El crimen, también, en Roma

Aunque Suburra pueda parecer un título inventado para aprovechar el tirón de Gomorra, tiene una historia mucho más profunda detrás. Suburra fue un barrio de la antigua Roma, conocido por haber sido el lugar de residencia de Julio Cesar pero, sobre todo, por la prostitución y el crimen que adornaba sus calles. Por extensión, Suburra terminó convirtiéndose en la palabra preferida por los romanos para referirse a los bajos fondos. Una película homónima ya exploró en 2015 ese lugar donde el poderoso y el paria se dan la mano, y lo hizo con acierto y un fatalismo que aún se recuerda, lo suficiente al menos para intentar mantenerlo en el tiempo. Suburra, la serie de Netflix, pretende convertir esa atmósfera en un producto de larga duración, y no termina de conseguirlo. Pero de eso hablaré en otro momento.

Antes de Gomorra y de Suburra, ambas películas y series, estuvo Romanzo Criminale. En realidad, hay pocas manos detrás de estas tres aproximaciones al crimen y la mafia italiana. Siempre con la producción de Cattleya en cuanto a la televisión se refiere, ahí están Michele Placido, director de Suburra, la serie y de Romanzo Criminale, la película, donde también actuaba, y Stefano Sollima, director de Suburra, la película, de Gomorra, la serie y, rizando el rizo, de Romanzo Criminale, la serie. Es lógico que exista, por lo tanto, ciertas semejanzas y una clara evolución.

Romanzo Criminale se lleva la peor parte. Fue la primera, lo que hace suponer un golpe de aire de fresco pero también cierta inexperiencia. Entendida como una doble miniserie, Romanzo Criminale no fue capaz de contener los excesos de sus personajes, abocándolos a una temprana destrucción, lo que, en su segunda temporada, la obligó a repetir una misma fórmula. Como ya vimos en Sleeper Cell, aquella era una época en la que muchas series que pretendían establecer una saga quemaban sus cartuchos demasiado pronto, y terminaban condenadas a dar una pirueta para poder volver a contar lo mismo.

Romanzo Criminale tenía a su favor el apoyarse en una historia real, el ascenso de la banda de la Magliana. El relato clásico del típico grupo de jóvenes con nada que perder que alcanzan la cima del mundo criminal romano venía, en esta ocasión, salpimentada con bocados de la historia italiana en la que la banda de la Magliana tuvo cierta y sorprendente importancia. Ahí estaban, en mitad de las tropelías de la Democracia Cristiana, relacionados con el secuestro de Aldo Moro, protagonistas de esa curiosa relación entre el crimen organizado y la política que, en la serie, aparece reflejada de manera contundente. Porque en Romanzo Criminale no solo los mafiosos tenían algo que decir, también las fuerzas del orden, representadas en el memorable y agónico comisario Scialoja, cuya trastabillada existencia nos guiaba a traves de la peor de las realidades: que los bajos fondos, la suburra romana, puede aparecer donde menos te la esperas.

Romanzo Criminale fue corta pero agradable, y sentó las bases de lo que luego Gomorra, la serie, llevaría a su máxima expresión. Lo hizo mostrando personalidad propia y cierto contexto histórico que en ocasiones echamos en falta en otras series.

Filmaffinity: 8.3

IMDb: 8.6

Anuncios

El crimen en Nápoles

1480598935_609116_1481826816_sumario_normal.jpg

La aproximación del cine italiano al fenómeno del crimen organizado siempre ha sido, por necesidad, muy distinta a la del resto del mundo. En la mayoría de sus producciones sobre el tema no se percibe ni el glamour ni esa sutil mitificación del mafioso fácil de detectar en los productos americanos. En Italia, especialmente en el sur, la mafia es demasiado cotidiana y cercana para olvidar su naturaleza criminal y convertirla en algo que al final recuerda demasiado a una novela de pistoleros del lejano oeste.

Tras el libro primigenio y su primera adaptación audiovisual en forma de película, Gomorra se convirtió en serie, y lo hizo con brillantez. Volvíamos a visitar esa Nápoles oscura y maligna, ese centro comercial de la droga donde mafiosos poco agraciados construían mansiones ostentosas y de dudoso gusto en el interior de los edificios más miserables de Secondigliano. Volvíamos a ser testigos de la lucha por el territorio, de los asesinatos, del terrible precio que paga toda una sociedad por la ambición desmesurada de unos pocos.

Aunque Gomorra, la serie, cuenta con el patronazgo de Roberto Saviano, apenas queda nada de su obra original. No ya de su argumento, por fuerza distinto, sino incluso de su espíritu. Por más que muestren la dureza de los métodos de la Camorra y su absoluto desdén por la sociedad y la vida humana, por mucho que intenten escapar de la imagen torticera y estilizada que daba El Padrino de este tipo de individuos, al final lo que nos queda es un relato que, en su esencia, no es distinto a los que nos sirven desde Hollywood, poblado de hieráticos anti-héroes a los que admiramos por su astucia y perdonamos sus ocasionales arrebatos de crueldad. La feroz crítica del libro de Saviano se difumina entre los cliffhanger y los giros de guión, entre el aparataje ya típico de una serie de televisión contemporánea. Gomorra ya no molesta ni ofende, solo entretiene, y en su tercera temporada ni siquiera lo hace con el nervio habitual. Se ha domesticado, y no solo en su aspecto reivindicativo y crítico.

Tras dos temporadas de enfrentamiento entre los Savastano y el así llamado immortale Ciro di Marzio, la tercera temporada estaba obligada a transitar otros caminos. Y así fue durante los primeros capítulos, antes de que, una vez más, regresáramos a ese punto de partida en el que la narrativa mafiosa se siente más cómoda: el ascenso de un nuevo clan, su guerra contra el poder ya establecido, las traiciones y las trampas.

Es difícil no sentirse atrapado por este tipo de relato, aunque ya lo hayamos visto mil veces, aunque hayamos llegado a él de una manera un tanto cogida con pinzas. Su desarrollo enrevesado y su final catártico y ciertamente necesario, vuelve a dejarnos buen sabor de boca, pero con reticencias. Gomorra nos sigue gustando, pero necesita avanzar y dejar atrás los tópicos de este tipo de relatos y que, en cierta forma, había logrado sortear.

Con Gomorra, la serie, Saviano nunca podrá entonar ese “yo acuso” que le hizo famoso, ni podrá desgranar los intrincados vericuetos de la cocaína como hizo en Zerozerozero. Lo que puede hacer Gomorra, la serie, lo que debe hacer, es dar un final digno a su terrible historia de violencia, sin caer, una vez más, en el tópico, la repetición y las soluciones cómodas.

Filmaffinity: 8.0
IMDb: 8.7

La vida sin Pablo

narco.jpg

Narcos nació con la intención de introducirnos en el escabroso mundo del tráfico de drogas en Latinoamérica. A pesar de tener una vocación generalista y avisar ya en su título de no tener la intención de centrarse en un único narcotraficante o en un solo país, las dos primeras temporadas dedicadas a una figura tan brutal como Pablo Escobar han pasado factura. La sombra del patrón es alargada, y el fin de sus peripecias supuso un golpe demasiado duro para la serie.

Pablo Escobar no solo fue uno de los más exitosos narcos de la historia. También fue uno de los primeros, uno de los más excéntricos; quiso ser Robin Hood y acabó convertido en el mal encarnado; luchó de igual a igual contra el estado, y convirtió Medellín en esa infierno en la tierra descrito por Vallejo en La Virgen de los Sicarios; amasó una fortuna absurda y, en suma, dejó su huella en la historia y cultura colombiana, incluso en el medioambiente (por su culpa, Colombia es el único país fuera de África donde hay hipopótamos salvajes). ¿Cómo seguir adelante sin el sostén de semejante personaje?

Para lograrlo, Narcos se ha valido en esta tercera temporada de un abanico de protagonistas más variado, como si hubiesen dividido las distintas facetas de Pablo Escobar en un puñado de mafiosos: el negociador, el loco, el ingenuo, el desesperado. Los líderes del narcotráfico de Cali fueron tan exitosos o más que Escobar, pero a efectos narrativos carecen de su carisma y peso, y eso se termina notando.

Durante los primeros capítulos nos vemos obligados a situarnos dentro de ese nuevo universo que por momentos resulta aburrido. No ayuda la sempiterna voz en off marca de la casa de José Padilha, que ya era criticable en su obra maestra Tropa de Elite y que en Narcos hace tiempo que dejó de funcionar como una manera de darnos contexto y se dedica ahora a ilustrarnos con pequeñas y repipis lecciones de cómo funciona el narcotráfico.

Tampoco el agente Peña, interpretado por Pedro Pascal, cuenta con el carisma suficiente para sostener la serie como hacía el criticado pero siempre solvente Wagner Moura. Nacido como personaje secundario, su transformación durante las dos primeras temporadas y su paso al protagonismo han resultado poco convincentes. Tras cumplir el necesario cliché de canalla acostumbrado a tomar atajos y guía del bisoño agente Murphy, ahora es él el que parece obligado a esquivar el corrupto sistema colombiano. A pesar de las desgracias que ha vivido, no nos acostumbramos a su tristeza radical, a esa pose de perpetuo estupor.

La tercera entrega de Narcos mejora cuando asume su naturaleza como serie de acción, pero termina dejando la sensación de ser una temporada de transicion en espera de encontrar nuevos líderes mafiosos que aporten algo distinto y renueven el interés por un mundillo, tampoco nos engañemos, limitado y repetitivo.

Filmaffinity: 8.0
IMDb: 8.9

Pesadilla de robot

Mr. Robot fue publicitado como el drama sobre hackers definitivo. Desde el principio quedó clara esa firme intención por mantenerse realista en la descripción de los métodos de los así llamados piratas informáticos. Aún más: según cuenta la leyenda, hackers de renombre han participado en la elaboración de los guiones. El resultado salta a la vista: todo lo que se ve en la pantalla resulta verosimil, ilustrativo, y encaja con los pocos o muchos conocimientos que se puedan tener en la materia y que, incluso para el más profano, se filtran a través las noticias relacionadas con el tema. Se acabó ver a un fulano aporreando durante cinco minutos un teclado hasta conseguir entrar en los ordenadores del Pentágono. En el mundo real, y Mr. Robot lo refleja con parsimonia, este tipo de crímenes son mucho más complicados, ricos y fascinantes.

Por desgracia, el realismo de Mr. Robot termina justo donde acaba la pantalla del ordenador. En su protagonista podemos observar el pecado principal de la serie. El personaje interpretado por el perturbador Rami Malek acumula tal cantidad de rasgos antiheroicos que uno se pregunta cómo puede seguir vivo. Este tipo, además de un genio de la informática, es drogadicto, esquizofrénico, y disfruta de todo tipo de comportamientos antisociales. En contraste, es un profesional admirado por sus compañeros y capaz de ligarse a la secular guapa de la serie. Quizás sea caer en un tópico, pero no parece el tipo de vida del informático medio.
Todo en Mr. Robot se mueve sobre esa misma filosofía de “más es más”. No han escatimado en recursos: giros argumentales impensables y chocantes; una narrativa tramposa desde su mismo inicio y que obliga al propio protagonista a pedir perdón al espectador, con la consiguiente rotura de la así llamada cuarta pared; personajes extremos; más trampas, más cambios de registro y género (el episodio en el que juega a ser una sitcom, para nuestro pesar, no será olvidado fácilemente)… todo envuelto en un manierismo formal molesto y pretencioso, con sus desenfoques, sus encuadres imposibles y, en definitiva, todos los clichés disponibles en el mercado para convertir una serie normal en una de culto. Por el camino perdemos la diversión y el interés por una trama cada vez más magra y alejada de la premisa inicial.

A pesar de su flagrante superficialidad, Mr. Robot cuenta con una sólida base de admiradores que, con todo, ya han empezado a reclamar mayor consistencia en el relato y menos fuegos de artificio. Esta tercera temporada que acaba de comenzar decidirá si volvemos a esa serie sobre hackers distinta a todas los demás o tendremos que seguir escuchando la fúnebre voz de Rami Malek disculpándose por lo que estamos viendo y prometiéndonos, una vez más, que no volverá a pasar.

Filmaffinity: 7.5
IMDb: 8.6

La gran nevada

snowfall-review-ew.jpg

Snowfall relata la irrupción del crack en la sociedad estadounidense a mediados de la década de los ochenta. Durante los primeros episodios, observamos una narrativa que ya hemos visto en innumerables ocasiones. Varias lineas argumentales más o menos paralelas que poco a poco convergen en el caudal central, una historia clásica del pesaroso ascenso de una banda (o dos) de narcotraficantes.

Todo lo que aparece ante nuestros ojos nos suena. Las novedades son pocas y se mantienen acotadas a una de las subtramas del relato, la protagonizada por un agente de la CIA que utiliza la compraventa de cocaína para financiar grupos paramilitares dentro del marco de la Guerra Fría. La falta de originalidad del resto de los arcos no resulta, en cualquier caso, un problema mayor. Los personajes son atractivos, la narración tiene nervio y, en general, se disfruta la revisitación de este mito moderno de cómo unos niños con aspiraciones mafiosas escalan lentamente la pirámide del crimen organizado. Ciertas molestias la separan de convertirse en un producto redondo, como esas elipsis que se producen entre los episodios, lagunas narrativas que parecen comprimir el tiempo y dejan la rara sensación de que te estás perdiendo algo, y los habituales clichés mil veces vistos, como el insoportable agente de la CIA y su errático comportamiento, pero son problemas menores al lado de sus virtudes.

Snowfall es buena por lo que es, pero tiene en su ADN el germen de algo mucho mejor, mucho más grande. La aparición del crack, tal y como se nos narra en la serie, tiene su explicación en las dificultades de los traficantes negros para encontrar su sitio en un mercado como el de la cocaína en el que el consumidor habitual es blanco y los proveedores latinoamericanos. Desplazados de un negocio millonario, estos aspirantes a padrinos dieron con el crack, un producto que podían vender en sus propios barrios, tan barato como la marihuana y con un nivel de adicción y retorno económico amplísimo. Aquí comenzaron los problemas.

Las series relacionadas con estos temas raramente se ocupan de las consecuencias sociales que produce la compraventa de drogas. Exceptuando The Wire, donde cada parte del conflicto tiene su sitio y protagonismo, el foco de este tipo de relatos suele centrarse en el aspecto criminal, en los asesinatos, en la lucha por el territorio. Snowfall tiene todo eso, pero también la rara oportunidad de desligarse y destacar por encima del resto de series y películas parecidas. Sin abandonar el relato criminal, tiene ante sí un panorama desolador y terrible, el que dejó la epidemia de crack  de la que, hasta ahora, solo conocemos el origen. Puede y debe ocuparse de las consecuencias catastróficas de esta droga en la sociedad afroamericana, de la degradación de los barrios, de las innumerables muertes, del uso que hizo de ella el poder político e incluso la policía. La subtrama sobre la CIA y el tono general del relato nos da a entender que Snowfall no piensa hacer prisioneros, que está preparada para llegar hasta las últimas consecuencias y contarnos esa parte tan oscura de la historia americana. Esperemos que cumpla las expectativas.

Filmaffinity: 7.0

IMDb: 7.6