El lado amargo del silicio

Black Mirror llegó a nuestra vida con una clara vocación de bofetada. Charlie Brooker ya se había iniciado en el arte de incomodar al espectador con la memorable Dead Set, posiblemente el mejor ejemplo del género zombie de la televisión, pero con Black Mirror llevó esa intención lejos, lejísimos. Lo que teníamos ante nosotros era la distopía de lo cotidiano, de la intimidad. Ese futuro terrible que otros autores reflejan a través de relatos sobre complejos regímenes totalitarios, aparecía en Black Mirror asociado a lo pequeño, al día a día: la infidelidad de una pareja, la perversiones de la telebasura, la irreflexión y dictadura de las redes sociales. El futuro terrible, esta vez, no provenía de líderes mesíanicos ni grandes movimientos geopolíticos, sino de nosotros mismos a través de una avanzadísima aunque reconocible tecnología.

La tecnología es, por supuesto, el eje vertebrador de todas esas pesadillas, pero no siempre, al menos durante las primeras temporadas. Aquellos ya lejanos primeros capítulos alternaban el puro horror ante una tecnología inhumana con cortes donde el peso recaía más sobre el factor social, sobre el poder de la masa, como The National Anthem o The Waldo Project. Conforme pasaban las temporadas este tipo de capítulos han desaparecido casi por completo, dejando apenas un reflejo en episodios como Nosedive, y centrándose casi por completo en analizar los estragos de las nuevas invenciones que, en ocasiones, ya están entre nosotros.

Convertida Black Mirror en un catálogo de usos y sobre todo abusos de la tecnología, todo parecía girar en torno a la capacidad para los autores presentir los caminos más tortuosos de la continua innovación humana. Esta carrera en busca de la pesadilla técnica definitiva alcanzo su cénit en White Christmas. Este especial navideño protagonizado por Jon Hamm recogía muchos de los temas ya tratados y los enriquecía com terrores casi impensables, con espeluzantes infinitos e infinita alienación. Después de aquel despliegue de incomodidad parecía difícil ir más allá, y asi ha sido.

Desde entonces y tras encontrar su sitio en Netflix, Black Mirror parece haber entrado en una periodo más conformista. No solo ofreciendo visiones optimistas del futuro, como en la magnífica San Junipero o, en esta última temporada, en Hang the DJ, sino en el desarrollo formal de los capítulos. La vieja y huraña Black Mirror parecía centrarse más en el concepto puro, sin dejar entrar más elementos de los necesarios. Ahora, los relatos nos parecen menos austeros, más convencionales.

El motor principal sigue siendo el mismo, pero la novedad ya no es tanta. Mientras buscan nuevos horrores que relatar, en esta nueva Black Mirror parecen contentarse con repetir y ampliar ideas ya tratadas, corregirlas incluso y pasarlas por ese tratamiento estilizador, ganando puesta en escena pero perdiendo la crudeza de la sencillez.

Pero sería injusto quejarse. A lo largo de su historia, Black Mirror nos ha ofrecido algunos de los momentos más brillantes de la televisión e incluso ahora, domesticada y adaptada a gustos menos radicales, sigue siendo una cita ineludible para los amantes del terror, la ciencia ficción o lo que sea que quieran ofrecernos.

Filmaffinity: 8.3

IMDb: 8.9

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El fin de los caminantes

Para los amantes del género zombie, la aparición de The Walking Dead supuso el cumplimiento de un sueño. La producción de AMC parecía tener todos los ingredientes necesarios: la garantía de un canal conocido por albergar algunas de las mejores series de su tiempo; el material inmejorable de los cómics de Robert Kirkman; la presencia de un cineasta como Frank Darabont con experiencia en las adaptaciones de terror. El célebre episodio piloto cumplió con las espectactivas sobradamente, y dejó a los fans y no tan fans con la sensación de tener por delante la serie de zombies definitiva.

No voy a entrar en temas recurrentes como la obvia falta de presupuesto y sus cutres resultados, o el explosivo adiós de Darabont a mediados de la segunda temporada. El caso es que The Walking Dead tardó poco, muy poco en empezar a defraudar a sus seguidores. El infame arco argumental de la búsqueda de Sophie sirvió como detonante para lo que se convertiría en su marca de fábrica: The Walking Dead era una cosa en la que se hablaba mucho, se decía muy poco y donde todo terminaba en un clásico correcalles lleno de zombies y destrucción en el que la serie solía encontrar su redención.

Durante muchos capítulos y temporadas esa fue la dinámica general, un status quo poco sugestivo pero suficiente. Las largas parrafadas y la secular estupidez de sus protagonistas eran soportables sabiendo que, allá lejos, en el horizonte, un par de buenos capítulos nos esperaban. El arco de los Salvadores, al igual que en el cómic, ha venido a cambiarlo todo.

El incesante eterno retorno de búsqueda de refugio, crisis zombie y huída apresurada caracteríśtico de las películas zombie tenía que acabar algún día, pero no así. En mi anterior artículo sobre la serie, expresaba el deseo de que Negan, el aciago Negan, muriese más pronto que tarde, demostrando una ingenuidad casi delictiva, y más conociendo la habilidad de estos guionistas para alargar las tramas hasta la nausea. Dieciseis largos capítulos después, Negan sigue vivo y sin visos de ser derrotado pero, para mi sorpresa, no ha sido ni mucho la razón por la que he terminado abandonando The Walking Dead. El último capítulo de la temporada anterior anticipó esta terrible primera parte de la octava, e introdujo, visto en perspectiva, el gérmen de su destrucción. Aquella larga secuencia de acción entre Salvadores, Basureros y Rickonitas destrozaba para siempre el viejo modus operandi de The Walking Dead, convertida ahora en una cosa en la que un tipo hablaba mucho (Negan), decía poco y todo terminaba en un correcalles penosamente filmado y sin la más mínima verosimilitud. Y sin zombies.

La temporada octava ha seguido, en sus primeros ocho capítulos, ese trágico molde, y resulta fácil de resumir: larguísimos tiroteos entre grupos de pistoleros aleatorios, más preocupados por gastar balas contra un edificio o un coche abandonado que en matar a sus enemigos; zombies convertidos, definitivamente, en una mala excusa para la guerra humana, desaparecidos por completo y solo presentes para matar al despistado de turno; mamarrachos conquistando y reconquistando edificios de los que nadie sabe nada; un plan de acción hilarante por parte de Rick, una defensa lamentable por parte de los Salvadores, en otro tiempo casi omnipotentes; un giro de los acontecimientos grosero y repetitivo; una bomba final que, muy posiblemente, termine sin explotar.

Abandonar The Walking Dead no ha sido una decisión meditada ni consciente. La serie ha ido cayéndose de mis manos poco a poco, perdiendo interés a cada episodio, convirtiendo el visionado de los últimos en un auténtico suplicio. Si sigue la estela de cómic, en un futuro próximo (o más bien lejano, o quizás nunca), The Walking Dead cambiará por completo. Para entonces, tal vez haya olvidado los malos ratos que me ha hecho pasar, tal vez la memoria haya sido los suficientemente magnánima para invitarme a regresar a ver cómo les va a esa pandilla de pobres diablos. 

Más y mejores cosas raras

La primera temporada de Stranger Things se convirtió en una de las series más admiradas y seguidas del 2016. Netflix ahondaba en la nostalgia ochentera contruyendo una historia alrededor del homenaje y con la vista puesta en las entrañables aventuras de la factoría Amblin. Con la elección del reparto como su mayor logro, esa primera entrega me dejó una sensación agridulce. Me gustaba lo que veía, pero también me aburría un poco. Debajo de todo el aparataje sentimental y de las continuas referencias a los mitos ochenteros, no lograba ver más que una narrativa muy básica y repetitiva, organizada en torno a tres líneas argumentales (niños-adolescentes-adultos) que bien podían haber sido una sola.

La segunda tanda de capítulos necesitaba, por un lado, mantener y renovar el cariño de un público ya entregado y, por la parte que me toca, mejorar la visión que me había dejado aquellos ocho primeros capítulos. Por lo que a mi respecta, lo consigue con solvencia. Esta segunda temporada es, como dicen sus creadores, mucho más grande, pero también más abierta y compleja, más cercana. Si durante la primera entrega todos los personajes miraban hacia un mismo punto desde lugares diferentes, ahora vemos distintas motivaciones, tramas paralelas o divergentes, motivaciones contrapuestas o complementarias, por encima de todo un universo que ya aprendimos a amar el año pasado (el abanico de actores jóvenes sigue siendo lo mejor de la serie) y que ahora resulta más orgánico, menos atenazado por su propia narrativa. Stranger Things es ahora un lugar vivo, habitado por gente muy querida a la que le pasan cosas raras, y no un correcalles repleto de pósters y peinados que estuvieron de moda hace 30 años.

Es cierto que durante los primeros capítulos volvemos a ver esa misma estructura básica de niños, adolescentes y adultos lanzados por separado hacia un mismo destino, pero conforme pasan los capítulos el asunto cobra un tono distinto. Las nuevas incorporaciones (una niña, un adolescente y un adulto, para no desequilibrar la cosa) resultan irregulares, pero cumplen su cometido y dejan espacio para seguir desarrollando ciertas tramas durante las próximas temporadas. Volvemos a ver a una Winona Ryder desquiciada pintarrajeando paredes y a ese personaje/esbozo que es la niña Eleven, una suerte de superhéroe bizco al que hay que entregar con cuentagotas para que no de al traste con cualquier conflicto gracias a su excesivo poder. Pero, más allá de sus ya conocidos tics, lo que vemos en esta nueva Stranger Things es más y mejor, y supone el triunfo de un pequeño universo que nos resulta muy familiar y que, en el futuro, tendrá que seguir ampliando y enriqueciendo sus límites para poder seguir siendo tan amigable.

Filmaffinity: 7.7
IMDb: 9.0

Un canal sin fin

Channel Zero se presentó el año pasado como la respuesta de Syfy al American Horror Story de FX. Dos series antológicas de terror con temporadas autoconclusivas y sin más relación entre ellas que la temática, que en el caso de Channel Zero son las así llamadas creepypastas.

Candle Cove, la primera entrega, terminó convirtiéndose en una de las revelaciones del año pasado. Syfy propuso una historia sencilla y corta, repleta de imágenes de genuino impacto y una atmósfera opresiva y con toques oníricos. En un año repleto de propuestas de terror, brilló por encima de todas y nos dejó con ganas de ahondar en ese turbio mundo de las creepypastas.
No End House también adapta una de estas curiosas creaciones, historias de miedo surgidas en internet y que suelen apoyarse en hechos supuestamente reales e imágenes manipuladas por sus creadores. Tanto Candle Cove como No End House han sido capaces de traducir esos códigos al lenguaje cinematográfico, con distintos resultados.
Con un mismo lenguaje y temática, No End House pretende seguir la estala de Candle Cove, pero se queda corta, o, siendo más exacto, se pasa de frenada. Las nuevas escenas de horror resultan más elaboradas, pero pierden la terrible sencillez de los muñecos de Candle Cove. El celebrado clima de inquietud de la saga se limita a ciertas partes del relato, y, intentando mostrar más riqueza y subtextos, falla de nuevo. No necesitábamos más fenómenos paranormales, más imágenes impactantes. Donde la sencillez había triunfado, No End House ha querido dar mucho más, fracasando en casi todos los aspectos.
La trama tampoco resulta tan sugestiva, y durante los primeros capítulos se muestra ligeramente farragosa y difícil de seguir. Las lineas generales están claras, pero los nuevos elementos de horror aparecen sin demasiada explicación. Lo que en Candle Cove surgía perfectamente acotado desde el principio, brota desparramado en No End House dejando una historia que, en el fondo, tampoco tiene demasiado recorrido.
Aunque tampoco hay que exagerar. El sello Channel Zero sigue ahí, y esta nueva temporada sigue siendo de lo mejorcito que se puede ver en el género de terror, pero tras lo visto el año pasado esperaba más de ellos. O mejor dicho: esperaba menos, esperaba mejor. Para la tercera temporada, los creadores tienen pensado renunciar al mundo de los creepypasta, lo que entristece pero deja margen para creaciones de mayor alcance.

Filmaffinity: 6.6
IMDb: 7.2

The Strain

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(Contiene espoilers de las primeras tres temporadas de The Strain)

Regresa The Strain para su cuarta y última temporada con un cambio de tercio completo que insufla cierta vida a una historia que hace mucho que muestra claros síntomas de agotamiento. Lo que hasta ahora había sido el relato de una lucha por la supervivencia de la raza humana frente a los strigoi, los curiosos vampiros con trompa creados por Guillermo del Toro, se convierte en esta entrega a una distopía post-apocalíptica en la que hay poco por lo que luchar. La guerra terminó y los vampiros ganaron, y lo único que puede hacer la facción humana es asumir la derrota y contentarse con ese mundo a medio camino entre 1984 y True Blood que nos proponen los guionistas.

Nos encontramos a nuestros héroes desperdigados por Estados Unidos, meses después del clímax de la temporada anterior, intentando sobrevivir e incluso organizar algo parecido a una resistencia. A través de los siempre socorridos flashbacks sabremos cómo han llegado hasta ahí, aunque no parece que haya mucho que contar. The Strain ha prometido que no volverá, y empieza a haber prisa por cerrar el chiringuito.

The Strain siempre se ha sentido cómoda en el desarrollo de clichés, y esta temporada no es distinta. Al margen de su planteamiento (considerar el vampirismo una enfermedad trasmitida a través de parásitos suena casi original) el resto de las novedades siempre han llegado a cuentagotas. En esta entrega final los tópicos se acumulan sin pausa, incluso aunque no tengan demasiado sentido. La ambientación pseudo-nazi enlaza con los orígenes de algunos personajes, pero no parece encajar demasiado con la naturaleza animalesca que hasta ahora habían mostrado los strigoi. Las granjas de crianza tienen cierta lógica, pero la manera como se ha llegado a ello es, como poco, sorprendente. ¿Era este tipo de cuestiones logísticas para lo que el interesante personaje de Palmer tenía tanta importancia?

Al margen de los clichés, esta temporada ahonda en una sensación que siempre ha estado ahí. En demasiadas ocasiones, The Strain parece tener mejor pinta por el texto que subyace debajo que por lo que vemos en pantalla, no pocas veces fastidioso y decepcionante, como el final de la temporada pasada. Hay buenas ideas apenas desarrolladas, grandes biografías resumidas con cuatro pinceladas, una historia interesante cubierta bajo toneladas de lugares comunes y personajes extraordinariamente antipáticos (pocas series han alcanzado una colección de protagonistas tan rematadamente odiosos).

The Strain comenzó muy bien, pero perdió fuelle hace demasiado tiempo. Queremos que termine de una vez, pero acompañaremos su desvencijado cadáver hasta la puerta misma del cementerio. Con sus muchos errores, fue una buena serie de vampiros.

Filmaffinity: 6.1
IMDb: 7.4

 

 

Ascenso y Caída de Twin Peaks

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Mis primeros recuerdos de Twin Peaks son nebulosos, casi inservibles. Como una leyenda mítica vienen a mi memoria imágenes que años más tarde revisitaría de diversas maneras: un enano sobre fondo rojo, un guapo agente federal, un aserradero. Años después de su primera emisión tuve la oportunidad de hacerme con la serie completa en VHS y devorarla de corrido, tal y como se estila en la actualidad con las producciones de las plataformas de streaming. Ha pasado mucho tiempo, casi 20 años desde entonces, pero sigue viva en mi memoria gran parte de la trama, algunos personajes memorables, alguna escena de impacto. ¡Recuerdo, incluso, quién mató a Laura Palmer! También conservo dos percepciones que tuve entonces y contra las que ahora mismo no podría presentar nuevas pruebas o argumentos: que los capítulos dirigidos por Mark Frost eran mejores y que lo onírico, lo raro, funcionaba cuando matizaba la trama principal, cuando la enriquecía con ese único tono siniestro marca de la casa de David Lynch, pero llegaba a aburrir cuando tomaba el control y se adueñaba de la narración.

El esperado estreno de la tercera temporada ha llegado y no sé qué esperar. Si de lo que se trata es de volver al desbarre y aprovechar un título mítico para disimular la falta de ideas de la industria del entretenimiento, que se olviden de mi: no quiero saber nada de sus sueños locos y del agotador esoterismo de Fire Walk with Me. Pero si el plan es volver a Twin Peaks a saludar a ese inquietante hatajo de vecinos, con sus secretos absurdos; si vamos a volver a pasear por las montañas y entre los pormenores del aserradero mientras suenan las partituras de Angelo Badalamenti; si van a volver a plantearnos algún enigma insoluble, y si el agente Cooper viene a resolver un caso y no a dudar de los límites de la existencia… entonces pueden contra conmigo, aunque eso supusiera traicionar las ambiciones vanguardistas de Lynch y romper con la evolución de la serie. No quiero mareos.

* * *

Entre el texto anterior y el que sigue han pasado cuatro capítulos del regreso de Twin Peaks, un sinfín de diálogos grabados al revés, mucha cortina roja y algunas escenas interesantes, otras de las que me gustaría saber más, y muchas, demasiadas, que me invitan a saltarme los 14 capítulos que restan de esta tercera temporada.

No se le puede negar a David Lynch la imaginación y el gusto por ir más allá de lo establecido. No existe ningún otro Twin Peaks, y no volverá a existir. Nadie tendrá el poder suficiente y las ganas de pergeñar semejante serie de siniestras incoherencias. La libertad, la diferencia, la valentía son cualidades que salen a relucir cada vez que se habla de este nuevo Twin Peaks, más Twin Peaks que nunca, como diría el locutor. ¿Pero es suficiente? ¿Aporta algo?

El problema ya no es solo la escasa ligazón que parece existir entre las secuencias que componen estos nuevos capítulos, o las arbitrariedades del guión. Podría haber perdonado incluso las malas decisiones, bastante obvias, como la de ese nuevo y atontado Dale Cooper, o el peculiar sentido del humor, que desanclado de una ambientación costumbrista resulta torpe y poco gracioso.

A Twin Peaks le puedo perdonar muchas cosas excepto que deje de ser Twin Peaks. Lo que molesta, o debería molestar a los fans (reconozco que han demostrado grandes tragaderas), es lo que se ha perdido en el camino. Porque Twin Peaks no solo eran los gestos raros y las escenas oníricas, era mucho más. ¿Qué equivalencias encontramos en esta nueva temporada con las deliciosas y seductoras apariciones de Audrey, y su terrible final? ¿Dónde están los pasteles que devoraba Cooper, el estupor que causó su aparición? ¿Y Diane? ¿Y el misterio?

La nueva Twin Peaks destila ese aroma de terror siniestro y arbitrario que siempre ha trabajado Lynch, pero deja en el tamiz residuos que, al parecer, casi nadie echa de menos y que no estaban ahí solo para darle atractivo mediático a la serie. La investigación del asesinato de Laura Palmer no era solo una excusa para que Lynch planteara sus descabelladas teorías sobre los universos paralelos, no era simple alivio dramático entre pesadilla y pesadilla creado tan solo para que ayudase a digerir lo importante: el relato detectivesco era la misma esencia de Twin Peaks, una historia necesaria para que esa increíble mezcla de intriga, humor y terror tuviese sentido.

Filmaffinity: 8.4
IMDb: 9.3

Neil Gaiman por partida triple

Era cuestión de tiempo que Neil Gaiman comenzase a prodigarse más en la pequeña pantalla. Aunque no sea un medio totalmente ajeno para él, sus grandes obras aún permanecían sin adaptar, y el repunte de interés del cine y la televisión por el mundo del cómic no podía dejarlo de lado. Con The Sandman en el horizonte y Lucifer, uno de sus subproductos, ya asentado como serie procedural, llega ahora la esperada American Gods, basada esta vez en una de sus novelas.

Todavía es pronto para saber si logra colmar las grandes expectativas que ha suscitado. Mientras tanto, podemos echarle un vistazo a Neil Gaiman’s Likely Stories, una miniserie de cuatro capítulos estrenada el año pasado y basada en cuatro historias cortas de gran fabulador británico.

Por su propia naturaleza antológica y su escasa cohesión, resulta inútil analizar Likely Stories como un todo. Cada capítulo, de veinte minutos largos de duración, funciona o yerra por sí solo, y, pese a la irregularidad, todos tienen su punto de interés.

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Foreign Parts

La premisa de la primera entrega, un hombre que comienza a no reconocer su propio cuerpo, es interesante, pero la escasa duración del relato impide el desarrollo de una idea muy buena. Poco aprovechado.

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Feeders and Eaters

Más clásica y predecible que la anterior, el trabajo de sus actores ayuda a darle brillo, con el siempre hipnótico Tom Hughes. Posiblemente la peor entrega.

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Closing Time

Una vez más, un relato de corte clásico, y también predecible, pero con una atmósfera malsana y una resolución realmente escalofriante. Cuatro niños pasean por un bosque…

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Looking for the Girl

Un fotógrafo repara en la existencia de una modelo que parece no envejecer. La historia más ambiciosa de la serie, un relato sobre la persecución de la belleza, siempre esquiva pero eterna.

Filmaffinity: 6.0
IMDb: 6.5