Gamberrada americana

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Las series documentales sobre crímenes parecen estar viviendo una pequeña edad dorada. Los canales se han dado cuenta que en el mundo real existen historias tan imprevisibles y emocionantes como cualquier ficción, especialmente cuando las apoyas en una narrativa tramposa y juegas a ejercer de detective, como suele ser el caso de los así llamados fringe documentaries o en la serialización efectista de crímenes reales.

American Vandal identifica este subgénero y lo satiriza de la manera más brutal posible: sin exagerar en lo más mínimo, sin llevarlo al paroxismo, sin introducir ningún elemento cómico. Apoyada sobre cierta ridiculez intrínseca a este tipo de series, American Vandal adopta la forma de falso documental, pero no hay nada en él que haya sido falseado. La gracia del asunto recae únicamente en la descontextualización, en el hecho de darle un tratamiento muy serio y profesional a un hecho totalmente banal y en lo absurdo que resulta esa manera de hacer periodismo cuando no hay grandes y terribles hechos que le sirvan de coartada.

Un único chiste, como digo, pero uno muy largo e intrincado. Tras el primer capítulo, uno se pregunta si será posible aguantar el tono trascedente y funerario de este tipo de producciones, si se tomarán atajos y se caerá en el chiste fácil, si será posible alargar el interés durante ocho largos episodios. Contra todo pronóstico lo consiguen.

American Vandal se las apaña para permanecer integra hasta los mismos créditos. Se toma a sí misma en serio desde el primer fotograma hasta el último, sin ninguna licencia, sin marcas de comedia. Nada de lo que sucede frente a nosotros escapa de lo que podríamos llamar realismo. Es la ironía definitiva, el humor sin humor.

Un humor que se sostiene en gran parte gracias al brillante retrato de cierta adolescencia. Los creadores muestran una gran facilidad para identificar sus tics, sus peculiares obsesiones y su lenguaje, lo que ayuda a fijar el tono cómico de la serie. El contraste entre esta adolescencia ensimismada y la magnífica factura del documental (como de National Geographic, afirma el increíble Dylan Maxwell en un momento de la serie) también juega a su favor.
Versiones y contraversiones, teorías y más teorías, hallazgos imposibles e incluso metacine (los protagonistas también ven la serie, lo que influye en el devenir de la investigación)… American Vandal no escatima en recursos, no deja un cliché por pisar, lo que, en cierta forma, la convierte en única y difícilmente imitable: no hay manera de sacarle más punta al chiste.

Filmaffinity: 6.7
IMDb: 8.3

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La cuarta (o quinta) de Fargo

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Esta semana comienza la tercera temporada de Fargo y todos sus fanáticos tenemos claro qué va a suceder. Sin necesidad de leer las sinopsis oficiales, sabemos que será una historia “real”, que a petición a los supervivientes los nombres de sus protagonistas se han cambiado, y que por respeto a los muertos el resto se narrará tal y como sucedió.

Pero sabemos más cosas. En el nevado medio-oeste americano, una o dos personas no especialmente brillantes (esto es importante) se verán envueltos en un crimen cuyas consecuencias bañarán de sangre y violencia su vida y la de sus conocidos. Las tres entregas que nos han llegado, contando la película original, relatan esta misma historia, y no parece que haya necesidad de cambiar.

En esta moda de convertir en serie viejos éxitos del cine, los Coen eligieron con Fargo el camino menos transitado. No planearon una precuela, como hemos visto en Taken, o una secuela al estilo de The Exorcist. Tampoco re-elaboraron ni ampliaron la trama original. Fargo cuenta siempre historias distintas que en realidad son siempre la misma, con un único tono de extrema frialdad y violencia, y con la sempiterna estupidez de sus protagonistas actuando como detonante y catalizador de ese submundo de perdedores que, queriendo librarse de las consecuencias de un crimen, acaban inmersos en el infierno.

No era el primer intento. En 2003 apareció el episodio piloto para una serie que nunca se concretó. Como en la película original, aquella Fargo ponía el protagonismo en una mujer policía embaraza (interpretada por Edie Falco, dispuesta a doblar trabajo con The Sopranos), inmersa en esta ocasión en una trama distinta, con el asesinato de un farmacéutico de por medio. Tal vez aquel pequeño fracaso era necesario para, años después, construir una serie, la actual, tan curiosamente innovadora, tan poco convencional en su desarrollo repetitivo y novedoso a la vez.

Los fanáticos de Fargo sabemos lo que va a pasar y esperamos con ansiedad los nuevos episodios, los nuevos protagonistas y sus feroces errores. Esperamos ver otra vez esa misma historia basada en hechos reales, y la misma habilidad para construir secuencias de impacto duradero, como aquella conversación en el ascensor de la primera temporada, cuando un crecidito Martin Freeman desafiaba a Billy Bob Thornton, pensando que el discípulo estaba en condiciones de tutear al maestro, y cagándola estrepitosamente, o aquella otra vez, en la segunda temporada, cuando Kirsten Dunst, con encantadora ingenuidad, se convertía, de manera imperceptible, en una torturadora asesina, el peor tipo de criminal.

Filmaffinity: 8.3
IMDb: 9.0

 

 

Asesinos británicos

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Ha terminado hace un par de semanas la miniserie británica In Plain Sight UK, donde seguimos el curioso tira y afloja que durante los años cincuenta se produjo entre la policía escocesa y el asesino en serie Peter Manuel. Manuel no era un desconocido para las autoridades y, tras visitar la cárcel condenado por violación, no tardó en volver a la andadas, con el conocimiento de una policía que, según la serie, poco podía hacer ante la escasez de pruebas y la especial habilidad de Manuel para salirse con la suya. Mientras entraba y salía de la comisaría, y se burlaba y amenazaba a su principal perseguidor, se las apañó para matar, como mínimo, a ocho mujeres.

La miniserie que relata su caso es una más entre la multitud de producciones sobre asesinos que produce la televisión británica. Como las películas de samuráis de Toho o los westerns de toda la vida, pareciera que los ingleses tienen una máquina para imprimir fotogramas sobre detectives ceñudos y asesinos cruentos. El hecho de que la historia se inspire en un hecho real no cambia nada. Lo mejor, de cualquier modo, es lo extraño del caso, el hecho de que Manuel se convirtiese en enemigo público número uno, como dice el título, a la vista de todos y sin esforzarse demasiado en disimularlo.

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Esta miniserie me ha hecho recordar otra de temática parecida pero de mayor alcance. Appropriate Adult narra la inquietante relación que establecieron el asesino en serie Fred West y la asistente social que medió en su caso. Esta figura jurídica, la del “appropriate adult”, tiene como objetivo asistir a los acusados menos dotados, como era el caso de Fred West y su esposa Rose, habitantes y dueños de la casa de los horrores de la calle Gloucester, donde juntos secuestraron, torturaron y asesinaron a, al menos, trece mujeres.

Janet Leach, asistente social voluntaria, no sabía las consecuencias que tendría su participación en el caso. West, maestro de la manipulación, hizo todo lo posible por seducirla, no de manera romántica pero llevándola a su terreno, convirtiéndola en su “única amiga”. Por su parte, Leach, testigo privilegiado de la narración en primera persona de todo tipo de atrocidades, se vio presa de una especie rara de síndrome de Estocolmo, convirtiéndose en el apoyo de un monstruo que solo fue totalmente sincero ante ella, contándole algunos de sus peores crímenes, asesinatos que solo salieron a la luz cuando, rompiendo el acuerdo de confidencialidad, la propia Leach los contó a un periódico. Según sus propias palabras, ninguno de los involucrados en el caso estaba preparado para entrar en el universo moral de una persona como Fred West.

Tanto Dominic West como Emily Watson aportan calidad interpretativa, y el guión deja a un lado los asesinatos para centrarse en su relación personal, logrando un resultado perturbador y de una ambigüedad demoledora.

Filmaffinity: 6.7
IMDb: 7.6