive un proceso similar al de Joe, acotando sus cualidades más altisonantes hasta convertirla en una persona casi normal, es en la aparentemente convencional Donna Clark, interpretado por Kerry Bishé, donde observamos la mutación más decisiva. Con cada temporada y capítulo la hemos visto ganar en complejidad, en protagonismo, hasta culminar en esas últimas escenas de la tercera entrega que presagian tormenta.

Alrededor de estos tres personajes primordiales se han rodeado un brillante grupo de secundarios, algunos con vocación de protagonista, que siempre han contribuido a la credibilidad y verosimilitud de las tramas, y un puñado de momentos de gran alcance dramático. Como ya he apuntad, si algo se le podría achacar a Halt and Catch Fire ha sido los cambios radicales que han sufrido los guiones al final de cada temporada, rompiendo a veces la linea narrativa, facilitando la inclusión de nuevos arcos argumentales y personajes a costa de cierto trampeo. Con todo, Halt and Catch Fire perdurará en la memoria de todos los que la vimos como una serie nacida como remedo de un clásico como Mad Men que supo evolucionar y tomar los puntos fuertes de la época que desarrollaba y de los personajes que la habitaban.

Filmaffinity: 7.4
IMDb: 8.3

The Hour

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Hubo un tiempo en el que todos los canales de televisión querían tener su propio Mad Men. La serie de AMC había fijado un nuevo modelo a imitar alejado de la obsesión por el cliffhanger que había instaurado Lost o la manida temática criminal. Mad Men era una serie de época, pero de una época cercana, todavía poco manida, y estaba protagonizada por gente normal (si normal significa que no se pasan el día investigando asesinatos rituales). De Mad Men se llegó a decir que en sus capítulos nunca pasaba nada, una crítica injusta pero acertada para según que público.

Todas sus imitadoras tenían claro los ítems que debían replicar: por encima de todo, un protagonista masculino ambiguo y carismático, rodeado de una serie de contrapartes femeninos que no se redujeran al clásico papel de cuidadora/amante; la descripción de un tiempo y una profesión, con sus miserias y sus logros; el gusto por el aspecto más estético y glamuroso de las épocas de las que se ocupan. De la media docena de series que siguieron más o menos esta estructura, dos de ellas lograron encontrar su propio tono y colocarse por encima del resto. Por un lado AMC y su intento por hacer perdurar el modelo que ellos mismos habían creado, Halt and Catch Fire, que regresa la próxima semana con su cuarta y última temporada, y por otro The Hour, una producción inglesa que narraba las desventuras de un noticiario adelantado a su época durante los londinenses años 50 (tan distintos a los americanos) y en la que Dominic West ejercía de Don Draper.

The Hour se sustentaba sobre la rivalidad entre dos personalidades contrapuestas. Por un lado Hector Madden (Dominic West), el apuesto y algo frívolo presentador del programa que da nombre a la serie, y del otro Freddie Lyon (Ben Whishaw), un periodista de raza que desprecia a su antagonista pero le reconoce en secreto sus esquivos talentos. Alrededor, o por encima, unos personajes femeninos que solo son importantes sobre el papel y que terminan convirtiéndose en meras comparsas del dúo protagonista.

En cualquier caso, no son los personajes lo que más llama la atención en The Hour, sino las fricciones entre un gobierno en plena Guerra Fría que controla con mano dura la BBC y un grupo de periodistas con mayores aspiraciones de libertad en una época en la que la sociedad, definida por sus esfuerzos y sacrificios durante la Segunda Guerra Mundial, comenzaba a reclamar otro tipo de libertades y contenidos que chocaban con el terror a todo lo que oliese a comunismo.

The Hour es un intento de la BBC por entenderse a sí misma y explicar sus orígenes, que quedan cifrados en la tensión natural que se produce en un sistema cuando un poder, el cuarto poder, hasta ese momento supeditado a otras fuerzas, comienza a reclamar su independencia. Tensión es la palabra que define The Hour, constante y sin fin, personificada en sus ambiciosos personajes, decididos a terminar de una vez por todas con el conformismo que hasta ese momento campaba en el periodismo inglés, y en continua lucha contra el gobierno por esa pregunta que no pueden hacer o ese político al que no pueden investigar. Y filtrado a lo largo de sus 12 únicos capítulos, una historia ligera de espías, grandes secundarios, un par de amoríos de corte clásico y el habitual estilo y solvencia de la televisión británica.

Filmaffinity: 7.6
IMDb: 8.0

 

Better Call Saul

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Ha regresado Better Call Saul y con ella ese lento caminar que nos conduce directamente hacia algo que ya hemos visto. Saul Goodman nunca estuvo entre mis personajes favoritos de Breaking Bad, y tampoco soy un gran admirador de las precuelas. Y sin embargo, qué grave error hubiese sido pasar por alto esta gran serie.

Revisitando Breaking Bad, uno puede notar con claridad los cambios de registro que la serie fue viviendo a lo largo de sus cinco temporadas. No se trata tan solo de la famosa evolución de su personaje principal. La trama y el estilo van cambiando hasta alcanzar su cénit durante el último puñado de capítulos en los que se concretó ese tono único e inolvidable tan característico, a medio camino entre la intriga, la comedia negra y el drama psicológico.

A su lado, Better Call Saul se nos muestra como un producto terminado desde su inicio. Quizás porque no había necesidad de dibujar un final impactante o porque, sencillamente, es una serie más reflexionada, Better Call Saul ha logrado desde el principio lo que a Breaking Bad tanto le costó conseguir: que cada capítulo sea por si solo una joyita única y memorable, un fin en sí mismo y no el camino hacia algo más.

Sabemos que Jimmy McGill terminará llamándose Saul Goodman, y tenemos una idea bastante aproximada de las razones de ese cambio. Conocemos al dedillo los pormenores de la época más vibrante de su carrera, e incluso hemos vislumbrado qué fue de él después de que Walter White pasara por su vida. Pero nos encanta que nos lo cuenten, cada detalle, cada gesto, hasta que no haya nada más que contar.

Filmaffinity: 7.6
IMDb: 8.7