The Last Ship

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Esta semana ha regresado The Last Ship, la intriga bélica post-apocalíptica que tantos momentos sonrojantes nos ha dado estos últimos años. Ambientada en un mundo casi devastado por una misteriosa enfermedad en el que una nave de guerra es la última esperanza del ser humano, The Last Ship comenzó con varios puntos a su favor: una atractiva premisa a medio camino entre un Battlestar Galactica náutico y The Walking Dead; el mecenazgo de Michael Bay; un nicho poco transitado como es el de las series de guerra moderna. En su contra, todo lo demás, incluyendo el mecenazgo de Michael Bay, los clichés que pueblan cada minuto de su metraje y una manera muy particular de entender el mundo: imperialista, maniquea, patriotera.

Pero hay algo en el trazo grueso que resulta irresistible. El maniqueísmo radical, tan inservible en la vida real, funciona en este tipo de series como un reducto de simpática sencillez. Todo es diáfano, todo funciona como debería. Los héroes son guapos y bondadosos, y los villanos… pues no. En el aspecto político tampoco hay matices. Para sensibilidades poco amigas de los símbolos patrióticos, de las banderas y similares, todo el aparataje americano resulta vergonzoso, pero también, en cierta forma, envidiable. De la misma forma que un ateo puede disfrutar determinados himnos religiosos, o poemas inspirados en la gracia divina, es posible encontrarle la gracia a esas grandes proclamas tan típicas en el cine comercial de Estados Unidos y, especialmente, de las producciones de Michael Bay. Esos sentimientos nacionalistas nos resultan ajenos e infantiles, pero también, como ya he dicho, envidiables. Envidia de observar creencias que superan al individuo, lo que legitiman y subliman. Envidia del cobijo y sensación de comunidad que da esa patria a la que tanto aman. Aunque dios no existe y la patria solo es, en el mejor de los casos, una manera como cualquier otra de llamar al gobierno, uno podría muy bien dejarse llevar y, por una vez, sentir la calidez de semejantes creencias, aunque solo sea durante los 40 minutos de reloj que dura cada uno de los capítulos de una serie de fórmula como The Last Ship.

En cualquier caso, el patriotismo de The Last Ship es, como en cualquier otra producción del estilo, un complemento cosmético. Lo que se le pide a una serie como esta no es enardecer los corazones de los descreídos, sino diversión sin complicaciones, guerra moderna, traiciones y batallas, y ahí es donde destaca. Sin demasiados alardes, echando mano de soluciones simples y personajes bienpensantes hasta la locura, The Last Ship sabe dar lo que se espera de ella, e incluso cuenta con la gran virtud de haber sabido re-imaginarse una vez quedó superada su premisa inicial.

The Last Ship ha tenido muchas oportunidades para convertirse en su propia parodia, pero siempre ha sabido seguir tirando del hilo y encontrar nuevas vetas donde desarrollar su épica de todo a cien y seguir dándole interés y algo que hacer al atractivo capitán del Nathan James y su leal chavalería.

Filmaffinity: 5.4
IMDb: 7.5

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Rick and Morty

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El mundo de la animación parece vivir una pequeña edad de oro. Los creadores nacidos en los 80 han tomado el control creativo, lo que se nota en los productos que llegan a las pantallas y que se caracterizan por una fuerte influencia de la cultura pop, cierta falta de ternura y un gusto indisimulado por el humor (post-humor, según la jerga al uso) ya no absurdo sino directamente aleatorio.

Series como Adventure Time, Regular Show o The Amazing World of Gumball logran el santo grial de gustar tanto a niños como a adultos, sospecho que en ocasiones más a los adultos. Como sucede con las producciones de Pixar, esta necesidad de encajar con un público tan masivo limita las temáticas y el tono, pero puede acabar siendo beneficioso. Los tiempos han cambiado, y el publico potencial de las producciones “para niños” ha aumentado exponencialmente. Los adultos actuales han crecido bajo una cultura eminentemente televisiva, y consumen dibujos animados sin demasiados complejos. Con esta gran masa de televidentes sirviendo como colchón, la libertad creativa se ha expandido hasta permitir, virtualmente, casi cualquier cosa. Solo dentro de un tipo de entretenimiento asumido de manera tan global es comprensible que existan engendros lisérgicos como Uncle Grandpa.

Pero cuando volvemos la vista a la animación para adultos la cosa cambia. De la misma manera que en el cine de actores reales, las productoras se lo piensan mucho antes de reducirse voluntariamente su target con propuestas calificadas por los organismos reguladores como “para adultos”. Rick and Morty es capaz de esquivar esta cuestión haciendo uso del ya típico pitido censor cuando los personajes incurren en palabrotas, pero el resto de su trama solo tiene sentido ante un público adulto de una edad relativamente concreta.

La marca de los 80 sigue muy presente (no deja de ser una versión enloquecida de Back to the Future), y también la libertad random, el gusto por lo desbocado, que Rick and Morty lleva al paroxismo. Su genialidad estriba, precisamente, en ser capaz de contener semejante caudal de homenajes, aleatoriedades, subtextos y marcianadas dentro de una propuesta redonda, comprensible. En Rick and Morty solo necesitaron un puñado de capítulos para tejer un universo de complejidad casi infinita, en el que, estamos avisados, puede suceder cualquier cosa, y lo han conseguido sin que tal maremágnum resulte incómodo, deslavazado o falto de coherencia.

Al margen de todas las lecturas generacionales que puedan hacerse y de su amplitud de miras a la hora de tratar temas y parodiar el mundo real o ficticio, Rick and Morty no deja de ser una comedia cuyo objetivo principal es hacer reír. Lo consigue, por supuesto. Como suele suceder con los mejores ejemplos de su especie, está protagonizada por personajes trágicos, y consigue mostrar nuevos matices y guiños inadvertidos en cada revisión de sus capítulos. Rick and Morty es un éxito, un clásico instantáneo que, esperemos, mantenga el nivel de calidad esta tercera temporada que acaba de empezar y durante muchos años por venir.

Filmaffinity: 8.4
IMDb: 9.3

11.22.63

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Cualquier serie o película de ciencia ficción necesita cierta suspensión del pensamiento crítico para disfrutarse, especialmente cuando involucra viajes en el tiempo. No conviene darle demasiadas vueltas a historias que, en general, suelen ser bastante absurdas. Con Stephen King la dosis suele ser más alta. Al gran fabulador americano no le tiembla el pulso a la hora de establecer las premisas de sus relatos. Como dice uno de los personajes de 11.22.63 en el primer capítulo, estas son las reglas, y no tienen explicación ni pueden cambiarse.

Las reglas de 11.22.63 son básicas: si entras en cierta habitación viajarás al pasado, concretamente al 21 de octubre de 1960. Puedes volver al futuro, y regresar al pasado cuantas veces quieras, pero siempre será a ese día, a ese mismo momento. Tan escasas son las explicaciones que ni siquiera sabemos exactamente cómo hay que hacer para regresar al futuro… ¿pero a quién le importa? También sucede que a Stephen King le gusta colorear sus novelas con reflexiones sobre el oficio de escritor, y de eso también hay en 11.22.63, y también en ese aspecto conviene dejarlo estar. Una vez asumido que el asunto es el que es, y no conviene hacer preguntas que no obtendrán respuesta, es el momento para ver qué hace nuestro héroe con ese curioso portal transtemporal.

James Franco es el héroe, y como es habitual en él, cuesta trabajo tomárselo en serio. Rápidamente, las motivaciones e intereses del personaje que interpreta pasan a un segundo plano para centrarse en la trama y en la única razón por la que un americano medio podría querer viajar a los años sesenta: salvar a Kennedy. Para ello recibe la ayuda de un experto en el tema, el dueño de la “máquina”. Ha dedicado toda su vida al proyecto, y sabe todo lo que nuestro protagonista necesita saber tanto del asesinato de Kennedy como del particular comportamiento del espacio-tiempo cuando detecta que alguien pretender cambiarlo.

Durante los ocho capítulos que dura la miniserie observamos las desventuras de James Franco en los años sesenta, su parsimoniosa investigación del asesinato de Kennedy y las relaciones personales que establece con esas gentes del pasado. También es un rasgo de Stephen King su facilidad para este tipo de narraciones, su imaginación y sentido del ritmo. 11.22.63 funciona y resulta agradable de ver, y no es hasta el final, con la serie ya terminada, cuando el pensamiento crítico regresa y percibes lo poco interesante que ha resultado una historia que podría haber dado tanto juego, y qué torpe y falta de matices ha sido su resolución final.

Filmaffinity: 6.8
IMDb: 8.3

 

 

 

 

3% | Temporada 1

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La nueva serie brasileña de Netflix propone un futuro distópico en el que los jóvenes pobres son obligados a competir entre ellos en busca de un futuro mejor. Solo el tres por ciento de ellos superarán las pruebas creadas para la ocasión y pasarán a formar parte de la élite que los gobierna. Es cierto, ya hemos visto esa historia, de hecho la hemos visto varias veces, y los adolescentes incluso la han leído. ¿Hay, por lo tanto, que desechar 3%?Por supuesto que no, al contrario: hay que abrazarla mientras dure.

Estamos ante un futuro a la baja donde la tecnología y el mobiliario no parecen distintos de los que tenemos en nuestras casas, y los modernos visten con ropa sacada del Decathlon. Varios personajes y sus historias convergen en el proceso de selección, algunas menos claras que otras. No falta el grupo terrorista que quiere terminar con el sistema de clases, pero nada de eso importa. Lo que nos gusta de este tipo de relato son las barrabasadas que tienen que sufrir los chavales. Verlos luchar, matarse si es necesario, sacar lo mejor o lo peor de ellos mismos para avanzar en la selección… el sadismo de los realities elevado a una decisión de vida o muerte.

El proceso de selección se entremezcla con un relato clásico de infiltrados que conforme pasan los capítulos toma más importancia y que termina fijando los cimientos para la próxima temporada. Es en esos capítulos finales cuando la serie enseña todas sus cartas y deja entrever con acierto la ambigüedad de los postulados morales de los opresores y los oprimidos. En 3% hay suficientes lineas argumentales para sostener una nueva entrega sin necesidad de recurrir a la repetición de un nuevo proceso, pero dudo que rechacen ese caramelo: una próxima generación de jóvenes brasileños quiere formar parte del 3 por ciento, y nosotros seremos testigos de sus penurias.

Filmaffinity: 6.6
IMDb: 7.6

Lo Mejor del 2016

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Horace and Pete

Horace and Pete representa el no va más de la tragicomedia moderna. Muerte, enfermedad (mental y física), asesinatos, mentiras, abandonos… ninguna desgracia queda fuera del centenario bar donde transcurre la acción. Como si fuera un reverso tenebroso de Cheers, los parroquianos de Horace and Pete son alcohólicos, charlatanes y desgraciados, y sus dueños viven obsesionados con su propio pasado de infelicidad y abusos. A pesar de todo, Horace and Pete es una comedia, y esa es la razón por la que Louis C.K. necesitaba el control total sobre su obra y terminó buscando refugio en internet: para poder abofetearnos a gusto y hacernos reír con los excesos de esta obra singular y seguramente irrepetible.

Filmaffinity: 7.9
IMDb: 8.9

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The OA

No conozco a nadie a quien el final de The OA no haya dejado un sabor agridulce, cuando no directamente una severa decepción. “Estafa” podría ser uno de las valoraciones más repetidas, y no puedo discutirlo. Pero no deberíamos olvidar que para llegar a ese ridículo final hemos tenido pasar por ocho capítulos de excelente ritmo narrativo, con excelentes e hipnóticas interpretaciones. La historia y atmósfera de The OA, su originalidad, es suficiente para colocarla entre lo mejor del año, y hacernos esperar con interés su próxima temporada.

Filmaffinity: 6.9
IMDb: 8.2

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The Night Of

HBO vuelve a darnos un drama de policías y abogados detallado y realista. A lo largo de sus ocho episodios, se desgrana cada uno de los aspectos de la implicación de un joven musulmán en el asesinato de una joven de clase alta caída en desgracia. La ambigüedad moral y las distintas caras de la justicia americana quedan representadas con atención al detalle y genuina factura clásica.

Filmaffinity: 7.9
IMDb: 8.7

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The Crown

The Crown relata el larguísimo y fecundo reinado de Isabel II, con todas sus polémicas, pequeñas revoluciones y puntos negros. La relación de la corona con el gobierno sirve como excusa para repasar el interminable catálogo de sutilezas, leyes no escritas y tradiciones que sustentan una institución como esa en un país tan aficionado a las costumbres como el británico. La excelente factura y la delicadeza de sus creadores convierte cada episodio en un placer ligero que, en ocasiones, sabe a poco. La vida de estas personas gira en torno a detalles tan nimios que, cuando se acumulan uno tras otro, pueden llegar a enervar.

Filmaffinity: 7.7
IMDb: 8.9