Una mafia pequeña

5952b73cecc5c.jpg

Parece lejano aquel primer episodio de Peaky Blinders en el que un caballo cruzaba una solitaria calle de Birmingham y era embrujado por una niña china. Entre la cuarta temporada que comenzó hace unas semanas y aquella icónica secuencia han pasado tan solo 21 capítulos repartidos a lo largo de algo más de tres años, una nimiedad dentro del mundo de las series que sin embargo provoca una sensación paradójica: aquel caballo nos resulta remoto, lejano… toda una montaña de hechos y crímenes han tenido lugar entre aquel caballo y nuestra actualidad, en esos escasos 21 episodios.

Esta sensación, habitual en las series británicas, siempre más parcas e intensas, une a Peaky Blinders con la que, en casi cualquier aspecto, es su gemela al otro lado del Atlático. A lo largo de las cinco temporadas de la magistral Boardwalk Empire también pasaron más cosas de las que cinco entregas parecen ser capaces de dar cabida, varias vidas ante los ojos y en los huesos de sus protagonistas. Con la serie de HBO, Peaky Blinders comparte época y cierto sentido histórico (ambas están basadas, libremente, en personajes reales), capacidad para dar una evolución realista y demoledora a sus héroes, y una temática poco frecuente: la mafia antes de la droga, esa época en la que el crimen organizado aún se dedicaba a labores menos destructivas para la sociedad como el juego o el alcohol.

Tras la primera guerra mundial, una bolsa de veteranos y tullidos intentaban encajar en una sociedad que quería olvidar. Mientras que en Estados Unidos la ley seca y el auge del crimen organizado supuso una salida laboral perfectamente adaptada a sus virtudes soldadescas, en ese Reino Unido que retrata Peaky Blinders son las apuestas y el matonismo asociado donde podían encontrar su lugar aquellos que no estaban para causas revolucionarias o terrorismos irlandeses.

Peaky Blinder ofrece un vistazo a ese mundo desde la más admirable concisión. Apenas un puñado de menciones y alguna escena bastan para dar contexto a este clásico relato de ascenso de una banda criminal. El reparto, encabezado por un Cillian Murphy en estado de gracia y con grandes papeles secundarios como los de Helen McCrory o Sam Neill, ayuda a dar credibilidad a la historia incluso cuando Tom Hardy, histriónico y demencial como casi siempre que se lo permiten, aparece en escena.

Peaky Blinders tal vez sea una serie pequeña, pero su desarrollo preciso y brillante siempre deja con ganas de más, y a las puertas de la cuarta temporada aún conserva intacta su capacidad para sorprendernos. Una vez más, nos resulta complicado anticipar en qué nuevos líos se va a meter la familia Shelby, o qué tipo de traumas conservarán tras los terribles hechos de la última temporada, dejando como única certeza el hecho casi seguro de que alguien volverá a apuntar a Cillian Murphy en la cabeza.

21

13.png

Captura de pantalla de 2017-01-03 01:11:20.png

Filmaffinity: 8.1
IMDb: 8.8

Anuncios

Más y mejores cosas raras

La primera temporada de Stranger Things se convirtió en una de las series más admiradas y seguidas del 2016. Netflix ahondaba en la nostalgia ochentera contruyendo una historia alrededor del homenaje y con la vista puesta en las entrañables aventuras de la factoría Amblin. Con la elección del reparto como su mayor logro, esa primera entrega me dejó una sensación agridulce. Me gustaba lo que veía, pero también me aburría un poco. Debajo de todo el aparataje sentimental y de las continuas referencias a los mitos ochenteros, no lograba ver más que una narrativa muy básica y repetitiva, organizada en torno a tres líneas argumentales (niños-adolescentes-adultos) que bien podían haber sido una sola.

La segunda tanda de capítulos necesitaba, por un lado, mantener y renovar el cariño de un público ya entregado y, por la parte que me toca, mejorar la visión que me había dejado aquellos ocho primeros capítulos. Por lo que a mi respecta, lo consigue con solvencia. Esta segunda temporada es, como dicen sus creadores, mucho más grande, pero también más abierta y compleja, más cercana. Si durante la primera entrega todos los personajes miraban hacia un mismo punto desde lugares diferentes, ahora vemos distintas motivaciones, tramas paralelas o divergentes, motivaciones contrapuestas o complementarias, por encima de todo un universo que ya aprendimos a amar el año pasado (el abanico de actores jóvenes sigue siendo lo mejor de la serie) y que ahora resulta más orgánico, menos atenazado por su propia narrativa. Stranger Things es ahora un lugar vivo, habitado por gente muy querida a la que le pasan cosas raras, y no un correcalles repleto de pósters y peinados que estuvieron de moda hace 30 años.

Es cierto que durante los primeros capítulos volvemos a ver esa misma estructura básica de niños, adolescentes y adultos lanzados por separado hacia un mismo destino, pero conforme pasan los capítulos el asunto cobra un tono distinto. Las nuevas incorporaciones (una niña, un adolescente y un adulto, para no desequilibrar la cosa) resultan irregulares, pero cumplen su cometido y dejan espacio para seguir desarrollando ciertas tramas durante las próximas temporadas. Volvemos a ver a una Winona Ryder desquiciada pintarrajeando paredes y a ese personaje/esbozo que es la niña Eleven, una suerte de superhéroe bizco al que hay que entregar con cuentagotas para que no de al traste con cualquier conflicto gracias a su excesivo poder. Pero, más allá de sus ya conocidos tics, lo que vemos en esta nueva Stranger Things es más y mejor, y supone el triunfo de un pequeño universo que nos resulta muy familiar y que, en el futuro, tendrá que seguir ampliando y enriqueciendo sus límites para poder seguir siendo tan amigable.

Filmaffinity: 7.7
IMDb: 9.0

La mente del asesino

Parece difícil que una serie pueda aportar alguna novedad en la dramatización, glosa y análisis de los asesinos en serie. Los hemos visto desde todas las perspectivas posibles, hemos sido testigos de sus atrocidades e incluso nos hemos encariñado con alguno de ellos. Durante una época parecía existir una especie de competición entre los guionistas por ver quién escribía los asesinatos más retorcidos y crueles, las tragedias más originales y transgresoras. David Fincher, con Seven, ayudó a forjar esta imagen del asesino obsesionado con la teatralidad de sus crímenes, y más de 20 años después regresa a la televisión para cerrar su particular círculo y volver a los orígenes.
Frente al ya típico asesino barroco y rebuscado, Mindhunter ofrece realismo y concisión. Solo echando un vistazo a los videos de las entrevistas al verdadero Edmund Kemper es posible medir la magnitud del desafío. La mimética interpretación de Cameron Britton da una pista de hasta qué punto se han cuidado los detalles. Fincher ha reconocido que en Netflix ha encontrado lo que el Hollywood actual parece negar cada vez con mayor saña: la posibilidad de hacer un cine de personajes donde la mera conversación entre ellos sea suficiente para llenar la pantalla y producir la intriga.

En Mindhunter esta pretensión se cumple a rajatabla. A lo largo de sus diez episodios asistimos al nacimiento de la ciencia forense ocupada del estudio e investigación de este tipo particular de criminal, el asesino en serie, cuya misma denominación era, en aquellos años 70, novedosa y rompedora. En una serie del FBI donde apenas se investiga y con asesinos que no asesinan, todo se reduce a lo que se cuentan entre ellos, a las dinámicas que se establecen y sus consecuencias. La medida elección del repartl se adapta a este tipo de drama, y por momentos todo funciona a la perfección. Las hipnóticas conversaciones entre agentes y asesinos son suficientes para mantenernos con ganas de más, pero llega un momento en el que la propia serie no termina de creérselo. Las subtramas que rellenan cada episodio, algunas tan absurdas como la de Anna Torv, apabullante en el papel de la doctora Wendy Carr, en la lavandería, o la constante reiteración en la rebeldía del agente Ford (interpretado por Jonathan Groff) adolecen de falta de interés. Esas secuencias que inician casi cada episodio a propósito de quien parece ser Dennis Rader, tampoco aportan nada apreciable, por lo que tendremos que esperar a las siguientes temporadas para ver si se nos ha escapado algún simbolismo hermético o el gato es tan irrelevante como parece.

En cualquier caso, son problemas menores. Antes he hablado de cine en Mindhunter. Incluso las mejores series de televisión, las consideradas Arte con mayúsculas, sufren la textura televisiva, ciertos tópicos formales y unas interpretaciones que, en ocasiones, se encuentran un par de peldaños por debajo de las de las grandes estrellas del cine. Fincher, maestro indiscutible, borra esas diferencias y logra en los capítulos que dirige acercar la televisión al cine como pocas veces se ha visto. Tiene los medios, el talento y, por fin, el lugar, Netflix, donde puede desarrollar ese cine de personajes que ya hemos visto en House of Cards y que florece con magnífica brillantez en Mindhunter.

Filmaffinity: 7.9
IMDb: 8.8

La pequeña reina Victoria

MV5BMjEwMDE3MTIwNV5BMl5BanBnXkFtZTgwNDA1MjM5MDI@._V1_.jpg

2016 fue un buen año para las reinas británicas en la televisión. Dos de las más populares e influyentes de todos los tiempos recibieron su serie dedicada. Primero fue Victoria, y apenas había terminado su primera tanda de episodios cuando Netflix estrenó The Crown, su trascendental visión del reinado de Isabel II.

Ya he comentado en otra ocasión los grandes atractivos que emanan de la forja de un héroe o, en este caso, de una reina. La primera temporada de Victoria se benefició de este tipo de relato fundacional. Los primeros pasos de la reina Victoria, las intrigas que suscitó su coronación, su papel de mujer en una sociedad como aquella y su matrimonio con Alberto son temas suficiente para marcarse una buena miniserie y mantener el tipo frente a la sutil contundencia de The Crown, superior en casi todos los sentidos, pero el nacimiento de Victoria como reina ya pasó, y la segunda temporada necesitaba encontrar su propia voz. El tono elegido parece encontrarse a medio camino entre el análisis político de The Crown y el relato costumbrista de Downton Abbey, lo que por momentos la hace fracasar.

Victoria sigue siendo una serie amable, correcta e incluso interesante (un reinado tan largo tiene mucho que ofrecer), pero empieza a dar la impresión de que ha elegido el camino menos sugestivo. Pareciera que los avatares del reinado de Victoria fueran una excusa para el despliegue de problemas domésticos o sentimentales. La actriz que interpreta a la reina resulta demasiado actual, anacrónica, y las tramas que la acompañan alternan el tedio con el cliché. Sin un Lord Melbourne que aporte algún tipo de ambiguedad al relato, todo resulta lineal, tópico. La interpretación de Tom Hughes como Alberto de Sajonia-Coburgo roza el ridículo, y la impresión general que deja es la de una serie que podía contarnos muchas cosas pero aque apenas aporta nada.

Con el especial de Navidad aún pendiente y la segunda temporada de The Crown en el horizonte, Victoria parece estar perdiendo terreno en una carrera en la que, dicho sea de pasó, ya partió con desventaja.

Filmaffinity: 7.1
IMDb: 8.2

La vida sin Pablo

narco.jpg

Narcos nació con la intención de introducirnos en el escabroso mundo del tráfico de drogas en Latinoamérica. A pesar de tener una vocación generalista y avisar ya en su título de no tener la intención de centrarse en un único narcotraficante o en un solo país, las dos primeras temporadas dedicadas a una figura tan brutal como Pablo Escobar han pasado factura. La sombra del patrón es alargada, y el fin de sus peripecias supuso un golpe demasiado duro para la serie.

Pablo Escobar no solo fue uno de los más exitosos narcos de la historia. También fue uno de los primeros, uno de los más excéntricos; quiso ser Robin Hood y acabó convertido en el mal encarnado; luchó de igual a igual contra el estado, y convirtió Medellín en esa infierno en la tierra descrito por Vallejo en La Virgen de los Sicarios; amasó una fortuna absurda y, en suma, dejó su huella en la historia y cultura colombiana, incluso en el medioambiente (por su culpa, Colombia es el único país fuera de África donde hay hipopótamos salvajes). ¿Cómo seguir adelante sin el sostén de semejante personaje?

Para lograrlo, Narcos se ha valido en esta tercera temporada de un abanico de protagonistas más variado, como si hubiesen dividido las distintas facetas de Pablo Escobar en un puñado de mafiosos: el negociador, el loco, el ingenuo, el desesperado. Los líderes del narcotráfico de Cali fueron tan exitosos o más que Escobar, pero a efectos narrativos carecen de su carisma y peso, y eso se termina notando.

Durante los primeros capítulos nos vemos obligados a situarnos dentro de ese nuevo universo que por momentos resulta aburrido. No ayuda la sempiterna voz en off marca de la casa de José Padilha, que ya era criticable en su obra maestra Tropa de Elite y que en Narcos hace tiempo que dejó de funcionar como una manera de darnos contexto y se dedica ahora a ilustrarnos con pequeñas y repipis lecciones de cómo funciona el narcotráfico.

Tampoco el agente Peña, interpretado por Pedro Pascal, cuenta con el carisma suficiente para sostener la serie como hacía el criticado pero siempre solvente Wagner Moura. Nacido como personaje secundario, su transformación durante las dos primeras temporadas y su paso al protagonismo han resultado poco convincentes. Tras cumplir el necesario cliché de canalla acostumbrado a tomar atajos y guía del bisoño agente Murphy, ahora es él el que parece obligado a esquivar el corrupto sistema colombiano. A pesar de las desgracias que ha vivido, no nos acostumbramos a su tristeza radical, a esa pose de perpetuo estupor.

La tercera entrega de Narcos mejora cuando asume su naturaleza como serie de acción, pero termina dejando la sensación de ser una temporada de transicion en espera de encontrar nuevos líderes mafiosos que aporten algo distinto y renueven el interés por un mundillo, tampoco nos engañemos, limitado y repetitivo.

Filmaffinity: 8.0
IMDb: 8.9

Pesadilla de robot

Mr. Robot fue publicitado como el drama sobre hackers definitivo. Desde el principio quedó clara esa firme intención por mantenerse realista en la descripción de los métodos de los así llamados piratas informáticos. Aún más: según cuenta la leyenda, hackers de renombre han participado en la elaboración de los guiones. El resultado salta a la vista: todo lo que se ve en la pantalla resulta verosimil, ilustrativo, y encaja con los pocos o muchos conocimientos que se puedan tener en la materia y que, incluso para el más profano, se filtran a través las noticias relacionadas con el tema. Se acabó ver a un fulano aporreando durante cinco minutos un teclado hasta conseguir entrar en los ordenadores del Pentágono. En el mundo real, y Mr. Robot lo refleja con parsimonia, este tipo de crímenes son mucho más complicados, ricos y fascinantes.

Por desgracia, el realismo de Mr. Robot termina justo donde acaba la pantalla del ordenador. En su protagonista podemos observar el pecado principal de la serie. El personaje interpretado por el perturbador Rami Malek acumula tal cantidad de rasgos antiheroicos que uno se pregunta cómo puede seguir vivo. Este tipo, además de un genio de la informática, es drogadicto, esquizofrénico, y disfruta de todo tipo de comportamientos antisociales. En contraste, es un profesional admirado por sus compañeros y capaz de ligarse a la secular guapa de la serie. Quizás sea caer en un tópico, pero no parece el tipo de vida del informático medio.
Todo en Mr. Robot se mueve sobre esa misma filosofía de “más es más”. No han escatimado en recursos: giros argumentales impensables y chocantes; una narrativa tramposa desde su mismo inicio y que obliga al propio protagonista a pedir perdón al espectador, con la consiguiente rotura de la así llamada cuarta pared; personajes extremos; más trampas, más cambios de registro y género (el episodio en el que juega a ser una sitcom, para nuestro pesar, no será olvidado fácilemente)… todo envuelto en un manierismo formal molesto y pretencioso, con sus desenfoques, sus encuadres imposibles y, en definitiva, todos los clichés disponibles en el mercado para convertir una serie normal en una de culto. Por el camino perdemos la diversión y el interés por una trama cada vez más magra y alejada de la premisa inicial.

A pesar de su flagrante superficialidad, Mr. Robot cuenta con una sólida base de admiradores que, con todo, ya han empezado a reclamar mayor consistencia en el relato y menos fuegos de artificio. Esta tercera temporada que acaba de comenzar decidirá si volvemos a esa serie sobre hackers distinta a todas los demás o tendremos que seguir escuchando la fúnebre voz de Rami Malek disculpándose por lo que estamos viendo y prometiéndonos, una vez más, que no volverá a pasar.

Filmaffinity: 7.5
IMDb: 8.6

Los espías de Washington

turn-401-post-ben-numrich-1600x600.jpg

TURN: Washington’s Spies nació con la promesa de ofrecernos una visión realista del nacimiento del espionaje moderno durante la Guerra de Independencia americana, un periodo poco visitado por el cine actual y que ofrece sus propios atractivos para el espectador no estadounidense.

La primera premisa quedó rápidamente superada. Todos los hallazgos e ingenios técnicos relacionados con el espionaje fueron explicados durante la primera temporada (si me apuras, en los títulos de crédito del primer episodio ya había un primer boceto de todos ellos) lo que nos dejó la enésima serie sobre infiltrados que luchan para no ser descubiertos mientras recogen información.

Tampoco tardó en quedarse huérfana de novedades narrativas. Desde muy pronto quedaron claros los personajes que iban a llevar el peso de la trama: un malo malísimo imposible de derrotar, el siempre voluntarioso Jamie Bell en el papel protagonista y todo el ramillete de secundarios, ayudas o impedimentos para nuestro héroe. Incluso su poco interesante historia de amor fue puesta en un segundo sin demasiados problemas.

Este fue TURN durante sus tres primeras temporadas. En la entrega final las cosas cambiaron un punto. Con todas las cartas por fin sobre la mesa (el encaje de bolillos necesario para mantener la identidad secreta de los espías había llegado demasiado lejos), nos encontramos ante une temporada a tumba abierta, sin concesiones, un correcalles en el que todos los personajes querían matarse los unos a los otros y en la que, por fin, pudimos ver cierto músculo bélico, con batallas a la usanza de aquellos tiempos y escaramuzas bastante más intensas de lo visto hasta ese momento.

Tampoco nada del otro mundo. Su escasa ambición ha sido una constante durante sus cuatro temporadas, una cifra que, para los cánones actuales, puede considerarse un éxito a medias (como le ha sucedido a The Strain o Halt and Catch Fire). Con sus limitaciones, bastante evidentes, TURN fue una serie entretenida, fallida y solvente a la vez, reflejo de una época más ingenua en casi todos los sentidos y con un final que, quién lo iba a decir, resultó inspirado y emotivo, casi memorable.

Filmaffinity: 6.6

IMDb: 8.1