Más y mejores cosas raras

La primera temporada de Stranger Things se convirtió en una de las series más admiradas y seguidas del 2016. Netflix ahondaba en la nostalgia ochentera contruyendo una historia alrededor del homenaje y con la vista puesta en las entrañables aventuras de la factoría Amblin. Con la elección del reparto como su mayor logro, esa primera entrega me dejó una sensación agridulce. Me gustaba lo que veía, pero también me aburría un poco. Debajo de todo el aparataje sentimental y de las continuas referencias a los mitos ochenteros, no lograba ver más que una narrativa muy básica y repetitiva, organizada en torno a tres líneas argumentales (niños-adolescentes-adultos) que bien podían haber sido una sola.

La segunda tanda de capítulos necesitaba, por un lado, mantener y renovar el cariño de un público ya entregado y, por la parte que me toca, mejorar la visión que me había dejado aquellos ocho primeros capítulos. Por lo que a mi respecta, lo consigue con solvencia. Esta segunda temporada es, como dicen sus creadores, mucho más grande, pero también más abierta y compleja, más cercana. Si durante la primera entrega todos los personajes miraban hacia un mismo punto desde lugares diferentes, ahora vemos distintas motivaciones, tramas paralelas o divergentes, motivaciones contrapuestas o complementarias, por encima de todo un universo que ya aprendimos a amar el año pasado (el abanico de actores jóvenes sigue siendo lo mejor de la serie) y que ahora resulta más orgánico, menos atenazado por su propia narrativa. Stranger Things es ahora un lugar vivo, habitado por gente muy querida a la que le pasan cosas raras, y no un correcalles repleto de pósters y peinados que estuvieron de moda hace 30 años.

Es cierto que durante los primeros capítulos volvemos a ver esa misma estructura básica de niños, adolescentes y adultos lanzados por separado hacia un mismo destino, pero conforme pasan los capítulos el asunto cobra un tono distinto. Las nuevas incorporaciones (una niña, un adolescente y un adulto, para no desequilibrar la cosa) resultan irregulares, pero cumplen su cometido y dejan espacio para seguir desarrollando ciertas tramas durante las próximas temporadas. Volvemos a ver a una Winona Ryder desquiciada pintarrajeando paredes y a ese personaje/esbozo que es la niña Eleven, una suerte de superhéroe bizco al que hay que entregar con cuentagotas para que no de al traste con cualquier conflicto gracias a su excesivo poder. Pero, más allá de sus ya conocidos tics, lo que vemos en esta nueva Stranger Things es más y mejor, y supone el triunfo de un pequeño universo que nos resulta muy familiar y que, en el futuro, tendrá que seguir ampliando y enriqueciendo sus límites para poder seguir siendo tan amigable.

Filmaffinity: 7.7
IMDb: 9.0

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Un canal sin fin

Channel Zero se presentó el año pasado como la respuesta de Syfy al American Horror Story de FX. Dos series antológicas de terror con temporadas autoconclusivas y sin más relación entre ellas que la temática, que en el caso de Channel Zero son las así llamadas creepypastas.

Candle Cove, la primera entrega, terminó convirtiéndose en una de las revelaciones del año pasado. Syfy propuso una historia sencilla y corta, repleta de imágenes de genuino impacto y una atmósfera opresiva y con toques oníricos. En un año repleto de propuestas de terror, brilló por encima de todas y nos dejó con ganas de ahondar en ese turbio mundo de las creepypastas.
No End House también adapta una de estas curiosas creaciones, historias de miedo surgidas en internet y que suelen apoyarse en hechos supuestamente reales e imágenes manipuladas por sus creadores. Tanto Candle Cove como No End House han sido capaces de traducir esos códigos al lenguaje cinematográfico, con distintos resultados.
Con un mismo lenguaje y temática, No End House pretende seguir la estala de Candle Cove, pero se queda corta, o, siendo más exacto, se pasa de frenada. Las nuevas escenas de horror resultan más elaboradas, pero pierden la terrible sencillez de los muñecos de Candle Cove. El celebrado clima de inquietud de la saga se limita a ciertas partes del relato, y, intentando mostrar más riqueza y subtextos, falla de nuevo. No necesitábamos más fenómenos paranormales, más imágenes impactantes. Donde la sencillez había triunfado, No End House ha querido dar mucho más, fracasando en casi todos los aspectos.
La trama tampoco resulta tan sugestiva, y durante los primeros capítulos se muestra ligeramente farragosa y difícil de seguir. Las lineas generales están claras, pero los nuevos elementos de horror aparecen sin demasiada explicación. Lo que en Candle Cove surgía perfectamente acotado desde el principio, brota desparramado en No End House dejando una historia que, en el fondo, tampoco tiene demasiado recorrido.
Aunque tampoco hay que exagerar. El sello Channel Zero sigue ahí, y esta nueva temporada sigue siendo de lo mejorcito que se puede ver en el género de terror, pero tras lo visto el año pasado esperaba más de ellos. O mejor dicho: esperaba menos, esperaba mejor. Para la tercera temporada, los creadores tienen pensado renunciar al mundo de los creepypasta, lo que entristece pero deja margen para creaciones de mayor alcance.

Filmaffinity: 6.6
IMDb: 7.2

Sin defensores

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No hace falta ser Joseph Cambell para darse cuenta que desde la antigüedad existe un modelo muy concreto de cómo se forjan los héroes. Desde Teseo a Jesucristo, pasando por Edipo y Moisés y llegando hasta Blancanieves, el camino del héroe es claro y peculiarmente repetitivo. El héroe viene precedido del presagio de su victoria sobre el poder establecido, que intenta evitar lo inevitable matándolo o expulsándolo fuera de sus dominios. El héroe, indefectiblemente, sobrevive a los pesares que el mundo le lanza, vive su infancia lejos de su tierra y termina regresando para cumplir su destino. Así ha sido siempre.

El héroe moderno, el superhéroe, recorre este camino solo a medias. Los oráculos ya no resultan tan atractivos, el mundo ya no vive pendiente de las palabras de los adivinadores. Lo que determina nuestra civilización es la indiferencia, y así es como nacen estos héroes: inadvertidos, desde lo más bajo de la sociedad, desde la desgracia.

Aunque sean modelos distintos, hay algo que los une. Lo que interesa en ambos héroes no es tanto el destino al que se dirigen sino el camino que tienen que recorrer primero. Su forja, su creación, la manera como pasaron de ser simples ciudadanos a convertirse en algo más, ahí es donde los cómics, películas y series sobre superhéroes ponen el énfasis, ahí es donde está el interés del relato. No es casual la cantidad insoportable de reinicios de las sagas más famosas. Cada cierto tiempo es necesario volver a contarnos a nosotros mismos como Peter Paker se convirtió en Spiderman, un relato del que nunca tenemos suficiente. Lo que hagan luego los héroes con sus poderes ya no importa tanto. Suelen ser invencibles, y a nadie le gusta lo evidente. El héroe interesa mientras sea vulnerable, mientras pueda ser derrotado.

Llevamos ya varios años y un puñado de series observando la creación de un supergrupo. Siempre bajo un mismo sistema de flashbacks y recuerdos, hemos visto, más o menos, el origen de varios superhéroes menos invulnerables de lo habitual, al menos en apariencia. Tras Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist, y pendientes de The Punisher, aparecen todos ellos, por fin, juntitos y revueltos en The Defenders, la nueva propuesta de Netflix. Y quizás porque lo mejor, sus primeros pasos, ya lo hemos visto, resulta algo decepcionante.

Hay varios problemas implícitos en el guión. La guerra contra The Hand ya resultaba repetitiva en las series precedentes. El universo Netflix/Marvel siempre ha dado lo mejor de sí mismo en la normalidad, en el realismo, cuando el enemigo ha resultado menos místico y nuestros héroes menos poderosos, y The Hand había sido fijado como un enemigo demasiado atroz para poder vencerlo a base de mamporros.

El sistema de jerarquías también genera un problema bastante obvio. Cada uno por su lado, los héroes de Netflix podían desarrollar sus particularidades y ejercer sus talentos sin que nadie les molestase demasiado, pero cuando los juntas suceden cosas raras. Daredevil, el más carismático de todos ellos, es también el menos poderoso, de hecho no tiene ningún verdadero poder (su gran arma es que, siendo ciego, se comporta como si viese: una anormal normalidad, un ciego que parece que ve). Daredevil, desde su debilidad, es el líder y protagonista, mientras verdaderas bestias cósmicas como el sinsorgo de Iron Fist se ven obligados a permanecer en un merecido segundo plano. De Luke Cage podemos señalar que resulta muy útil cuando alguien dispara sobre el resto, y de Jessica Jones casi mejor no decir nada: es la heroína menos heroica de la historia, una guerrera que solo brilla cuando no pelea.

Batalla tras batalla, con algún giro de guión menos interesante de lo habitual, vamos poco a poco regresando a donde comenzamos, es decir, a ese mundo inamovible donde los superhéroes, una vez derrotado un enemigo, vuelven a refugiarse: a esa copia repetitiva de sí mismos que quedó fijada tras su forja como héroes. Porque al final, ese es el principal problema de una serie de larga duración sobre superhéroes, de un crossover o de lo que quieran seguir haciendo con este supergrupo de Netflix. Los superhéroes, una vez culminado su aprendizaje, nunca evolucionan, nunca cambian, siempre permanecen fieles a sus tics, a sus eternos complejos o filosofías, algo que tal vez pueda ser aceptable en los cómics, pero que resulta francamente insuficiente en la ficción televisiva. Han pasado de ciudadanos a héroes (o único que nos interesa realmente de ellos), han derrotado a un enemigo que parecía inexpugnable… ¿y ahora qué?

Cuatro tipos muy raros con escasa química, peleando otra vez contra los mismos ninjas obcecados de siempre, sin demasiada sensación de peligro a pesar de las muchas muertes y, esto es lo peor, sin que nos cuenten el origen de nada y de nadie: The Defenders ha pasado dejando una sensación más parecida a una despedida que al inicio de una saga, y con la certeza de que interesa más seguir sacando héroes, seguir contando orígenes, que regresar a unos tipos de los que ya sabemos todo.

Filmaffinity: 6.5

IMDb: 7.8

El final del verano

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Resulta muy difícil escribir sobre Game of Thrones. Ni siquiera los grandes hitos del mundillo de las series como The Sopranos o The Wire han merecido tal cantidad de interés de público y crítica. Parece imposible decir algo que no haya sido ya escrito o teorizado por alguno de sus fans y, sin embargo, tampoco sería recomendable que dejase pasar la oportunidad de sacar un par o tres de apuntes sobre semejante fenómeno televisivo, el más grande de la última década.

Siempre he tenido la sensación de que, sin haber leído los libros en los que está inspirada, la serie Game of Thrones se queda corta, como si fuesen necesarios todos esos conocimientos literarios para apreciar lo que sucede dentro de la pantalla. A la vista está que me equivoco: el espectáculo se sostiene por sí solo. Tras la sexta temporada, una entrega que podíamos llamar de transición, este paquete de capítulos que acaba de terminar nos ha dado lo que tanto tiempo anhelamos: los primeros compases de la guerra final; las reencuentros tantas veces pospuestos de nuestros queridos protagonistas; Daenerys en Westeros; la llegada del invierno…

La historia, por fin, evoluciona, y nada es lo esperábamos. A pesar de las múltiples teorías levantadas, de lo aparentemente encaminada que estaba la trama y de que, como comentaré luego, GoT hace años que dejó de ser ella misma, sus autores se la han vuelto a apañar para sorprender, impactar y dejar sin aliento al espectador, dándole la vuelta a cualquier idea previa y, en suma, entreteniendo como hacía tiempo que no lo lograba un producto audiovisual.

Digo que GoT hace tiempo que dejó de ser ella misma e intento no ser injusto. Los hallazgos de GoT trascenderán el mundo de la televisión y, no me cabe duda, alcanzarán el cine, pero no puedo evitar notar ciertas lagunas en lo que, hasta cierto punto, parecía un producto casi perfecto. Son muchos los aspectos que atraen de esta serie, pero hay uno que destaca por encima del resto. Al margen de su cuidada factura, de sus diálogos shakesperianos y del sexo y la violencia, lo que caracterizaba a GoT, lo que la hacía única y preciada, era su condición de serie peligrosa. A medio camino entre la sorpresa y el sadismo, las primeras temporadas, los primeros libros, contaban con ese plus que pocas series pueden ofrecer, debido principalmente al hecho comprensible de que juega en su contra: matar al protagonista es un tabú narrativo, una solución a la que solo se llega obligado por las circunstancias o, en ocasiones, tras la búsqueda del giro de guión definitivo. En GoT esta rara cualidad había alcanzado su epítome: nadie estaba a salvo, todos podían morir, y era en ese mínimo juego del ratón y el gato donde se sustentaba gran parte de las sensaciones y afinidades que producía esta serie. El espectador invierte un tiempo sentimental con estos personajes, y los sabe en peligro constante, siempre al borde de la desaparición. En un universo como este, cada escena tiene su peso, cada diálogo debe ser escuchado con atención: pude ser el último, puede ser el presagio de una catástrofe inminente.

En el momento en el que los grandes protagonistas empezaron a sobrevivir a muertes seguras, GoT comenzó a perder su esencia. Como en las mejores tragedias de la antigüedad, la muerte, por encima de todo lo demás, es el fenómeno que define el tono y la narración de la saga.

Pero esto es cosa del pasado. Hace tiempo que hemos más o menos asumido que el GoT duro, ese en el que la vida de los protagonistas podía ser segada en cualquier momento, no volverá. Nos hemos acostumbrado a salvaciones in extremis, deus ex machina, resucitados, y esta temporada no ha escatimado esfuerzos en reforzar este camino. Lo que no esperaba era que esos mismos protagonistas perdiesen la lucidez y amplitud de miras acostumbradas. Dejando de lado el gran espectáculo ofrecido y que, por fin, hayamos abandonado los los morosos planteamientos de otras ocasiones para empezar a disfrutar de sus frutos, la séptima temporada será recordada por ser aquella en la que GoT perdió la inteligencia. Un mínimo de sentido crítico es suficiente para observar en casi cada uno de nuestros héroes una degradación similar. Un Tyrion cayendo de manera reiterada en las trampas de Cersei; Daenerys convirtiéndose en una niña mimada cuya máxima aspiración es que todo hijo de vecino se postre de rodillas; Jon Snow lanzándose a una misión suicida junto con otro puñado de idiotas; las pocas luces demostradas en la batalla del lago frente a los muertos; la enervante actitud de Bran; la torpe dinámica entre Arya y Sansa… los momentos poco acertados son innumerables, la fragilidad de algunos argumentos y proyectos más que evidente. Todo el aparataje narrativo necesario para llegar a los giros de guión, a las sorpresas, se nos ha mostrado en esta temporada excesivamente rebuscado, montado casi en exclusiva para dar lugar a esos momentos, deslumbrantes, en los que la batalla y la épica pudiera desarrollarse. Lo que en otras ocasiones parecía férreo y perfectamente acabado, ha aparecido esta vez como cogido con hilos, poblado de errores necesarios para mantener su poco brillante razonamiento. Los buenos giros de guión se caracterizan por resultar sorprendentes e impensables a pesar de estar guiados por una lógica implacable. En esta ocasión, la sorpresa está ahí, pero no la lógica. Lo implacable esta vez es la obcecación de los protagonistas por buscarse problemas gratuitos, por ser, ya está dicho, bastante tontos. El premio gordo se lo lleva Benjen Stark, apareciendo de la nada tras años desaparecido y muriendo otra vez después de salvar, de nuevo, al irrompible Jon Snow.

Por encima de este subtexto, sin embargo, hay tal cantidad de momentos impactantes que uno olvida fácilmente que lo que guía la serie ya no es el duro sentido común del consabido juego de tronos sino los apresurados errores de quien está a punto de acabar un proyecto demasiado ambicioso. Faltan seis capítulos, solo seis, que se antojan pocos pero que, muy posiblemente, sean los que necesitamos. He asumido que el final no será como espero, he aprendido, de hecho, a no esperar nada, a dejarme llevar, una vez que la lectura de los libros es solo un recuerdo cada vez más lejano, por la sorpresa y falta de juicio de este mundo de dragones, muertos vivientes y tronos. El desconsiderado hiato que separa lo que debería haber sido una única temporada final tampoco me molesta. Quizás sea necesario para digerir tanta violencia, tan poco respiro.

El fin del verano ha llegado, el sprint final ha sido ya lanzado. Es posible que el convulso universo westeriano esté tomando atajos, sobrentendidos, decisiones poco meditadas y también que los personajes, capaces de moverse por el continente a una velocidad sobrehumana, parezcan estar tan obsesionados como nosotros porque esto termine. Sabemos que Tyrion, Jon Snow o Daenerys llegarán casi con toda probabilidad a los compases finales de la serie, pero sucede que ese fin cada vez está más cerca. En la séptima temporada, tan memorable como oligofrénica, ha habido momentos más que suficientes para terminar con esta manera de manejar los destinos de nuestros héroes, pero parece que tendremos que seguir esperando un poquito más. Mientras tanto, seguiremos pensado y hablando, junto al resto de fans, sobre ese puñado de imágenes icónicas que nos han regalado las últimas semanas y entre las que se encuentra esa última escena final que nos recuerda que la guerra parece que no será tan fácil de ganar como podría haber parecido en un primer momento, y que, aunque GoT nunca vuelva a ser esa serie inteligente y maquiavélica que tantas veces nos sorprendió, es posible que sí que pueda volver a ser extremadamente peligrosa. 

Filmaffinity: 8.6
IMDb: 9.5

Rick and Morty

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El mundo de la animación parece vivir una pequeña edad de oro. Los creadores nacidos en los 80 han tomado el control creativo, lo que se nota en los productos que llegan a las pantallas y que se caracterizan por una fuerte influencia de la cultura pop, cierta falta de ternura y un gusto indisimulado por el humor (post-humor, según la jerga al uso) ya no absurdo sino directamente aleatorio.

Series como Adventure Time, Regular Show o The Amazing World of Gumball logran el santo grial de gustar tanto a niños como a adultos, sospecho que en ocasiones más a los adultos. Como sucede con las producciones de Pixar, esta necesidad de encajar con un público tan masivo limita las temáticas y el tono, pero puede acabar siendo beneficioso. Los tiempos han cambiado, y el publico potencial de las producciones “para niños” ha aumentado exponencialmente. Los adultos actuales han crecido bajo una cultura eminentemente televisiva, y consumen dibujos animados sin demasiados complejos. Con esta gran masa de televidentes sirviendo como colchón, la libertad creativa se ha expandido hasta permitir, virtualmente, casi cualquier cosa. Solo dentro de un tipo de entretenimiento asumido de manera tan global es comprensible que existan engendros lisérgicos como Uncle Grandpa.

Pero cuando volvemos la vista a la animación para adultos la cosa cambia. De la misma manera que en el cine de actores reales, las productoras se lo piensan mucho antes de reducirse voluntariamente su target con propuestas calificadas por los organismos reguladores como “para adultos”. Rick and Morty es capaz de esquivar esta cuestión haciendo uso del ya típico pitido censor cuando los personajes incurren en palabrotas, pero el resto de su trama solo tiene sentido ante un público adulto de una edad relativamente concreta.

La marca de los 80 sigue muy presente (no deja de ser una versión enloquecida de Back to the Future), y también la libertad random, el gusto por lo desbocado, que Rick and Morty lleva al paroxismo. Su genialidad estriba, precisamente, en ser capaz de contener semejante caudal de homenajes, aleatoriedades, subtextos y marcianadas dentro de una propuesta redonda, comprensible. En Rick and Morty solo necesitaron un puñado de capítulos para tejer un universo de complejidad casi infinita, en el que, estamos avisados, puede suceder cualquier cosa, y lo han conseguido sin que tal maremágnum resulte incómodo, deslavazado o falto de coherencia.

Al margen de todas las lecturas generacionales que puedan hacerse y de su amplitud de miras a la hora de tratar temas y parodiar el mundo real o ficticio, Rick and Morty no deja de ser una comedia cuyo objetivo principal es hacer reír. Lo consigue, por supuesto. Como suele suceder con los mejores ejemplos de su especie, está protagonizada por personajes trágicos, y consigue mostrar nuevos matices y guiños inadvertidos en cada revisión de sus capítulos. Rick and Morty es un éxito, un clásico instantáneo que, esperemos, mantenga el nivel de calidad esta tercera temporada que acaba de empezar y durante muchos años por venir.

Filmaffinity: 8.4
IMDb: 9.3

The Strain

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(Contiene espoilers de las primeras tres temporadas de The Strain)

Regresa The Strain para su cuarta y última temporada con un cambio de tercio completo que insufla cierta vida a una historia que hace mucho que muestra claros síntomas de agotamiento. Lo que hasta ahora había sido el relato de una lucha por la supervivencia de la raza humana frente a los strigoi, los curiosos vampiros con trompa creados por Guillermo del Toro, se convierte en esta entrega a una distopía post-apocalíptica en la que hay poco por lo que luchar. La guerra terminó y los vampiros ganaron, y lo único que puede hacer la facción humana es asumir la derrota y contentarse con ese mundo a medio camino entre 1984 y True Blood que nos proponen los guionistas.

Nos encontramos a nuestros héroes desperdigados por Estados Unidos, meses después del clímax de la temporada anterior, intentando sobrevivir e incluso organizar algo parecido a una resistencia. A través de los siempre socorridos flashbacks sabremos cómo han llegado hasta ahí, aunque no parece que haya mucho que contar. The Strain ha prometido que no volverá, y empieza a haber prisa por cerrar el chiringuito.

The Strain siempre se ha sentido cómoda en el desarrollo de clichés, y esta temporada no es distinta. Al margen de su planteamiento (considerar el vampirismo una enfermedad trasmitida a través de parásitos suena casi original) el resto de las novedades siempre han llegado a cuentagotas. En esta entrega final los tópicos se acumulan sin pausa, incluso aunque no tengan demasiado sentido. La ambientación pseudo-nazi enlaza con los orígenes de algunos personajes, pero no parece encajar demasiado con la naturaleza animalesca que hasta ahora habían mostrado los strigoi. Las granjas de crianza tienen cierta lógica, pero la manera como se ha llegado a ello es, como poco, sorprendente. ¿Era este tipo de cuestiones logísticas para lo que el interesante personaje de Palmer tenía tanta importancia?

Al margen de los clichés, esta temporada ahonda en una sensación que siempre ha estado ahí. En demasiadas ocasiones, The Strain parece tener mejor pinta por el texto que subyace debajo que por lo que vemos en pantalla, no pocas veces fastidioso y decepcionante, como el final de la temporada pasada. Hay buenas ideas apenas desarrolladas, grandes biografías resumidas con cuatro pinceladas, una historia interesante cubierta bajo toneladas de lugares comunes y personajes extraordinariamente antipáticos (pocas series han alcanzado una colección de protagonistas tan rematadamente odiosos).

The Strain comenzó muy bien, pero perdió fuelle hace demasiado tiempo. Queremos que termine de una vez, pero acompañaremos su desvencijado cadáver hasta la puerta misma del cementerio. Con sus muchos errores, fue una buena serie de vampiros.

Filmaffinity: 6.1
IMDb: 7.4

 

 

American Gods | Primera Temporada

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American Gods narra el encuentro y aventuras de Shadow Moon, un ingenuo ladrón recién salido de la cárcel, y Mr. Wednesday, un misterioso gentleman para el que termina trabajando como guardaespaldas. Sobre las cuatro ruedas del icónico Cadillac Fleetwood recorrerán Estados Unidos reclutando aliados para lo que está por venir. Sobre esta base clásica de road movie construye Neil Gaiman, fuente primaria de esta historia, la epopeya de una guerra entre dioses. De un lado las antiguas divinidades, los dioses de toda la vida representados por Wednesday, y del otro los nuevos ídolos, fenómenos surgidos a rebufo de la modernidad y que el público, sus creyentes, han colocado en lo más alto de sus deseos y pesares.

Esta primera temporada funciona como un largo planteamiento en el que las cartas de la partida no quedan del todo reveladas hasta su mismo final. Aquí estriba, en mi opinión, el principal riesgo de American Gods. Su esperado final no se convierte en acicate para la próxima temporada, no invita al espectador a seguir pegado al televisor, más bien lo contrario. Un raro efecto anticlimático embarga sus últimos minutos. Una vez expuesta toda su realidad, lo que seducía comienza a cansar, e incluso Wednesday, interpretado por el siempre brillante Ian McShane, pierde de repente su atractivo.

American Gods fascina mientras se mantiene ambigua, juguetona. En ese extraño mundo repleto de extraños dioses que ni parecen inmortales ni mucho menos omnipotentes, la guerra que se nos avecina apetece menos que conocer sus orígenes, el trasfondo que la termina desatando. En cualquier caso, hay material suficiente para que la segunda temporada recupere el brío de sus primeros episodios. La conseguida atmósfera onírica que nubla cada episodio y la química existente entre el inspirado elenco invita a ser optimista, por más que parezca que, al igual que le sucede a Shadow Moon la mayoría del tiempo, esta guerra entre divinidades venidas a menos y diosecillos de nuevo cuño nos pille un poco a contrapié.

Filmaffinity: 7.3
IMDb: 8.3