Rick and Morty

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El mundo de la animación parece vivir una pequeña edad de oro. Los creadores nacidos en los 80 han tomado el control creativo, lo que se nota en los productos que llegan a las pantallas y que se caracterizan por una fuerte influencia de la cultura pop, cierta falta de ternura y un gusto indisimulado por el humor (post-humor, según la jerga al uso) ya no absurdo sino directamente aleatorio.

Series como Adventure Time, Regular Show o The Amazing World of Gumball logran el santo grial de gustar tanto a niños como a adultos, sospecho que en ocasiones más a los adultos. Como sucede con las producciones de Pixar, esta necesidad de encajar con un público tan masivo limita las temáticas y el tono, pero puede acabar siendo beneficioso. Los tiempos han cambiado, y el publico potencial de las producciones “para niños” ha aumentado exponencialmente. Los adultos actuales han crecido bajo una cultura eminentemente televisiva, y consumen dibujos animados sin demasiados complejos. Con esta gran masa de televidentes sirviendo como colchón, la libertad creativa se ha expandido hasta permitir, virtualmente, casi cualquier cosa. Solo dentro de un tipo de entretenimiento asumido de manera tan global es comprensible que existan engendros lisérgicos como Uncle Grandpa.

Pero cuando volvemos la vista a la animación para adultos la cosa cambia. De la misma manera que en el cine de actores reales, las productoras se lo piensan mucho antes de reducirse voluntariamente su target con propuestas calificadas por los organismos reguladores como “para adultos”. Rick and Morty es capaz de esquivar esta cuestión haciendo uso del ya típico pitido censor cuando los personajes incurren en palabrotas, pero el resto de su trama solo tiene sentido ante un público adulto de una edad relativamente concreta.

La marca de los 80 sigue muy presente (no deja de ser una versión enloquecida de Back to the Future), y también la libertad random, el gusto por lo desbocado, que Rick and Morty lleva al paroxismo. Su genialidad estriba, precisamente, en ser capaz de contener semejante caudal de homenajes, aleatoriedades, subtextos y marcianadas dentro de una propuesta redonda, comprensible. En Rick and Morty solo necesitaron un puñado de capítulos para tejer un universo de complejidad casi infinita, en el que, estamos avisados, puede suceder cualquier cosa, y lo han conseguido sin que tal maremágnum resulte incómodo, deslavazado o falto de coherencia.

Al margen de todas las lecturas generacionales que puedan hacerse y de su amplitud de miras a la hora de tratar temas y parodiar el mundo real o ficticio, Rick and Morty no deja de ser una comedia cuyo objetivo principal es hacer reír. Lo consigue, por supuesto. Como suele suceder con los mejores ejemplos de su especie, está protagonizada por personajes trágicos, y consigue mostrar nuevos matices y guiños inadvertidos en cada revisión de sus capítulos. Rick and Morty es un éxito, un clásico instantáneo que, esperemos, mantenga el nivel de calidad esta tercera temporada que acaba de empezar y durante muchos años por venir.

Filmaffinity: 8.4
IMDb: 9.3

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