El Puente

Bron/Broen apareció en nuestras vidas como serie para convertirse casi de manera inmediata en un género en sí misma. Una peculiar pareja de detectives formada por una sueca con síndrome de Asperger y un danés maduro y bribonzuelo investigan un cadaver encontrado en el puente de Øresund, justo en la frontera que separa Malmö de Copenhague, Suecia de Dinamarca.

Esta premisa radical atrajo la atención del resto del mundo, y produjo dos remakes casi simultaneos. La americana The Bridge, que situaba la extraña pareja en esa turbia línea que separa El Paso de Ciudad Juárez, y la británica The Tunnel, que trasladaba esta vez la idea al largo tubo de cemento que une bajo el mar Francia con el Reino Unido. Ambas series intentaban traducir los códigos de la original con distinta suerte, pero fallaban a la hora de construir un clima tan potente y decisivo como el de Bron/Broen.

Porque en esta serie la atmósfera lo es casi todo. Pocas veces una introducción ha sido capaz de marcar el tono y los fundamentos de toda una narrativa. Las tristes y pausadas notas de Hollow Talk, la canción de los títulos, la apocada y susurrante voz de su interprete, señala un camino, el de la frialdad, la tragedia, la soledad, y lo remata con los estruendosos coros de la coda final, generalmente precedida por un siniestro cliffhanger. Entre medias, la constante fotografía aérea lanza largas autopistas nocturnas, calles angulosas y vacías. En el norte de Europa, parece decir, no hay luz ni vida.

La puesta en escena matiza y potencia un guion enrevesado y lleno de misterios. En Bron/Broen los casos son barrocos, abigarrados. Los personajes se entrelazan, todos tienen un papel que cumplir, pero no duran demasiado. Entran y salen de la escena de manera constante, realizan su cometido, en ocasiones ínfimo, y son desechados sin contemplaciones, con genuina crueldad. Sus vidas no valen demasiado en este fugaz teatro, y nadie parece estar a salvo, ni los niños ni los ancianos ni los propios protagonistas. El tono fúnebre ya nos lo había avisado: la muerte sobrevuela el puente.

Estos son los elementos que definen la serie, pero Bron/Broen siempre será recordada por su principal protagonista, la ya mítica Saga Norén, interpretada con maestria por Sofia Helin. Afectada de un mal que arrebata de su personalidad cualquier rasgo social, esta brillante policía sueca se presenta como el carácter tragicómico perfecto, deseperadamente infeliz, graciosa muy a su pesar, incapaz de huir de esa soledad total que la acecha. Sobre ella orbita el resto de elementos, mimetizados con su implacable forma de ser y de actuar.

Bron/Broen ya no volverá, pero su influencia, directa o indirecta, permanerá con nosotros un largo tiempo. Su éxito es distinto al de otras series: Bron/Broen no batía records de audiencia, pero sí de descendientes. Tenía demasiados elementos interesantes y demasiada valentia para pasar desapercibida.

Filmaffinity: 7.8

IMDb: 8.6

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El lado amargo del silicio

Black Mirror llegó a nuestra vida con una clara vocación de bofetada. Charlie Brooker ya se había iniciado en el arte de incomodar al espectador con la memorable Dead Set, posiblemente el mejor ejemplo del género zombie de la televisión, pero con Black Mirror llevó esa intención lejos, lejísimos. Lo que teníamos ante nosotros era la distopía de lo cotidiano, de la intimidad. Ese futuro terrible que otros autores reflejan a través de relatos sobre complejos regímenes totalitarios, aparecía en Black Mirror asociado a lo pequeño, al día a día: la infidelidad de una pareja, la perversiones de la telebasura, la irreflexión y dictadura de las redes sociales. El futuro terrible, esta vez, no provenía de líderes mesíanicos ni grandes movimientos geopolíticos, sino de nosotros mismos a través de una avanzadísima aunque reconocible tecnología.

La tecnología es, por supuesto, el eje vertebrador de todas esas pesadillas, pero no siempre, al menos durante las primeras temporadas. Aquellos ya lejanos primeros capítulos alternaban el puro horror ante una tecnología inhumana con cortes donde el peso recaía más sobre el factor social, sobre el poder de la masa, como The National Anthem o The Waldo Project. Conforme pasaban las temporadas este tipo de capítulos han desaparecido casi por completo, dejando apenas un reflejo en episodios como Nosedive, y centrándose casi por completo en analizar los estragos de las nuevas invenciones que, en ocasiones, ya están entre nosotros.

Convertida Black Mirror en un catálogo de usos y sobre todo abusos de la tecnología, todo parecía girar en torno a la capacidad para los autores presentir los caminos más tortuosos de la continua innovación humana. Esta carrera en busca de la pesadilla técnica definitiva alcanzo su cénit en White Christmas. Este especial navideño protagonizado por Jon Hamm recogía muchos de los temas ya tratados y los enriquecía com terrores casi impensables, con espeluzantes infinitos e infinita alienación. Después de aquel despliegue de incomodidad parecía difícil ir más allá, y asi ha sido.

Desde entonces y tras encontrar su sitio en Netflix, Black Mirror parece haber entrado en una periodo más conformista. No solo ofreciendo visiones optimistas del futuro, como en la magnífica San Junipero o, en esta última temporada, en Hang the DJ, sino en el desarrollo formal de los capítulos. La vieja y huraña Black Mirror parecía centrarse más en el concepto puro, sin dejar entrar más elementos de los necesarios. Ahora, los relatos nos parecen menos austeros, más convencionales.

El motor principal sigue siendo el mismo, pero la novedad ya no es tanta. Mientras buscan nuevos horrores que relatar, en esta nueva Black Mirror parecen contentarse con repetir y ampliar ideas ya tratadas, corregirlas incluso y pasarlas por ese tratamiento estilizador, ganando puesta en escena pero perdiendo la crudeza de la sencillez.

Pero sería injusto quejarse. A lo largo de su historia, Black Mirror nos ha ofrecido algunos de los momentos más brillantes de la televisión e incluso ahora, domesticada y adaptada a gustos menos radicales, sigue siendo una cita ineludible para los amantes del terror, la ciencia ficción o lo que sea que quieran ofrecernos.

Filmaffinity: 8.3

IMDb: 8.9

El crimen, también, en Roma

Aunque Suburra pueda parecer un título inventado para aprovechar el tirón de Gomorra, tiene una historia mucho más profunda detrás. Suburra fue un barrio de la antigua Roma, conocido por haber sido el lugar de residencia de Julio Cesar pero, sobre todo, por la prostitución y el crimen que adornaba sus calles. Por extensión, Suburra terminó convirtiéndose en la palabra preferida por los romanos para referirse a los bajos fondos. Una película homónima ya exploró en 2015 ese lugar donde el poderoso y el paria se dan la mano, y lo hizo con acierto y un fatalismo que aún se recuerda, lo suficiente al menos para intentar mantenerlo en el tiempo. Suburra, la serie de Netflix, pretende convertir esa atmósfera en un producto de larga duración, y no termina de conseguirlo. Pero de eso hablaré en otro momento.

Antes de Gomorra y de Suburra, ambas películas y series, estuvo Romanzo Criminale. En realidad, hay pocas manos detrás de estas tres aproximaciones al crimen y la mafia italiana. Siempre con la producción de Cattleya en cuanto a la televisión se refiere, ahí están Michele Placido, director de Suburra, la serie y de Romanzo Criminale, la película, donde también actuaba, y Stefano Sollima, director de Suburra, la película, de Gomorra, la serie y, rizando el rizo, de Romanzo Criminale, la serie. Es lógico que exista, por lo tanto, ciertas semejanzas y una clara evolución.

Romanzo Criminale se lleva la peor parte. Fue la primera, lo que hace suponer un golpe de aire de fresco pero también cierta inexperiencia. Entendida como una doble miniserie, Romanzo Criminale no fue capaz de contener los excesos de sus personajes, abocándolos a una temprana destrucción, lo que, en su segunda temporada, la obligó a repetir una misma fórmula. Como ya vimos en Sleeper Cell, aquella era una época en la que muchas series que pretendían establecer una saga quemaban sus cartuchos demasiado pronto, y terminaban condenadas a dar una pirueta para poder volver a contar lo mismo.

Romanzo Criminale tenía a su favor el apoyarse en una historia real, el ascenso de la banda de la Magliana. El relato clásico del típico grupo de jóvenes con nada que perder que alcanzan la cima del mundo criminal romano venía, en esta ocasión, salpimentada con bocados de la historia italiana en la que la banda de la Magliana tuvo cierta y sorprendente importancia. Ahí estaban, en mitad de las tropelías de la Democracia Cristiana, relacionados con el secuestro de Aldo Moro, protagonistas de esa curiosa relación entre el crimen organizado y la política que, en la serie, aparece reflejada de manera contundente. Porque en Romanzo Criminale no solo los mafiosos tenían algo que decir, también las fuerzas del orden, representadas en el memorable y agónico comisario Scialoja, cuya trastabillada existencia nos guiaba a traves de la peor de las realidades: que los bajos fondos, la suburra romana, puede aparecer donde menos te la esperas.

Romanzo Criminale fue corta pero agradable, y sentó las bases de lo que luego Gomorra, la serie, llevaría a su máxima expresión. Lo hizo mostrando personalidad propia y cierto contexto histórico que en ocasiones echamos en falta en otras series.

Filmaffinity: 8.3

IMDb: 8.6

El crimen en Estados Unidos

American Crime Story, la serie antológica sobre crímenes reales, acaba de regresar con una nueva entrega en la que se aclaran los pormenores del asesinato del célebre diseñador Gianni Versace. Como ya sucedió en la primera entrega, la sensacional The People v. O.J. Simpson, el estilo parece más cerca de un telefilm a la vieja usanza que de las modernas producciones televisivas sobre crímenes. No hay planos chocantes, ni silencios incómodos, ni secuencias oníricas, tan solo el relato de una historia a la manera más clásica, lo que refuerza su principal valor, el pedagógico. Tras ver ACS, uno tiene la sensación de haber aprendido algo.

Hay que reconocer que el juicio de O.J. Simpson daba para mucho. Lo que durante aquellos meses de mediados de los 90 llegaba a España como capítulos de un folletín escabroso y pintoresco en torno a una figura más o menos reconocible, en Estados Unidos estaba cambiando de forma radical la naturaleza de los medios de comunicación e incluso del sistema judicial. Todo en aquel juicio era demasiado grande para ser tratado con naturalidad. El efervescente clima racial, la popularidad abrumadora del acusado y los terribles crímenes que parecía haber cometido… los intereseses en juego se amplificaban hasta resultar atronadores, el escrutinio era total y la guerra dentro y fuera del juzgado no tenía cuartel. Nunca antes un acusado con tantos visos de culpabilidad tuvo tantos medios a su favor para intentar torcer el brazo del sistema. O.J. y sus abogados aprovecharon una ocasión única aunque supusiese pasar por encima de casi cualquier otra consideración.

Creo recordar que las ciudades estado de la Italia condottiera utilizaban jueces venidos de otras partes para solucionar sus asuntos domésticos, entendiendo que solo un extranjero podría mantenerse ecuánime. No sé qué juez extraterrestre podría haber desempeñado su papel en un juicio como el de O.J. en el que la justicia era sencillamente imposible. Lo que vimos en esa primera temporada, lo que con nervio y coherencia relató ACS, nos deja una imagen desoladora: la lucha racial convertida en arma para ahondar en las diferencias de clase, la mentira como forma de vida, la derrota de la inteligencia a manos de aquellos que debían protegerla…

Esta por ver que el asesinato de Versace tenga en su relato tanta riqueza y cualidades como el juicio O.J., pero estoy seguro de que también en esta ocasión aprenderemos algo.

Filmaffinity: 7.7

IMDb: 8.5

El crimen en Nápoles

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La aproximación del cine italiano al fenómeno del crimen organizado siempre ha sido, por necesidad, muy distinta a la del resto del mundo. En la mayoría de sus producciones sobre el tema no se percibe ni el glamour ni esa sutil mitificación del mafioso fácil de detectar en los productos americanos. En Italia, especialmente en el sur, la mafia es demasiado cotidiana y cercana para olvidar su naturaleza criminal y convertirla en algo que al final recuerda demasiado a una novela de pistoleros del lejano oeste.

Tras el libro primigenio y su primera adaptación audiovisual en forma de película, Gomorra se convirtió en serie, y lo hizo con brillantez. Volvíamos a visitar esa Nápoles oscura y maligna, ese centro comercial de la droga donde mafiosos poco agraciados construían mansiones ostentosas y de dudoso gusto en el interior de los edificios más miserables de Secondigliano. Volvíamos a ser testigos de la lucha por el territorio, de los asesinatos, del terrible precio que paga toda una sociedad por la ambición desmesurada de unos pocos.

Aunque Gomorra, la serie, cuenta con el patronazgo de Roberto Saviano, apenas queda nada de su obra original. No ya de su argumento, por fuerza distinto, sino incluso de su espíritu. Por más que muestren la dureza de los métodos de la Camorra y su absoluto desdén por la sociedad y la vida humana, por mucho que intenten escapar de la imagen torticera y estilizada que daba El Padrino de este tipo de individuos, al final lo que nos queda es un relato que, en su esencia, no es distinto a los que nos sirven desde Hollywood, poblado de hieráticos anti-héroes a los que admiramos por su astucia y perdonamos sus ocasionales arrebatos de crueldad. La feroz crítica del libro de Saviano se difumina entre los cliffhanger y los giros de guión, entre el aparataje ya típico de una serie de televisión contemporánea. Gomorra ya no molesta ni ofende, solo entretiene, y en su tercera temporada ni siquiera lo hace con el nervio habitual. Se ha domesticado, y no solo en su aspecto reivindicativo y crítico.

Tras dos temporadas de enfrentamiento entre los Savastano y el así llamado immortale Ciro di Marzio, la tercera temporada estaba obligada a transitar otros caminos. Y así fue durante los primeros capítulos, antes de que, una vez más, regresáramos a ese punto de partida en el que la narrativa mafiosa se siente más cómoda: el ascenso de un nuevo clan, su guerra contra el poder ya establecido, las traiciones y las trampas.

Es difícil no sentirse atrapado por este tipo de relato, aunque ya lo hayamos visto mil veces, aunque hayamos llegado a él de una manera un tanto cogida con pinzas. Su desarrollo enrevesado y su final catártico y ciertamente necesario, vuelve a dejarnos buen sabor de boca, pero con reticencias. Gomorra nos sigue gustando, pero necesita avanzar y dejar atrás los tópicos de este tipo de relatos y que, en cierta forma, había logrado sortear.

Con Gomorra, la serie, Saviano nunca podrá entonar ese “yo acuso” que le hizo famoso, ni podrá desgranar los intrincados vericuetos de la cocaína como hizo en Zerozerozero. Lo que puede hacer Gomorra, la serie, lo que debe hacer, es dar un final digno a su terrible historia de violencia, sin caer, una vez más, en el tópico, la repetición y las soluciones cómodas.

Filmaffinity: 8.0
IMDb: 8.7

El castigador castigado


The Punisher marca el comienzo de la así llamada Fase 2 de los héroes Marvel en la plataforma Netflix. Tras el fin de fiesta más o menos decepcionante de The Defenders, Netflix necesitaba un buen punto de partida para la nueva hornada de temporadas y aventuras de sus héroes. The Punisher lo consigue, no solo por sus propias virtudes fílmicas, ligeramente por encima de lo visto en Iron Fist y The Defenders, sino por el tipo de protagonista que ofrece.

El mundo vive un aluvión de series y películas de superhéroes. Sobrepasado hace tiempo el umbral del hartazgo, los canales y productoras siguen arrojando nuevos enmascarados como si estuvieran cumpliendo una promesa. En este mundillo de marcianadas y poderes paranormales, Frank Castle, el Castigador,  resulta refrescante precisamente por la diferencia que supone. No es una vuelta de tuerca al modelo clásico, ni tan siquiera una versión “realista”. Frank Castle, sencillamente, no es un superhéroe, y el único rasgo que comparte con ellos es habitar su mismo universo y haber nacido, como todos, entre las páginas de los tebeos.

Lo que sí es Frank Castle es un exmilitar que busca venganza y que resuelve todos su problemas matando. Más cerca del Liam Neeson de Taken que de Spiderman, lo que vemos ante nuestros ojos desarrolla un género totalmente distinto, y se agradece. The Punisher puede ser mejor o peor que otras producciones de la dupla Marvel/Netflix, pero siempre será distinta.

El desarrollo de la serie tampoco es un dechado de originalidad, y los giros de guión no sorprenden demasiado, pero el Castigador está ahí, haciendo lo que nos habían prometido que haría. No hay dudas en sus acciones ni la más ligera contaminación de su contacto con otros personajes más timoratos como Daredevil. Frank Castle mata, y aquí lo hace sin parar, llegando incluso a resultar desagradable. También es apaleado casi de manera constante, y entre balazo y mamporro nos deja ver algo de su rocosa personalidad cuando comparte plano con Micro, el otro protagonista de la temporada. Con él forma un dúo que, contra todo pronóstico, funciona muy bien, desarrollando una química realista y poco forzada, por momentos deliciosa.

Las escenas de acción son buenas, la denuncia de los horrores de la guerra clara y directa, y en general nos gusta ver a este tipo tan terrible haciendo de las suyas. The Punisher desengrasa el universo Marvel en Netflix, supone una mejora con respecto al final de la Fase 1 y deja claro que, hasta que llegue Iron Fist y lo arruine todo, aún quedan muchas horas de superhéroes adultos y oscuros por delante.

Filmaffinity: 7.4

IMDb: 8.9

Una mafia pequeña

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Parece lejano aquel primer episodio de Peaky Blinders en el que un caballo cruzaba una solitaria calle de Birmingham y era embrujado por una niña china. Entre la cuarta temporada que comenzó hace unas semanas y aquella icónica secuencia han pasado tan solo 21 capítulos repartidos a lo largo de algo más de tres años, una nimiedad dentro del mundo de las series que sin embargo provoca una sensación paradójica: aquel caballo nos resulta remoto, lejano… toda una montaña de hechos y crímenes han tenido lugar entre aquel caballo y nuestra actualidad, en esos escasos 21 episodios.

Esta sensación, habitual en las series británicas, siempre más parcas e intensas, une a Peaky Blinders con la que, en casi cualquier aspecto, es su gemela al otro lado del Atlático. A lo largo de las cinco temporadas de la magistral Boardwalk Empire también pasaron más cosas de las que cinco entregas parecen ser capaces de dar cabida, varias vidas ante los ojos y en los huesos de sus protagonistas. Con la serie de HBO, Peaky Blinders comparte época y cierto sentido histórico (ambas están basadas, libremente, en personajes reales), capacidad para dar una evolución realista y demoledora a sus héroes, y una temática poco frecuente: la mafia antes de la droga, esa época en la que el crimen organizado aún se dedicaba a labores menos destructivas para la sociedad como el juego o el alcohol.

Tras la primera guerra mundial, una bolsa de veteranos y tullidos intentaban encajar en una sociedad que quería olvidar. Mientras que en Estados Unidos la ley seca y el auge del crimen organizado supuso una salida laboral perfectamente adaptada a sus virtudes soldadescas, en ese Reino Unido que retrata Peaky Blinders son las apuestas y el matonismo asociado donde podían encontrar su lugar aquellos que no estaban para causas revolucionarias o terrorismos irlandeses.

Peaky Blinder ofrece un vistazo a ese mundo desde la más admirable concisión. Apenas un puñado de menciones y alguna escena bastan para dar contexto a este clásico relato de ascenso de una banda criminal. El reparto, encabezado por un Cillian Murphy en estado de gracia y con grandes papeles secundarios como los de Helen McCrory o Sam Neill, ayuda a dar credibilidad a la historia incluso cuando Tom Hardy, histriónico y demencial como casi siempre que se lo permiten, aparece en escena.

Peaky Blinders tal vez sea una serie pequeña, pero su desarrollo preciso y brillante siempre deja con ganas de más, y a las puertas de la cuarta temporada aún conserva intacta su capacidad para sorprendernos. Una vez más, nos resulta complicado anticipar en qué nuevos líos se va a meter la familia Shelby, o qué tipo de traumas conservarán tras los terribles hechos de la última temporada, dejando como única certeza el hecho casi seguro de que alguien volverá a apuntar a Cillian Murphy en la cabeza.

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Filmaffinity: 8.1
IMDb: 8.8