La pequeña reina Victoria

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2016 fue un buen año para las reinas británicas en la televisión. Dos de las más populares e influyentes de todos los tiempos recibieron su serie dedicada. Primero fue Victoria, y apenas había terminado su primera tanda de episodios cuando Netflix estrenó The Crown, su trascendental visión del reinado de Isabel II.

Ya he comentado en otra ocasión los grandes atractivos que emanan de la forja de un héroe o, en este caso, de una reina. La primera temporada de Victoria se benefició de este tipo de relato fundacional. Los primeros pasos de la reina Victoria, las intrigas que suscitó su coronación, su papel de mujer en una sociedad como aquella y su matrimonio con Alberto son temas suficiente para marcarse una buena miniserie y mantener el tipo frente a la sutil contundencia de The Crown, superior en casi todos los sentidos, pero el nacimiento de Victoria como reina ya pasó, y la segunda temporada necesitaba encontrar su propia voz. El tono elegido parece encontrarse a medio camino entre el análisis político de The Crown y el relato costumbrista de Downton Abbey, lo que por momentos la hace fracasar.

Victoria sigue siendo una serie amable, correcta e incluso interesante (un reinado tan largo tiene mucho que ofrecer), pero empieza a dar la impresión de que ha elegido el camino menos sugestivo. Pareciera que los avatares del reinado de Victoria fueran una excusa para el despliegue de problemas domésticos o sentimentales. La actriz que interpreta a la reina resulta demasiado actual, anacrónica, y las tramas que la acompañan alternan el tedio con el cliché. Sin un Lord Melbourne que aporte algún tipo de ambiguedad al relato, todo resulta lineal, tópico. La interpretación de Tom Hughes como Alberto de Sajonia-Coburgo roza el ridículo, y la impresión general que deja es la de una serie que podía contarnos muchas cosas pero aque apenas aporta nada.

Con el especial de Navidad aún pendiente y la segunda temporada de The Crown en el horizonte, Victoria parece estar perdiendo terreno en una carrera en la que, dicho sea de pasó, ya partió con desventaja.

Filmaffinity: 7.1
IMDb: 8.2

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La vida sin Pablo

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Narcos nació con la intención de introducirnos en el escabroso mundo del tráfico de drogas en Latinoamérica. A pesar de tener una vocación generalista y avisar ya en su título de no tener la intención de centrarse en un único narcotraficante o en un solo país, las dos primeras temporadas dedicadas a una figura tan brutal como Pablo Escobar han pasado factura. La sombra del patrón es alargada, y el fin de sus peripecias supuso un golpe demasiado duro para la serie.

Pablo Escobar no solo fue uno de los más exitosos narcos de la historia. También fue uno de los primeros, uno de los más excéntricos; quiso ser Robin Hood y acabó convertido en el mal encarnado; luchó de igual a igual contra el estado, y convirtió Medellín en esa infierno en la tierra descrito por Vallejo en La Virgen de los Sicarios; amasó una fortuna absurda y, en suma, dejó su huella en la historia y cultura colombiana, incluso en el medioambiente (por su culpa, Colombia es el único país fuera de África donde hay hipopótamos salvajes). ¿Cómo seguir adelante sin el sostén de semejante personaje?

Para lograrlo, Narcos se ha valido en esta tercera temporada de un abanico de protagonistas más variado, como si hubiesen dividido las distintas facetas de Pablo Escobar en un puñado de mafiosos: el negociador, el loco, el ingenuo, el desesperado. Los líderes del narcotráfico de Cali fueron tan exitosos o más que Escobar, pero a efectos narrativos carecen de su carisma y peso, y eso se termina notando.

Durante los primeros capítulos nos vemos obligados a situarnos dentro de ese nuevo universo que por momentos resulta aburrido. No ayuda la sempiterna voz en off marca de la casa de José Padilha, que ya era criticable en su obra maestra Tropa de Elite y que en Narcos hace tiempo que dejó de funcionar como una manera de darnos contexto y se dedica ahora a ilustrarnos con pequeñas y repipis lecciones de cómo funciona el narcotráfico.

Tampoco el agente Peña, interpretado por Pedro Pascal, cuenta con el carisma suficiente para sostener la serie como hacía el criticado pero siempre solvente Wagner Moura. Nacido como personaje secundario, su transformación durante las dos primeras temporadas y su paso al protagonismo han resultado poco convincentes. Tras cumplir el necesario cliché de canalla acostumbrado a tomar atajos y guía del bisoño agente Murphy, ahora es él el que parece obligado a esquivar el corrupto sistema colombiano. A pesar de las desgracias que ha vivido, no nos acostumbramos a su tristeza radical, a esa pose de perpetuo estupor.

La tercera entrega de Narcos mejora cuando asume su naturaleza como serie de acción, pero termina dejando la sensación de ser una temporada de transicion en espera de encontrar nuevos líderes mafiosos que aporten algo distinto y renueven el interés por un mundillo, tampoco nos engañemos, limitado y repetitivo.

Filmaffinity: 8.0
IMDb: 8.9

Pesadilla de robot

Mr. Robot fue publicitado como el drama sobre hackers definitivo. Desde el principio quedó clara esa firme intención por mantenerse realista en la descripción de los métodos de los así llamados piratas informáticos. Aún más: según cuenta la leyenda, hackers de renombre han participado en la elaboración de los guiones. El resultado salta a la vista: todo lo que se ve en la pantalla resulta verosimil, ilustrativo, y encaja con los pocos o muchos conocimientos que se puedan tener en la materia y que, incluso para el más profano, se filtran a través las noticias relacionadas con el tema. Se acabó ver a un fulano aporreando durante cinco minutos un teclado hasta conseguir entrar en los ordenadores del Pentágono. En el mundo real, y Mr. Robot lo refleja con parsimonia, este tipo de crímenes son mucho más complicados, ricos y fascinantes.

Por desgracia, el realismo de Mr. Robot termina justo donde acaba la pantalla del ordenador. En su protagonista podemos observar el pecado principal de la serie. El personaje interpretado por el perturbador Rami Malek acumula tal cantidad de rasgos antiheroicos que uno se pregunta cómo puede seguir vivo. Este tipo, además de un genio de la informática, es drogadicto, esquizofrénico, y disfruta de todo tipo de comportamientos antisociales. En contraste, es un profesional admirado por sus compañeros y capaz de ligarse a la secular guapa de la serie. Quizás sea caer en un tópico, pero no parece el tipo de vida del informático medio.
Todo en Mr. Robot se mueve sobre esa misma filosofía de “más es más”. No han escatimado en recursos: giros argumentales impensables y chocantes; una narrativa tramposa desde su mismo inicio y que obliga al propio protagonista a pedir perdón al espectador, con la consiguiente rotura de la así llamada cuarta pared; personajes extremos; más trampas, más cambios de registro y género (el episodio en el que juega a ser una sitcom, para nuestro pesar, no será olvidado fácilemente)… todo envuelto en un manierismo formal molesto y pretencioso, con sus desenfoques, sus encuadres imposibles y, en definitiva, todos los clichés disponibles en el mercado para convertir una serie normal en una de culto. Por el camino perdemos la diversión y el interés por una trama cada vez más magra y alejada de la premisa inicial.

A pesar de su flagrante superficialidad, Mr. Robot cuenta con una sólida base de admiradores que, con todo, ya han empezado a reclamar mayor consistencia en el relato y menos fuegos de artificio. Esta tercera temporada que acaba de comenzar decidirá si volvemos a esa serie sobre hackers distinta a todas los demás o tendremos que seguir escuchando la fúnebre voz de Rami Malek disculpándose por lo que estamos viendo y prometiéndonos, una vez más, que no volverá a pasar.

Filmaffinity: 7.5
IMDb: 8.6

Los espías de Washington

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TURN: Washington’s Spies nació con la promesa de ofrecernos una visión realista del nacimiento del espionaje moderno durante la Guerra de Independencia americana, un periodo poco visitado por el cine actual y que ofrece sus propios atractivos para el espectador no estadounidense.

La primera premisa quedó rápidamente superada. Todos los hallazgos e ingenios técnicos relacionados con el espionaje fueron explicados durante la primera temporada (si me apuras, en los títulos de crédito del primer episodio ya había un primer boceto de todos ellos) lo que nos dejó la enésima serie sobre infiltrados que luchan para no ser descubiertos mientras recogen información.

Tampoco tardó en quedarse huérfana de novedades narrativas. Desde muy pronto quedaron claros los personajes que iban a llevar el peso de la trama: un malo malísimo imposible de derrotar, el siempre voluntarioso Jamie Bell en el papel protagonista y todo el ramillete de secundarios, ayudas o impedimentos para nuestro héroe. Incluso su poco interesante historia de amor fue puesta en un segundo sin demasiados problemas.

Este fue TURN durante sus tres primeras temporadas. En la entrega final las cosas cambiaron un punto. Con todas las cartas por fin sobre la mesa (el encaje de bolillos necesario para mantener la identidad secreta de los espías había llegado demasiado lejos), nos encontramos ante une temporada a tumba abierta, sin concesiones, un correcalles en el que todos los personajes querían matarse los unos a los otros y en la que, por fin, pudimos ver cierto músculo bélico, con batallas a la usanza de aquellos tiempos y escaramuzas bastante más intensas de lo visto hasta ese momento.

Tampoco nada del otro mundo. Su escasa ambición ha sido una constante durante sus cuatro temporadas, una cifra que, para los cánones actuales, puede considerarse un éxito a medias (como le ha sucedido a The Strain o Halt and Catch Fire). Con sus limitaciones, bastante evidentes, TURN fue una serie entretenida, fallida y solvente a la vez, reflejo de una época más ingenua en casi todos los sentidos y con un final que, quién lo iba a decir, resultó inspirado y emotivo, casi memorable.

Filmaffinity: 6.6

IMDb: 8.1

El final del verano

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Resulta muy difícil escribir sobre Game of Thrones. Ni siquiera los grandes hitos del mundillo de las series como The Sopranos o The Wire han merecido tal cantidad de interés de público y crítica. Parece imposible decir algo que no haya sido ya escrito o teorizado por alguno de sus fans y, sin embargo, tampoco sería recomendable que dejase pasar la oportunidad de sacar un par o tres de apuntes sobre semejante fenómeno televisivo, el más grande de la última década.

Siempre he tenido la sensación de que, sin haber leído los libros en los que está inspirada, la serie Game of Thrones se queda corta, como si fuesen necesarios todos esos conocimientos literarios para apreciar lo que sucede dentro de la pantalla. A la vista está que me equivoco: el espectáculo se sostiene por sí solo. Tras la sexta temporada, una entrega que podíamos llamar de transición, este paquete de capítulos que acaba de terminar nos ha dado lo que tanto tiempo anhelamos: los primeros compases de la guerra final; las reencuentros tantas veces pospuestos de nuestros queridos protagonistas; Daenerys en Westeros; la llegada del invierno…

La historia, por fin, evoluciona, y nada es lo esperábamos. A pesar de las múltiples teorías levantadas, de lo aparentemente encaminada que estaba la trama y de que, como comentaré luego, GoT hace años que dejó de ser ella misma, sus autores se la han vuelto a apañar para sorprender, impactar y dejar sin aliento al espectador, dándole la vuelta a cualquier idea previa y, en suma, entreteniendo como hacía tiempo que no lo lograba un producto audiovisual.

Digo que GoT hace tiempo que dejó de ser ella misma e intento no ser injusto. Los hallazgos de GoT trascenderán el mundo de la televisión y, no me cabe duda, alcanzarán el cine, pero no puedo evitar notar ciertas lagunas en lo que, hasta cierto punto, parecía un producto casi perfecto. Son muchos los aspectos que atraen de esta serie, pero hay uno que destaca por encima del resto. Al margen de su cuidada factura, de sus diálogos shakesperianos y del sexo y la violencia, lo que caracterizaba a GoT, lo que la hacía única y preciada, era su condición de serie peligrosa. A medio camino entre la sorpresa y el sadismo, las primeras temporadas, los primeros libros, contaban con ese plus que pocas series pueden ofrecer, debido principalmente al hecho comprensible de que juega en su contra: matar al protagonista es un tabú narrativo, una solución a la que solo se llega obligado por las circunstancias o, en ocasiones, tras la búsqueda del giro de guión definitivo. En GoT esta rara cualidad había alcanzado su epítome: nadie estaba a salvo, todos podían morir, y era en ese mínimo juego del ratón y el gato donde se sustentaba gran parte de las sensaciones y afinidades que producía esta serie. El espectador invierte un tiempo sentimental con estos personajes, y los sabe en peligro constante, siempre al borde de la desaparición. En un universo como este, cada escena tiene su peso, cada diálogo debe ser escuchado con atención: pude ser el último, puede ser el presagio de una catástrofe inminente.

En el momento en el que los grandes protagonistas empezaron a sobrevivir a muertes seguras, GoT comenzó a perder su esencia. Como en las mejores tragedias de la antigüedad, la muerte, por encima de todo lo demás, es el fenómeno que define el tono y la narración de la saga.

Pero esto es cosa del pasado. Hace tiempo que hemos más o menos asumido que el GoT duro, ese en el que la vida de los protagonistas podía ser segada en cualquier momento, no volverá. Nos hemos acostumbrado a salvaciones in extremis, deus ex machina, resucitados, y esta temporada no ha escatimado esfuerzos en reforzar este camino. Lo que no esperaba era que esos mismos protagonistas perdiesen la lucidez y amplitud de miras acostumbradas. Dejando de lado el gran espectáculo ofrecido y que, por fin, hayamos abandonado los los morosos planteamientos de otras ocasiones para empezar a disfrutar de sus frutos, la séptima temporada será recordada por ser aquella en la que GoT perdió la inteligencia. Un mínimo de sentido crítico es suficiente para observar en casi cada uno de nuestros héroes una degradación similar. Un Tyrion cayendo de manera reiterada en las trampas de Cersei; Daenerys convirtiéndose en una niña mimada cuya máxima aspiración es que todo hijo de vecino se postre de rodillas; Jon Snow lanzándose a una misión suicida junto con otro puñado de idiotas; las pocas luces demostradas en la batalla del lago frente a los muertos; la enervante actitud de Bran; la torpe dinámica entre Arya y Sansa… los momentos poco acertados son innumerables, la fragilidad de algunos argumentos y proyectos más que evidente. Todo el aparataje narrativo necesario para llegar a los giros de guión, a las sorpresas, se nos ha mostrado en esta temporada excesivamente rebuscado, montado casi en exclusiva para dar lugar a esos momentos, deslumbrantes, en los que la batalla y la épica pudiera desarrollarse. Lo que en otras ocasiones parecía férreo y perfectamente acabado, ha aparecido esta vez como cogido con hilos, poblado de errores necesarios para mantener su poco brillante razonamiento. Los buenos giros de guión se caracterizan por resultar sorprendentes e impensables a pesar de estar guiados por una lógica implacable. En esta ocasión, la sorpresa está ahí, pero no la lógica. Lo implacable esta vez es la obcecación de los protagonistas por buscarse problemas gratuitos, por ser, ya está dicho, bastante tontos. El premio gordo se lo lleva Benjen Stark, apareciendo de la nada tras años desaparecido y muriendo otra vez después de salvar, de nuevo, al irrompible Jon Snow.

Por encima de este subtexto, sin embargo, hay tal cantidad de momentos impactantes que uno olvida fácilmente que lo que guía la serie ya no es el duro sentido común del consabido juego de tronos sino los apresurados errores de quien está a punto de acabar un proyecto demasiado ambicioso. Faltan seis capítulos, solo seis, que se antojan pocos pero que, muy posiblemente, sean los que necesitamos. He asumido que el final no será como espero, he aprendido, de hecho, a no esperar nada, a dejarme llevar, una vez que la lectura de los libros es solo un recuerdo cada vez más lejano, por la sorpresa y falta de juicio de este mundo de dragones, muertos vivientes y tronos. El desconsiderado hiato que separa lo que debería haber sido una única temporada final tampoco me molesta. Quizás sea necesario para digerir tanta violencia, tan poco respiro.

El fin del verano ha llegado, el sprint final ha sido ya lanzado. Es posible que el convulso universo westeriano esté tomando atajos, sobrentendidos, decisiones poco meditadas y también que los personajes, capaces de moverse por el continente a una velocidad sobrehumana, parezcan estar tan obsesionados como nosotros porque esto termine. Sabemos que Tyrion, Jon Snow o Daenerys llegarán casi con toda probabilidad a los compases finales de la serie, pero sucede que ese fin cada vez está más cerca. En la séptima temporada, tan memorable como oligofrénica, ha habido momentos más que suficientes para terminar con esta manera de manejar los destinos de nuestros héroes, pero parece que tendremos que seguir esperando un poquito más. Mientras tanto, seguiremos pensado y hablando, junto al resto de fans, sobre ese puñado de imágenes icónicas que nos han regalado las últimas semanas y entre las que se encuentra esa última escena final que nos recuerda que la guerra parece que no será tan fácil de ganar como podría haber parecido en un primer momento, y que, aunque GoT nunca vuelva a ser esa serie inteligente y maquiavélica que tantas veces nos sorprendió, es posible que sí que pueda volver a ser extremadamente peligrosa. 

Filmaffinity: 8.6
IMDb: 9.5

The Last Ship

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Esta semana ha regresado The Last Ship, la intriga bélica post-apocalíptica que tantos momentos sonrojantes nos ha dado estos últimos años. Ambientada en un mundo casi devastado por una misteriosa enfermedad en el que una nave de guerra es la última esperanza del ser humano, The Last Ship comenzó con varios puntos a su favor: una atractiva premisa a medio camino entre un Battlestar Galactica náutico y The Walking Dead; el mecenazgo de Michael Bay; un nicho poco transitado como es el de las series de guerra moderna. En su contra, todo lo demás, incluyendo el mecenazgo de Michael Bay, los clichés que pueblan cada minuto de su metraje y una manera muy particular de entender el mundo: imperialista, maniquea, patriotera.

Pero hay algo en el trazo grueso que resulta irresistible. El maniqueísmo radical, tan inservible en la vida real, funciona en este tipo de series como un reducto de simpática sencillez. Todo es diáfano, todo funciona como debería. Los héroes son guapos y bondadosos, y los villanos… pues no. En el aspecto político tampoco hay matices. Para sensibilidades poco amigas de los símbolos patrióticos, de las banderas y similares, todo el aparataje americano resulta vergonzoso, pero también, en cierta forma, envidiable. De la misma forma que un ateo puede disfrutar determinados himnos religiosos, o poemas inspirados en la gracia divina, es posible encontrarle la gracia a esas grandes proclamas tan típicas en el cine comercial de Estados Unidos y, especialmente, de las producciones de Michael Bay. Esos sentimientos nacionalistas nos resultan ajenos e infantiles, pero también, como ya he dicho, envidiables. Envidia de observar creencias que superan al individuo, lo que legitiman y subliman. Envidia del cobijo y sensación de comunidad que da esa patria a la que tanto aman. Aunque dios no existe y la patria solo es, en el mejor de los casos, una manera como cualquier otra de llamar al gobierno, uno podría muy bien dejarse llevar y, por una vez, sentir la calidez de semejantes creencias, aunque solo sea durante los 40 minutos de reloj que dura cada uno de los capítulos de una serie de fórmula como The Last Ship.

En cualquier caso, el patriotismo de The Last Ship es, como en cualquier otra producción del estilo, un complemento cosmético. Lo que se le pide a una serie como esta no es enardecer los corazones de los descreídos, sino diversión sin complicaciones, guerra moderna, traiciones y batallas, y ahí es donde destaca. Sin demasiados alardes, echando mano de soluciones simples y personajes bienpensantes hasta la locura, The Last Ship sabe dar lo que se espera de ella, e incluso cuenta con la gran virtud de haber sabido re-imaginarse una vez quedó superada su premisa inicial.

The Last Ship ha tenido muchas oportunidades para convertirse en su propia parodia, pero siempre ha sabido seguir tirando del hilo y encontrar nuevas vetas donde desarrollar su épica de todo a cien y seguir dándole interés y algo que hacer al atractivo capitán del Nathan James y su leal chavalería.

Filmaffinity: 5.4
IMDb: 7.5

The Hour

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Hubo un tiempo en el que todos los canales de televisión querían tener su propio Mad Men. La serie de AMC había fijado un nuevo modelo a imitar alejado de la obsesión por el cliffhanger que había instaurado Lost o la manida temática criminal. Mad Men era una serie de época, pero de una época cercana, todavía poco manida, y estaba protagonizada por gente normal (si normal significa que no se pasan el día investigando asesinatos rituales). De Mad Men se llegó a decir que en sus capítulos nunca pasaba nada, una crítica injusta pero acertada para según que público.

Todas sus imitadoras tenían claro los ítems que debían replicar: por encima de todo, un protagonista masculino ambiguo y carismático, rodeado de una serie de contrapartes femeninos que no se redujeran al clásico papel de cuidadora/amante; la descripción de un tiempo y una profesión, con sus miserias y sus logros; el gusto por el aspecto más estético y glamuroso de las épocas de las que se ocupan. De la media docena de series que siguieron más o menos esta estructura, dos de ellas lograron encontrar su propio tono y colocarse por encima del resto. Por un lado AMC y su intento por hacer perdurar el modelo que ellos mismos habían creado, Halt and Catch Fire, que regresa la próxima semana con su cuarta y última temporada, y por otro The Hour, una producción inglesa que narraba las desventuras de un noticiario adelantado a su época durante los londinenses años 50 (tan distintos a los americanos) y en la que Dominic West ejercía de Don Draper.

The Hour se sustentaba sobre la rivalidad entre dos personalidades contrapuestas. Por un lado Hector Madden (Dominic West), el apuesto y algo frívolo presentador del programa que da nombre a la serie, y del otro Freddie Lyon (Ben Whishaw), un periodista de raza que desprecia a su antagonista pero le reconoce en secreto sus esquivos talentos. Alrededor, o por encima, unos personajes femeninos que solo son importantes sobre el papel y que terminan convirtiéndose en meras comparsas del dúo protagonista.

En cualquier caso, no son los personajes lo que más llama la atención en The Hour, sino las fricciones entre un gobierno en plena Guerra Fría que controla con mano dura la BBC y un grupo de periodistas con mayores aspiraciones de libertad en una época en la que la sociedad, definida por sus esfuerzos y sacrificios durante la Segunda Guerra Mundial, comenzaba a reclamar otro tipo de libertades y contenidos que chocaban con el terror a todo lo que oliese a comunismo.

The Hour es un intento de la BBC por entenderse a sí misma y explicar sus orígenes, que quedan cifrados en la tensión natural que se produce en un sistema cuando un poder, el cuarto poder, hasta ese momento supeditado a otras fuerzas, comienza a reclamar su independencia. Tensión es la palabra que define The Hour, constante y sin fin, personificada en sus ambiciosos personajes, decididos a terminar de una vez por todas con el conformismo que hasta ese momento campaba en el periodismo inglés, y en continua lucha contra el gobierno por esa pregunta que no pueden hacer o ese político al que no pueden investigar. Y filtrado a lo largo de sus 12 únicos capítulos, una historia ligera de espías, grandes secundarios, un par de amoríos de corte clásico y el habitual estilo y solvencia de la televisión británica.

Filmaffinity: 7.6
IMDb: 8.0