Halt and Catch Fire

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La semana pasada repasamos la breve existencia de The Hour, la respuesta británica a Mad Men y uno de sus epígonos más recordados. Bien es cierto que, al contrario que la serie a la que replicaba, centrada por completo en el ámbito de la publicidad, The Hour siempre necesitó de un relleno estimulante y excepcional como es el mundo del espionaje, incapaz al parecer de sostener el interés por los propios méritos del oficio que representaban sus protagonistas (el periodismo, en este caso). Más purista en este sentido, Halt and Catch Fire, que regresa esta semana con su cuarta y última temporada, se limita a narrar los inicios de la informática de consumo, tomando como punto de partida la aparición de los primeros ordenadores portátiles y sin salirse de un entorno familiar y prosaico, poco dado a las extravagancias (que, en todo caso, aparecerán como rarezas personales de sus personajes). Tomando un punto de vista empresarial, somos testigos de los pormenores de la aparición de estos ingenios informáticos que, con el tiempo, terminarán cambiado el mundo de manera tan profunda, y de los personajes que les dieron vida.

Al margen de los hechos “históricos” representados durante la serie y de la excelente ambientación ochentera, son los personajes y sus desdichas y aciertos lo que sostienen la narración. Personajes inmersos en un mundo cambiante y agresivo, que se movía muy rápido y en el que era tan fácil quedarse atrás como adelantarse demasiado. Uno de sus protagonistas, el dondraperístico Joe MacMillan (interpretado por un inspirado Lee Pace), se sitúa en mitad de esta contradicción, en permanente guerra por hacer comprender conceptos futuristas a hombres anclados en el pasado.

Echando la vista atrás, tengo la impresión de que la primera temporada quiso aglomerar en su escaso elenco demasiados rasgos antiheróicos. Pienso en aquel primer Joe MacMillan, desquiciado, multifacético, excesivamente dotado de atributos chocantes. Con el paso del tiempo, muchos de aquellos rasgos de personalidad límite han pasado a un segundo plano hasta casi desaparecer. El Joe MacMillan que recordaremos cuando la serie ya no esté, podado de toda esa hojarasca, brilla como uno de los personajes más icónicos que ha dado la ficción actual, un resumen certero y lúcido de ese Silicon Valley que hoy domina el mundo corporativo, con sus gurús y su mesianismo 2.0. Joe MacMillan, verdadera alma de Halt and Catch Fire, es un ser fronterizo mitad cantamañas mitad genio visionario, especialmente dotado para adivinar hacia donde se dirige la civilización de su tiempo pero necesitado de los demás, casi impelido a utilizar a sus colaboradores más cercanos, pasándoles por encima, como un devorador de talento que sacrifica cabezas y corazones en pos de una idea.

La serie no se queda ahí. El proceso de poda del singular MacMillan llegó a situarlo en un segundo plano dentro de las tramas, dejando un hueco que tuvieron que ocupar sus contrapartes femeninos, el otro punto de apoyo de cualquier Mad Men que se precie. También ellas sufrieron con el paso del tiempo un cambio considerable (estas evoluciones tan radicales no son casuales. Halt and Catch Fire siempre ha dado la impresión de estar en permanente re-escritura, con cierta tendencia a los bandazos y a la falta de cohesión). Mientras que el personaje interpretado por Mackenzie Davis vive un proceso similar al de Joe, acotando sus cualidades más altisonantes hasta convertirla en una persona casi normal, es en la aparentemente convencional Donna Clark, interpretado por Kerry Bishé, donde observamos la mutación más decisiva. Con cada temporada y capítulo la hemos visto ganar en complejidad, en protagonismo, hasta culminar en esas últimas escenas de la tercera entrega que presagian tormenta.

Alrededor de estos tres personajes primordiales se han rodeado un brillante grupo de secundarios, algunos con vocación de protagonista, que siempre han contribuido a la credibilidad y verosimilitud de las tramas, y un puñado de momentos de gran alcance dramático. Como ya he apuntad, si algo se le podría achacar a Halt and Catch Fire ha sido los cambios radicales que han sufrido los guiones al final de cada temporada, rompiendo a veces la linea narrativa, facilitando la inclusión de nuevos arcos argumentales y personajes a costa de cierto trampeo. Con todo, Halt and Catch Fire perdurará en la memoria de todos los que la vimos como una serie nacida como remedo de un clásico como Mad Men que supo evolucionar y tomar los puntos fuertes de la época que desarrollaba y de los personajes que la habitaban.

Filmaffinity: 7.4
IMDb: 8.3

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Rick and Morty

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El mundo de la animación parece vivir una pequeña edad de oro. Los creadores nacidos en los 80 han tomado el control creativo, lo que se nota en los productos que llegan a las pantallas y que se caracterizan por una fuerte influencia de la cultura pop, cierta falta de ternura y un gusto indisimulado por el humor (post-humor, según la jerga al uso) ya no absurdo sino directamente aleatorio.

Series como Adventure Time, Regular Show o The Amazing World of Gumball logran el santo grial de gustar tanto a niños como a adultos, sospecho que en ocasiones más a los adultos. Como sucede con las producciones de Pixar, esta necesidad de encajar con un público tan masivo limita las temáticas y el tono, pero puede acabar siendo beneficioso. Los tiempos han cambiado, y el publico potencial de las producciones “para niños” ha aumentado exponencialmente. Los adultos actuales han crecido bajo una cultura eminentemente televisiva, y consumen dibujos animados sin demasiados complejos. Con esta gran masa de televidentes sirviendo como colchón, la libertad creativa se ha expandido hasta permitir, virtualmente, casi cualquier cosa. Solo dentro de un tipo de entretenimiento asumido de manera tan global es comprensible que existan engendros lisérgicos como Uncle Grandpa.

Pero cuando volvemos la vista a la animación para adultos la cosa cambia. De la misma manera que en el cine de actores reales, las productoras se lo piensan mucho antes de reducirse voluntariamente su target con propuestas calificadas por los organismos reguladores como “para adultos”. Rick and Morty es capaz de esquivar esta cuestión haciendo uso del ya típico pitido censor cuando los personajes incurren en palabrotas, pero el resto de su trama solo tiene sentido ante un público adulto de una edad relativamente concreta.

La marca de los 80 sigue muy presente (no deja de ser una versión enloquecida de Back to the Future), y también la libertad random, el gusto por lo desbocado, que Rick and Morty lleva al paroxismo. Su genialidad estriba, precisamente, en ser capaz de contener semejante caudal de homenajes, aleatoriedades, subtextos y marcianadas dentro de una propuesta redonda, comprensible. En Rick and Morty solo necesitaron un puñado de capítulos para tejer un universo de complejidad casi infinita, en el que, estamos avisados, puede suceder cualquier cosa, y lo han conseguido sin que tal maremágnum resulte incómodo, deslavazado o falto de coherencia.

Al margen de todas las lecturas generacionales que puedan hacerse y de su amplitud de miras a la hora de tratar temas y parodiar el mundo real o ficticio, Rick and Morty no deja de ser una comedia cuyo objetivo principal es hacer reír. Lo consigue, por supuesto. Como suele suceder con los mejores ejemplos de su especie, está protagonizada por personajes trágicos, y consigue mostrar nuevos matices y guiños inadvertidos en cada revisión de sus capítulos. Rick and Morty es un éxito, un clásico instantáneo que, esperemos, mantenga el nivel de calidad esta tercera temporada que acaba de empezar y durante muchos años por venir.

Filmaffinity: 8.4
IMDb: 9.3