La mente del asesino

Parece difícil que una serie pueda aportar alguna novedad en la dramatización, glosa y análisis de los asesinos en serie. Los hemos visto desde todas las perspectivas posibles, hemos sido testigos de sus atrocidades e incluso nos hemos encariñado con alguno de ellos. Durante una época parecía existir una especie de competición entre los guionistas por ver quién escribía los asesinatos más retorcidos y crueles, las tragedias más originales y transgresoras. David Fincher, con Seven, ayudó a forjar esta imagen del asesino obsesionado con la teatralidad de sus crímenes, y más de 20 años después regresa a la televisión para cerrar su particular círculo y volver a los orígenes.
Frente al ya típico asesino barroco y rebuscado, Mindhunter ofrece realismo y concisión. Solo echando un vistazo a los videos de las entrevistas al verdadero Edmund Kemper es posible medir la magnitud del desafío. La mimética interpretación de Cameron Britton da una pista de hasta qué punto se han cuidado los detalles. Fincher ha reconocido que en Netflix ha encontrado lo que el Hollywood actual parece negar cada vez con mayor saña: la posibilidad de hacer un cine de personajes donde la mera conversación entre ellos sea suficiente para llenar la pantalla y producir la intriga.

En Mindhunter esta pretensión se cumple a rajatabla. A lo largo de sus diez episodios asistimos al nacimiento de la ciencia forense ocupada del estudio e investigación de este tipo particular de criminal, el asesino en serie, cuya misma denominación era, en aquellos años 70, novedosa y rompedora. En una serie del FBI donde apenas se investiga y con asesinos que no asesinan, todo se reduce a lo que se cuentan entre ellos, a las dinámicas que se establecen y sus consecuencias. La medida elección del repartl se adapta a este tipo de drama, y por momentos todo funciona a la perfección. Las hipnóticas conversaciones entre agentes y asesinos son suficientes para mantenernos con ganas de más, pero llega un momento en el que la propia serie no termina de creérselo. Las subtramas que rellenan cada episodio, algunas tan absurdas como la de Anna Torv, apabullante en el papel de la doctora Wendy Carr, en la lavandería, o la constante reiteración en la rebeldía del agente Ford (interpretado por Jonathan Groff) adolecen de falta de interés. Esas secuencias que inician casi cada episodio a propósito de quien parece ser Dennis Rader, tampoco aportan nada apreciable, por lo que tendremos que esperar a las siguientes temporadas para ver si se nos ha escapado algún simbolismo hermético o el gato es tan irrelevante como parece.

En cualquier caso, son problemas menores. Antes he hablado de cine en Mindhunter. Incluso las mejores series de televisión, las consideradas Arte con mayúsculas, sufren la textura televisiva, ciertos tópicos formales y unas interpretaciones que, en ocasiones, se encuentran un par de peldaños por debajo de las de las grandes estrellas del cine. Fincher, maestro indiscutible, borra esas diferencias y logra en los capítulos que dirige acercar la televisión al cine como pocas veces se ha visto. Tiene los medios, el talento y, por fin, el lugar, Netflix, donde puede desarrollar ese cine de personajes que ya hemos visto en House of Cards y que florece con magnífica brillantez en Mindhunter.

Filmaffinity: 7.9
IMDb: 8.8

Anuncios

La pequeña reina Victoria

MV5BMjEwMDE3MTIwNV5BMl5BanBnXkFtZTgwNDA1MjM5MDI@._V1_.jpg

2016 fue un buen año para las reinas británicas en la televisión. Dos de las más populares e influyentes de todos los tiempos recibieron su serie dedicada. Primero fue Victoria, y apenas había terminado su primera tanda de episodios cuando Netflix estrenó The Crown, su trascendental visión del reinado de Isabel II.

Ya he comentado en otra ocasión los grandes atractivos que emanan de la forja de un héroe o, en este caso, de una reina. La primera temporada de Victoria se benefició de este tipo de relato fundacional. Los primeros pasos de la reina Victoria, las intrigas que suscitó su coronación, su papel de mujer en una sociedad como aquella y su matrimonio con Alberto son temas suficiente para marcarse una buena miniserie y mantener el tipo frente a la sutil contundencia de The Crown, superior en casi todos los sentidos, pero el nacimiento de Victoria como reina ya pasó, y la segunda temporada necesitaba encontrar su propia voz. El tono elegido parece encontrarse a medio camino entre el análisis político de The Crown y el relato costumbrista de Downton Abbey, lo que por momentos la hace fracasar.

Victoria sigue siendo una serie amable, correcta e incluso interesante (un reinado tan largo tiene mucho que ofrecer), pero empieza a dar la impresión de que ha elegido el camino menos sugestivo. Pareciera que los avatares del reinado de Victoria fueran una excusa para el despliegue de problemas domésticos o sentimentales. La actriz que interpreta a la reina resulta demasiado actual, anacrónica, y las tramas que la acompañan alternan el tedio con el cliché. Sin un Lord Melbourne que aporte algún tipo de ambiguedad al relato, todo resulta lineal, tópico. La interpretación de Tom Hughes como Alberto de Sajonia-Coburgo roza el ridículo, y la impresión general que deja es la de una serie que podía contarnos muchas cosas pero aque apenas aporta nada.

Con el especial de Navidad aún pendiente y la segunda temporada de The Crown en el horizonte, Victoria parece estar perdiendo terreno en una carrera en la que, dicho sea de pasó, ya partió con desventaja.

Filmaffinity: 7.1
IMDb: 8.2

La vida sin Pablo

narco.jpg

Narcos nació con la intención de introducirnos en el escabroso mundo del tráfico de drogas en Latinoamérica. A pesar de tener una vocación generalista y avisar ya en su título de no tener la intención de centrarse en un único narcotraficante o en un solo país, las dos primeras temporadas dedicadas a una figura tan brutal como Pablo Escobar han pasado factura. La sombra del patrón es alargada, y el fin de sus peripecias supuso un golpe demasiado duro para la serie.

Pablo Escobar no solo fue uno de los más exitosos narcos de la historia. También fue uno de los primeros, uno de los más excéntricos; quiso ser Robin Hood y acabó convertido en el mal encarnado; luchó de igual a igual contra el estado, y convirtió Medellín en esa infierno en la tierra descrito por Vallejo en La Virgen de los Sicarios; amasó una fortuna absurda y, en suma, dejó su huella en la historia y cultura colombiana, incluso en el medioambiente (por su culpa, Colombia es el único país fuera de África donde hay hipopótamos salvajes). ¿Cómo seguir adelante sin el sostén de semejante personaje?

Para lograrlo, Narcos se ha valido en esta tercera temporada de un abanico de protagonistas más variado, como si hubiesen dividido las distintas facetas de Pablo Escobar en un puñado de mafiosos: el negociador, el loco, el ingenuo, el desesperado. Los líderes del narcotráfico de Cali fueron tan exitosos o más que Escobar, pero a efectos narrativos carecen de su carisma y peso, y eso se termina notando.

Durante los primeros capítulos nos vemos obligados a situarnos dentro de ese nuevo universo que por momentos resulta aburrido. No ayuda la sempiterna voz en off marca de la casa de José Padilha, que ya era criticable en su obra maestra Tropa de Elite y que en Narcos hace tiempo que dejó de funcionar como una manera de darnos contexto y se dedica ahora a ilustrarnos con pequeñas y repipis lecciones de cómo funciona el narcotráfico.

Tampoco el agente Peña, interpretado por Pedro Pascal, cuenta con el carisma suficiente para sostener la serie como hacía el criticado pero siempre solvente Wagner Moura. Nacido como personaje secundario, su transformación durante las dos primeras temporadas y su paso al protagonismo han resultado poco convincentes. Tras cumplir el necesario cliché de canalla acostumbrado a tomar atajos y guía del bisoño agente Murphy, ahora es él el que parece obligado a esquivar el corrupto sistema colombiano. A pesar de las desgracias que ha vivido, no nos acostumbramos a su tristeza radical, a esa pose de perpetuo estupor.

La tercera entrega de Narcos mejora cuando asume su naturaleza como serie de acción, pero termina dejando la sensación de ser una temporada de transicion en espera de encontrar nuevos líderes mafiosos que aporten algo distinto y renueven el interés por un mundillo, tampoco nos engañemos, limitado y repetitivo.

Filmaffinity: 8.0
IMDb: 8.9

Gamberrada americana

av101unit00805r.jpg

Las series documentales sobre crímenes parecen estar viviendo una pequeña edad dorada. Los canales se han dado cuenta que en el mundo real existen historias tan imprevisibles y emocionantes como cualquier ficción, especialmente cuando las apoyas en una narrativa tramposa y juegas a ejercer de detective, como suele ser el caso de los así llamados fringe documentaries o en la serialización efectista de crímenes reales.

American Vandal identifica este subgénero y lo satiriza de la manera más brutal posible: sin exagerar en lo más mínimo, sin llevarlo al paroxismo, sin introducir ningún elemento cómico. Apoyada sobre cierta ridiculez intrínseca a este tipo de series, American Vandal adopta la forma de falso documental, pero no hay nada en él que haya sido falseado. La gracia del asunto recae únicamente en la descontextualización, en el hecho de darle un tratamiento muy serio y profesional a un hecho totalmente banal y en lo absurdo que resulta esa manera de hacer periodismo cuando no hay grandes y terribles hechos que le sirvan de coartada.

Un único chiste, como digo, pero uno muy largo e intrincado. Tras el primer capítulo, uno se pregunta si será posible aguantar el tono trascedente y funerario de este tipo de producciones, si se tomarán atajos y se caerá en el chiste fácil, si será posible alargar el interés durante ocho largos episodios. Contra todo pronóstico lo consiguen.

American Vandal se las apaña para permanecer integra hasta los mismos créditos. Se toma a sí misma en serio desde el primer fotograma hasta el último, sin ninguna licencia, sin marcas de comedia. Nada de lo que sucede frente a nosotros escapa de lo que podríamos llamar realismo. Es la ironía definitiva, el humor sin humor.

Un humor que se sostiene en gran parte gracias al brillante retrato de cierta adolescencia. Los creadores muestran una gran facilidad para identificar sus tics, sus peculiares obsesiones y su lenguaje, lo que ayuda a fijar el tono cómico de la serie. El contraste entre esta adolescencia ensimismada y la magnífica factura del documental (como de National Geographic, afirma el increíble Dylan Maxwell en un momento de la serie) también juega a su favor.
Versiones y contraversiones, teorías y más teorías, hallazgos imposibles e incluso metacine (los protagonistas también ven la serie, lo que influye en el devenir de la investigación)… American Vandal no escatima en recursos, no deja un cliché por pisar, lo que, en cierta forma, la convierte en única y difícilmente imitable: no hay manera de sacarle más punta al chiste.

Filmaffinity: 6.7
IMDb: 8.3

La cuarta (o quinta) de Fargo

fargo_tv_on_fx.0_cinema_1200.0.png

Esta semana comienza la tercera temporada de Fargo y todos sus fanáticos tenemos claro qué va a suceder. Sin necesidad de leer las sinopsis oficiales, sabemos que será una historia “real”, que a petición a los supervivientes los nombres de sus protagonistas se han cambiado, y que por respeto a los muertos el resto se narrará tal y como sucedió.

Pero sabemos más cosas. En el nevado medio-oeste americano, una o dos personas no especialmente brillantes (esto es importante) se verán envueltos en un crimen cuyas consecuencias bañarán de sangre y violencia su vida y la de sus conocidos. Las tres entregas que nos han llegado, contando la película original, relatan esta misma historia, y no parece que haya necesidad de cambiar.

En esta moda de convertir en serie viejos éxitos del cine, los Coen eligieron con Fargo el camino menos transitado. No planearon una precuela, como hemos visto en Taken, o una secuela al estilo de The Exorcist. Tampoco re-elaboraron ni ampliaron la trama original. Fargo cuenta siempre historias distintas que en realidad son siempre la misma, con un único tono de extrema frialdad y violencia, y con la sempiterna estupidez de sus protagonistas actuando como detonante y catalizador de ese submundo de perdedores que, queriendo librarse de las consecuencias de un crimen, acaban inmersos en el infierno.

No era el primer intento. En 2003 apareció el episodio piloto para una serie que nunca se concretó. Como en la película original, aquella Fargo ponía el protagonismo en una mujer policía embaraza (interpretada por Edie Falco, dispuesta a doblar trabajo con The Sopranos), inmersa en esta ocasión en una trama distinta, con el asesinato de un farmacéutico de por medio. Tal vez aquel pequeño fracaso era necesario para, años después, construir una serie, la actual, tan curiosamente innovadora, tan poco convencional en su desarrollo repetitivo y novedoso a la vez.

Los fanáticos de Fargo sabemos lo que va a pasar y esperamos con ansiedad los nuevos episodios, los nuevos protagonistas y sus feroces errores. Esperamos ver otra vez esa misma historia basada en hechos reales, y la misma habilidad para construir secuencias de impacto duradero, como aquella conversación en el ascensor de la primera temporada, cuando un crecidito Martin Freeman desafiaba a Billy Bob Thornton, pensando que el discípulo estaba en condiciones de tutear al maestro, y cagándola estrepitosamente, o aquella otra vez, en la segunda temporada, cuando Kirsten Dunst, con encantadora ingenuidad, se convertía, de manera imperceptible, en una torturadora asesina, el peor tipo de criminal.

Filmaffinity: 8.3
IMDb: 9.0

 

 

Asesinos británicos

nintchdbpict000286658227.jpg

Ha terminado hace un par de semanas la miniserie británica In Plain Sight UK, donde seguimos el curioso tira y afloja que durante los años cincuenta se produjo entre la policía escocesa y el asesino en serie Peter Manuel. Manuel no era un desconocido para las autoridades y, tras visitar la cárcel condenado por violación, no tardó en volver a la andadas, con el conocimiento de una policía que, según la serie, poco podía hacer ante la escasez de pruebas y la especial habilidad de Manuel para salirse con la suya. Mientras entraba y salía de la comisaría, y se burlaba y amenazaba a su principal perseguidor, se las apañó para matar, como mínimo, a ocho mujeres.

La miniserie que relata su caso es una más entre la multitud de producciones sobre asesinos que produce la televisión británica. Como las películas de samuráis de Toho o los westerns de toda la vida, pareciera que los ingleses tienen una máquina para imprimir fotogramas sobre detectives ceñudos y asesinos cruentos. El hecho de que la historia se inspire en un hecho real no cambia nada. Lo mejor, de cualquier modo, es lo extraño del caso, el hecho de que Manuel se convirtiese en enemigo público número uno, como dice el título, a la vista de todos y sin esforzarse demasiado en disimularlo.

appropriate-adult

Esta miniserie me ha hecho recordar otra de temática parecida pero de mayor alcance. Appropriate Adult narra la inquietante relación que establecieron el asesino en serie Fred West y la asistente social que medió en su caso. Esta figura jurídica, la del “appropriate adult”, tiene como objetivo asistir a los acusados menos dotados, como era el caso de Fred West y su esposa Rose, habitantes y dueños de la casa de los horrores de la calle Gloucester, donde juntos secuestraron, torturaron y asesinaron a, al menos, trece mujeres.

Janet Leach, asistente social voluntaria, no sabía las consecuencias que tendría su participación en el caso. West, maestro de la manipulación, hizo todo lo posible por seducirla, no de manera romántica pero llevándola a su terreno, convirtiéndola en su “única amiga”. Por su parte, Leach, testigo privilegiado de la narración en primera persona de todo tipo de atrocidades, se vio presa de una especie rara de síndrome de Estocolmo, convirtiéndose en el apoyo de un monstruo que solo fue totalmente sincero ante ella, contándole algunos de sus peores crímenes, asesinatos que solo salieron a la luz cuando, rompiendo el acuerdo de confidencialidad, la propia Leach los contó a un periódico. Según sus propias palabras, ninguno de los involucrados en el caso estaba preparado para entrar en el universo moral de una persona como Fred West.

Tanto Dominic West como Emily Watson aportan calidad interpretativa, y el guión deja a un lado los asesinatos para centrarse en su relación personal, logrando un resultado perturbador y de una ambigüedad demoledora.

Filmaffinity: 6.7
IMDb: 7.6