El fin de Gently

No es fácil explicar hasta qué punto resulta poco sorprendente la cancelación de Dirk Gently’s Holistic Detective Agency si no has visto la serie. Las bajas audiencias son, de por sí, un motivo contundente que no ofrece debate, pero había algo en la ficción de BBC América que no tenía nada que ver ni con la calidad de los actores, brillantes todos ellos, ni con el interés de la trama. Dirk Gently podría haberse repuesto a unas audiencias mejorables, pero nunca iba a poder esquivar su verdadero problema, que es también la razón de su atractivo: su propia naturaleza arbitraria.

La arbitrariedad vertebraba cada uno de los capítulos de la serie. Dirk Gently era una loca carrera hacia el abismo, una sucesión de marcianadas que golpean, sorprenden y, en ocasiones, enamoran. No era fácil dar consistencia a un material tan diverso, pero los responsables lo consiguieron con cierta maestría, pivotando alrededor de un personaje central gloriosamente interpretado por Samuel Barnett, y dando su espacio a todos esos rarísimos secundarios que bailaban a su compas. Con sus problemas, Dirk Gently era una comedia de ciencia ficción absurda y divertida, agradable de ver.

Los problemas comenzaron a ser evidentes casi desde el principio de la segunda temporada. Suprimida la sorpresa inicial, la naturaleza holística de las investigaciones de nuestro protagonista, y convencidos todos los personajes de lo absurdo de sus existencias y de la singularidad de Gently, solo quedaba repetir la fórmula, esta vez sin debates sobre lo extraño de la situación, sin el conflicto principal que arroja el choque de gente normal con gente rara. Ese conflicto ya estaba finiquitado, después de la primera entrega todo había quedado claro. Con la rareza asumida, solo quedaba disfrutar de ella mientras durase.

Pero cómo hacer tal cosa. Si el motor cómico es precisamente ese choque entre lo normal y lo extremadamente raro, ¿cómo hacer evolucionar las tramas cuando te quedas sin él? Todo está relacionado, repetía Dirk Gently durante la primera temporada ante el asombro del resto de personajes. Todo está relacionado, dicen al unísono todos los personajes en esa segunda temporada. Sin conflicto, sin antagonismo, la narrativa se marchita.

Los guionistas, sabedores de la necesidad de un contrapunto, intentaron que fuera el propio Dirk Gently el que contradijese el consenso que él mismo había buscado y conseguido en la anterior aventura. El fracaso fue rotundo. Las cartas ya habían sido puestas sobre la mesa, de nada servía recogerlas de nuevo y fingir que era posible empezar de nuevo.

La permanencia de las series depende mucho de la capacidad de sus personajes para evolucionar. En Dirk Gently no había evolución posible. Todo está relacionado, todo es arbitrario, nada tiene sentido… ¿cómo lograr que un relato basado en esos axiomas no acabe en la completa esterilidad? Dirk Gently, la carrera loca, alcanzó el abismo demasiado pronto, pero no hay que sentirse molesto: era su destino.

Filmaffinity: 7.1

IMDb: 8.4

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El lado amargo del silicio

Black Mirror llegó a nuestra vida con una clara vocación de bofetada. Charlie Brooker ya se había iniciado en el arte de incomodar al espectador con la memorable Dead Set, posiblemente el mejor ejemplo del género zombie de la televisión, pero con Black Mirror llevó esa intención lejos, lejísimos. Lo que teníamos ante nosotros era la distopía de lo cotidiano, de la intimidad. Ese futuro terrible que otros autores reflejan a través de relatos sobre complejos regímenes totalitarios, aparecía en Black Mirror asociado a lo pequeño, al día a día: la infidelidad de una pareja, la perversiones de la telebasura, la irreflexión y dictadura de las redes sociales. El futuro terrible, esta vez, no provenía de líderes mesíanicos ni grandes movimientos geopolíticos, sino de nosotros mismos a través de una avanzadísima aunque reconocible tecnología.

La tecnología es, por supuesto, el eje vertebrador de todas esas pesadillas, pero no siempre, al menos durante las primeras temporadas. Aquellos ya lejanos primeros capítulos alternaban el puro horror ante una tecnología inhumana con cortes donde el peso recaía más sobre el factor social, sobre el poder de la masa, como The National Anthem o The Waldo Project. Conforme pasaban las temporadas este tipo de capítulos han desaparecido casi por completo, dejando apenas un reflejo en episodios como Nosedive, y centrándose casi por completo en analizar los estragos de las nuevas invenciones que, en ocasiones, ya están entre nosotros.

Convertida Black Mirror en un catálogo de usos y sobre todo abusos de la tecnología, todo parecía girar en torno a la capacidad para los autores presentir los caminos más tortuosos de la continua innovación humana. Esta carrera en busca de la pesadilla técnica definitiva alcanzo su cénit en White Christmas. Este especial navideño protagonizado por Jon Hamm recogía muchos de los temas ya tratados y los enriquecía com terrores casi impensables, con espeluzantes infinitos e infinita alienación. Después de aquel despliegue de incomodidad parecía difícil ir más allá, y asi ha sido.

Desde entonces y tras encontrar su sitio en Netflix, Black Mirror parece haber entrado en una periodo más conformista. No solo ofreciendo visiones optimistas del futuro, como en la magnífica San Junipero o, en esta última temporada, en Hang the DJ, sino en el desarrollo formal de los capítulos. La vieja y huraña Black Mirror parecía centrarse más en el concepto puro, sin dejar entrar más elementos de los necesarios. Ahora, los relatos nos parecen menos austeros, más convencionales.

El motor principal sigue siendo el mismo, pero la novedad ya no es tanta. Mientras buscan nuevos horrores que relatar, en esta nueva Black Mirror parecen contentarse con repetir y ampliar ideas ya tratadas, corregirlas incluso y pasarlas por ese tratamiento estilizador, ganando puesta en escena pero perdiendo la crudeza de la sencillez.

Pero sería injusto quejarse. A lo largo de su historia, Black Mirror nos ha ofrecido algunos de los momentos más brillantes de la televisión e incluso ahora, domesticada y adaptada a gustos menos radicales, sigue siendo una cita ineludible para los amantes del terror, la ciencia ficción o lo que sea que quieran ofrecernos.

Filmaffinity: 8.3

IMDb: 8.9

El dulce Kantaro

El subgénero de series orientales sobre gastronomía parece haber encontrado su nicho en la plataforma Netflix. Son varias las producciones que abundan en este tipo de tramas, sencillas o en ocasiones inexistentes, y en su verdadero leitmotiv: la exposición casi pornográfica de todo tipo de especialidades culinarias. 

En su momento hablé de la peculiar Samurai Gourmet, y ahora llega Saboriman Kantarou, traducido como Kantaro, el empleado goloso, basada en otro manga, bastante más reciente que el que dio origen a la serie sobre el samurái. Teniendo en cuenta los enormes parecidos entre ambas series parece claro que existe algún tipo de relación o influencia

Más que parecidos, un mismo molde estructura ambas series. Como es habitual en todo drama japonés, el protagonista necesita una excusa creíble para abandonar su trabajo y lanzarse a la aventura. En Samurai Gourmet, el detonante era la jubilación de nuestro héroe mientras que, en Kantaro, el protagonista homónimo cambia de trabajo y se hace vendedor callejero, lo que le permite poner en práctica su afición secreta: comer dulces.

Cada episodio está dedicado a un dulce que Kantaro degusta con deleite orgásmico, rozando el ridículo. En el aspecto narrativo, se pueden trazar equivalencias en casi cada rasgo de ambas series. Los segmentos oníricos en los el samurái hacía su aparición se convierten aquí en delirios surreales con personajes con cabeza de alimentos y continuas referencias al dios de los dulces y a su paraiso. Estas pequeñas historias son lo peor de Kantaro, aunque mejoran con el paso de los capítulos. También se diferencian en el tono general de las informaciones gastronómicas. Las sugerencia nostálgica del jubilado y su samurái deja paso a la pedagogía de Kantaro, que ofrece verderas clases magistrales del postre que pretende degustar y del local donde piensa hacerlo, convitiéndose casi en una guía culinaria de Tokio (todos los establecimientos y sus postres existen en el mundo real).

Aunque en estas diferencias Samurai Gourmet siempre sale ganando, hay ciertas cualidades de Kantaro que la hacen brillar por sí sola y ganar en interés. A diferencia de la otra, en Kantaro existe una trama general, ligera y sencilla, pero que vertebra todos los episodios y deja espacio para desarrollar nuevas tramas más allá de la repetitiva dinámica de acudir a restaurantes y comer delicias. Los personajes tienen un trasfondo, algún tipo de motivación más allá de la culinaria, e incluso una psicología en ocasiones perversa (para el recuerdo, el inenarrable episodio sobre los éclairs y la madre de Kantaro). 

El tono de comedia típico del cine japonés, ciertamente extraño para el gusto occidental, también mejora conforme pasan los episodios y llega casi a funcionar (el actor que interpreta al jefe de Kantaro resulta especialmente brillante). Aunque Kantaro es el protagonista absoluto, también el resto de personajes tienen su espacio en la serie e incluso, en ocasiones, sustituyen al héroe principal en la cata y disfrute de los dulces. 

Dejando de lado las influencias y comparaciones, aunque Saboriman Kantarou es otro ejemplo de planos cuidados y elaboraciones armoniosas y apetecibles, logra que su historia, con toda su sencillez, sea algo más que una excusa y sostén del delicioso catálogo de dulces japoneses.

Filmaffinity: 

IMDb: 8.5

El fin de los caminantes

Para los amantes del género zombie, la aparición de The Walking Dead supuso el cumplimiento de un sueño. La producción de AMC parecía tener todos los ingredientes necesarios: la garantía de un canal conocido por albergar algunas de las mejores series de su tiempo; el material inmejorable de los cómics de Robert Kirkman; la presencia de un cineasta como Frank Darabont con experiencia en las adaptaciones de terror. El célebre episodio piloto cumplió con las espectactivas sobradamente, y dejó a los fans y no tan fans con la sensación de tener por delante la serie de zombies definitiva.

No voy a entrar en temas recurrentes como la obvia falta de presupuesto y sus cutres resultados, o el explosivo adiós de Darabont a mediados de la segunda temporada. El caso es que The Walking Dead tardó poco, muy poco en empezar a defraudar a sus seguidores. El infame arco argumental de la búsqueda de Sophie sirvió como detonante para lo que se convertiría en su marca de fábrica: The Walking Dead era una cosa en la que se hablaba mucho, se decía muy poco y donde todo terminaba en un clásico correcalles lleno de zombies y destrucción en el que la serie solía encontrar su redención.

Durante muchos capítulos y temporadas esa fue la dinámica general, un status quo poco sugestivo pero suficiente. Las largas parrafadas y la secular estupidez de sus protagonistas eran soportables sabiendo que, allá lejos, en el horizonte, un par de buenos capítulos nos esperaban. El arco de los Salvadores, al igual que en el cómic, ha venido a cambiarlo todo.

El incesante eterno retorno de búsqueda de refugio, crisis zombie y huída apresurada caracteríśtico de las películas zombie tenía que acabar algún día, pero no así. En mi anterior artículo sobre la serie, expresaba el deseo de que Negan, el aciago Negan, muriese más pronto que tarde, demostrando una ingenuidad casi delictiva, y más conociendo la habilidad de estos guionistas para alargar las tramas hasta la nausea. Dieciseis largos capítulos después, Negan sigue vivo y sin visos de ser derrotado pero, para mi sorpresa, no ha sido ni mucho la razón por la que he terminado abandonando The Walking Dead. El último capítulo de la temporada anterior anticipó esta terrible primera parte de la octava, e introdujo, visto en perspectiva, el gérmen de su destrucción. Aquella larga secuencia de acción entre Salvadores, Basureros y Rickonitas destrozaba para siempre el viejo modus operandi de The Walking Dead, convertida ahora en una cosa en la que un tipo hablaba mucho (Negan), decía poco y todo terminaba en un correcalles penosamente filmado y sin la más mínima verosimilitud. Y sin zombies.

La temporada octava ha seguido, en sus primeros ocho capítulos, ese trágico molde, y resulta fácil de resumir: larguísimos tiroteos entre grupos de pistoleros aleatorios, más preocupados por gastar balas contra un edificio o un coche abandonado que en matar a sus enemigos; zombies convertidos, definitivamente, en una mala excusa para la guerra humana, desaparecidos por completo y solo presentes para matar al despistado de turno; mamarrachos conquistando y reconquistando edificios de los que nadie sabe nada; un plan de acción hilarante por parte de Rick, una defensa lamentable por parte de los Salvadores, en otro tiempo casi omnipotentes; un giro de los acontecimientos grosero y repetitivo; una bomba final que, muy posiblemente, termine sin explotar.

Abandonar The Walking Dead no ha sido una decisión meditada ni consciente. La serie ha ido cayéndose de mis manos poco a poco, perdiendo interés a cada episodio, convirtiendo el visionado de los últimos en un auténtico suplicio. Si sigue la estela de cómic, en un futuro próximo (o más bien lejano, o quizás nunca), The Walking Dead cambiará por completo. Para entonces, tal vez haya olvidado los malos ratos que me ha hecho pasar, tal vez la memoria haya sido los suficientemente magnánima para invitarme a regresar a ver cómo les va a esa pandilla de pobres diablos. 

Más y mejores cosas raras

La primera temporada de Stranger Things se convirtió en una de las series más admiradas y seguidas del 2016. Netflix ahondaba en la nostalgia ochentera contruyendo una historia alrededor del homenaje y con la vista puesta en las entrañables aventuras de la factoría Amblin. Con la elección del reparto como su mayor logro, esa primera entrega me dejó una sensación agridulce. Me gustaba lo que veía, pero también me aburría un poco. Debajo de todo el aparataje sentimental y de las continuas referencias a los mitos ochenteros, no lograba ver más que una narrativa muy básica y repetitiva, organizada en torno a tres líneas argumentales (niños-adolescentes-adultos) que bien podían haber sido una sola.

La segunda tanda de capítulos necesitaba, por un lado, mantener y renovar el cariño de un público ya entregado y, por la parte que me toca, mejorar la visión que me había dejado aquellos ocho primeros capítulos. Por lo que a mi respecta, lo consigue con solvencia. Esta segunda temporada es, como dicen sus creadores, mucho más grande, pero también más abierta y compleja, más cercana. Si durante la primera entrega todos los personajes miraban hacia un mismo punto desde lugares diferentes, ahora vemos distintas motivaciones, tramas paralelas o divergentes, motivaciones contrapuestas o complementarias, por encima de todo un universo que ya aprendimos a amar el año pasado (el abanico de actores jóvenes sigue siendo lo mejor de la serie) y que ahora resulta más orgánico, menos atenazado por su propia narrativa. Stranger Things es ahora un lugar vivo, habitado por gente muy querida a la que le pasan cosas raras, y no un correcalles repleto de pósters y peinados que estuvieron de moda hace 30 años.

Es cierto que durante los primeros capítulos volvemos a ver esa misma estructura básica de niños, adolescentes y adultos lanzados por separado hacia un mismo destino, pero conforme pasan los capítulos el asunto cobra un tono distinto. Las nuevas incorporaciones (una niña, un adolescente y un adulto, para no desequilibrar la cosa) resultan irregulares, pero cumplen su cometido y dejan espacio para seguir desarrollando ciertas tramas durante las próximas temporadas. Volvemos a ver a una Winona Ryder desquiciada pintarrajeando paredes y a ese personaje/esbozo que es la niña Eleven, una suerte de superhéroe bizco al que hay que entregar con cuentagotas para que no de al traste con cualquier conflicto gracias a su excesivo poder. Pero, más allá de sus ya conocidos tics, lo que vemos en esta nueva Stranger Things es más y mejor, y supone el triunfo de un pequeño universo que nos resulta muy familiar y que, en el futuro, tendrá que seguir ampliando y enriqueciendo sus límites para poder seguir siendo tan amigable.

Filmaffinity: 7.7
IMDb: 9.0

Un canal sin fin

Channel Zero se presentó el año pasado como la respuesta de Syfy al American Horror Story de FX. Dos series antológicas de terror con temporadas autoconclusivas y sin más relación entre ellas que la temática, que en el caso de Channel Zero son las así llamadas creepypastas.

Candle Cove, la primera entrega, terminó convirtiéndose en una de las revelaciones del año pasado. Syfy propuso una historia sencilla y corta, repleta de imágenes de genuino impacto y una atmósfera opresiva y con toques oníricos. En un año repleto de propuestas de terror, brilló por encima de todas y nos dejó con ganas de ahondar en ese turbio mundo de las creepypastas.
No End House también adapta una de estas curiosas creaciones, historias de miedo surgidas en internet y que suelen apoyarse en hechos supuestamente reales e imágenes manipuladas por sus creadores. Tanto Candle Cove como No End House han sido capaces de traducir esos códigos al lenguaje cinematográfico, con distintos resultados.
Con un mismo lenguaje y temática, No End House pretende seguir la estala de Candle Cove, pero se queda corta, o, siendo más exacto, se pasa de frenada. Las nuevas escenas de horror resultan más elaboradas, pero pierden la terrible sencillez de los muñecos de Candle Cove. El celebrado clima de inquietud de la saga se limita a ciertas partes del relato, y, intentando mostrar más riqueza y subtextos, falla de nuevo. No necesitábamos más fenómenos paranormales, más imágenes impactantes. Donde la sencillez había triunfado, No End House ha querido dar mucho más, fracasando en casi todos los aspectos.
La trama tampoco resulta tan sugestiva, y durante los primeros capítulos se muestra ligeramente farragosa y difícil de seguir. Las lineas generales están claras, pero los nuevos elementos de horror aparecen sin demasiada explicación. Lo que en Candle Cove surgía perfectamente acotado desde el principio, brota desparramado en No End House dejando una historia que, en el fondo, tampoco tiene demasiado recorrido.
Aunque tampoco hay que exagerar. El sello Channel Zero sigue ahí, y esta nueva temporada sigue siendo de lo mejorcito que se puede ver en el género de terror, pero tras lo visto el año pasado esperaba más de ellos. O mejor dicho: esperaba menos, esperaba mejor. Para la tercera temporada, los creadores tienen pensado renunciar al mundo de los creepypasta, lo que entristece pero deja margen para creaciones de mayor alcance.

Filmaffinity: 6.6
IMDb: 7.2

Sin defensa

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No hace falta ser Joseph Cambell para darse cuenta que desde la antigüedad existe un modelo muy concreto de cómo se forjan los héroes. Desde Teseo a Jesucristo, pasando por Edipo y Moisés y llegando hasta Blancanieves, el camino del héroe es claro y peculiarmente repetitivo. El héroe viene precedido del presagio de su victoria sobre el poder establecido, que intenta evitar lo inevitable matándolo o expulsándolo fuera de sus dominios. El héroe, indefectiblemente, sobrevive a los pesares que el mundo le lanza, vive su infancia lejos de su tierra y termina regresando para cumplir su destino. Así ha sido siempre.

El héroe moderno, el superhéroe, recorre este camino solo a medias. Los oráculos ya no resultan tan atractivos, el mundo ya no vive pendiente de las palabras de los adivinadores. Lo que determina nuestra civilización es la indiferencia, y así es como nacen estos héroes: inadvertidos, desde lo más bajo de la sociedad, desde la desgracia.

Aunque sean modelos distintos, hay algo que los une. Lo que interesa en ambos héroes no es tanto el destino al que se dirigen sino el camino que tienen que recorrer primero. Su forja, su creación, la manera como pasaron de ser simples ciudadanos a convertirse en algo más, ahí es donde los cómics, películas y series sobre superhéroes ponen el énfasis, ahí es donde está el interés del relato. No es casual la cantidad insoportable de reinicios de las sagas más famosas. Cada cierto tiempo es necesario volver a contarnos a nosotros mismos como Peter Paker se convirtió en Spiderman, un relato del que nunca tenemos suficiente. Lo que hagan luego los héroes con sus poderes ya no importa tanto. Suelen ser invencibles, y a nadie le gusta lo evidente. El héroe interesa mientras sea vulnerable, mientras pueda ser derrotado.

Llevamos ya varios años y un puñado de series observando la creación de un supergrupo. Siempre bajo un mismo sistema de flashbacks y recuerdos, hemos visto, más o menos, el origen de varios superhéroes menos invulnerables de lo habitual, al menos en apariencia. Tras Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist, y pendientes de The Punisher, aparecen todos ellos, por fin, juntitos y revueltos en The Defenders, la nueva propuesta de Netflix. Y quizás porque lo mejor, sus primeros pasos, ya lo hemos visto, resulta algo decepcionante.

Hay varios problemas implícitos en el guión. La guerra contra The Hand ya resultaba repetitiva en las series precedentes. El universo Netflix/Marvel siempre ha dado lo mejor de sí mismo en la normalidad, en el realismo, cuando el enemigo ha resultado menos místico y nuestros héroes menos poderosos, y The Hand había sido fijado como un enemigo demasiado atroz para poder vencerlo a base de mamporros.

El sistema de jerarquías también genera un problema bastante obvio. Cada uno por su lado, los héroes de Netflix podían desarrollar sus particularidades y ejercer sus talentos sin que nadie les molestase demasiado, pero cuando los juntas suceden cosas raras. Daredevil, el más carismático de todos ellos, es también el menos poderoso, de hecho no tiene ningún verdadero poder (su gran arma es que, siendo ciego, se comporta como si viese: una anormal normalidad, un ciego que parece que ve). Daredevil, desde su debilidad, es el líder y protagonista, mientras verdaderas bestias cósmicas como el sinsorgo de Iron Fist se ven obligados a permanecer en un merecido segundo plano. De Luke Cage podemos señalar que resulta muy útil cuando alguien dispara sobre el resto, y de Jessica Jones casi mejor no decir nada: es la heroína menos heroica de la historia, una guerrera que solo brilla cuando no pelea.

Batalla tras batalla, con algún giro de guión menos interesante de lo habitual, vamos poco a poco regresando a donde comenzamos, es decir, a ese mundo inamovible donde los superhéroes, una vez derrotado un enemigo, vuelven a refugiarse: a esa copia repetitiva de sí mismos que quedó fijada tras su forja como héroes. Porque al final, ese es el principal problema de una serie de larga duración sobre superhéroes, de un crossover o de lo que quieran seguir haciendo con este supergrupo de Netflix. Los superhéroes, una vez culminado su aprendizaje, nunca evolucionan, nunca cambian, siempre permanecen fieles a sus tics, a sus eternos complejos o filosofías, algo que tal vez pueda ser aceptable en los cómics, pero que resulta francamente insuficiente en la ficción televisiva. Han pasado de ciudadanos a héroes (o único que nos interesa realmente de ellos), han derrotado a un enemigo que parecía inexpugnable… ¿y ahora qué?

Cuatro tipos muy raros con escasa química, peleando otra vez contra los mismos ninjas obcecados de siempre, sin demasiada sensación de peligro a pesar de las muchas muertes y, esto es lo peor, sin que nos cuenten el origen de nada y de nadie: The Defenders ha pasado dejando una sensación más parecida a una despedida que al inicio de una saga, y con la certeza de que interesa más seguir sacando héroes, seguir contando orígenes, que regresar a unos tipos de los que ya sabemos todo.

Filmaffinity: 6.5

IMDb: 7.8