Los espías de Washington

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TURN: Washington’s Spies nació con la promesa de ofrecernos una visión realista del nacimiento del espionaje moderno durante la Guerra de Independencia americana, un periodo poco visitado por el cine actual y que ofrece sus propios atractivos para el espectador no estadounidense.

La primera premisa quedó rápidamente superada. Todos los hallazgos e ingenios técnicos relacionados con el espionaje fueron explicados durante la primera temporada (si me apuras, en los títulos de crédito del primer episodio ya había un primer boceto de todos ellos) lo que nos dejó la enésima serie sobre infiltrados que luchan para no ser descubiertos mientras recogen información.

Tampoco tardó en quedarse huérfana de novedades narrativas. Desde muy pronto quedaron claros los personajes que iban a llevar el peso de la trama: un malo malísimo imposible de derrotar, el siempre voluntarioso Jamie Bell en el papel protagonista y todo el ramillete de secundarios, ayudas o impedimentos para nuestro héroe. Incluso su poco interesante historia de amor fue puesta en un segundo sin demasiados problemas.

Este fue TURN durante sus tres primeras temporadas. En la entrega final las cosas cambiaron un punto. Con todas las cartas por fin sobre la mesa (el encaje de bolillos necesario para mantener la identidad secreta de los espías había llegado demasiado lejos), nos encontramos ante une temporada a tumba abierta, sin concesiones, un correcalles en el que todos los personajes querían matarse los unos a los otros y en la que, por fin, pudimos ver cierto músculo bélico, con batallas a la usanza de aquellos tiempos y escaramuzas bastante más intensas de lo visto hasta ese momento.

Tampoco nada del otro mundo. Su escasa ambición ha sido una constante durante sus cuatro temporadas, una cifra que, para los cánones actuales, puede considerarse un éxito a medias (como le ha sucedido a The Strain o Halt and Catch Fire). Con sus limitaciones, bastante evidentes, TURN fue una serie entretenida, fallida y solvente a la vez, reflejo de una época más ingenua en casi todos los sentidos y con un final que, quién lo iba a decir, resultó inspirado y emotivo, casi memorable.

Filmaffinity: 6.6

IMDb: 8.1

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Sin defensores

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No hace falta ser Joseph Cambell para darse cuenta que desde la antigüedad existe un modelo muy concreto de cómo se forjan los héroes. Desde Teseo a Jesucristo, pasando por Edipo y Moisés y llegando hasta Blancanieves, el camino del héroe es claro y peculiarmente repetitivo. El héroe viene precedido del presagio de su victoria sobre el poder establecido, que intenta evitar lo inevitable matándolo o expulsándolo fuera de sus dominios. El héroe, indefectiblemente, sobrevive a los pesares que el mundo le lanza, vive su infancia lejos de su tierra y termina regresando para cumplir su destino. Así ha sido siempre.

El héroe moderno, el superhéroe, recorre este camino solo a medias. Los oráculos ya no resultan tan atractivos, el mundo ya no vive pendiente de las palabras de los adivinadores. Lo que determina nuestra civilización es la indiferencia, y así es como nacen estos héroes: inadvertidos, desde lo más bajo de la sociedad, desde la desgracia.

Aunque sean modelos distintos, hay algo que los une. Lo que interesa en ambos héroes no es tanto el destino al que se dirigen sino el camino que tienen que recorrer primero. Su forja, su creación, la manera como pasaron de ser simples ciudadanos a convertirse en algo más, ahí es donde los cómics, películas y series sobre superhéroes ponen el énfasis, ahí es donde está el interés del relato. No es casual la cantidad insoportable de reinicios de las sagas más famosas. Cada cierto tiempo es necesario volver a contarnos a nosotros mismos como Peter Paker se convirtió en Spiderman, un relato del que nunca tenemos suficiente. Lo que hagan luego los héroes con sus poderes ya no importa tanto. Suelen ser invencibles, y a nadie le gusta lo evidente. El héroe interesa mientras sea vulnerable, mientras pueda ser derrotado.

Llevamos ya varios años y un puñado de series observando la creación de un supergrupo. Siempre bajo un mismo sistema de flashbacks y recuerdos, hemos visto, más o menos, el origen de varios superhéroes menos invulnerables de lo habitual, al menos en apariencia. Tras Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist, y pendientes de The Punisher, aparecen todos ellos, por fin, juntitos y revueltos en The Defenders, la nueva propuesta de Netflix. Y quizás porque lo mejor, sus primeros pasos, ya lo hemos visto, resulta algo decepcionante.

Hay varios problemas implícitos en el guión. La guerra contra The Hand ya resultaba repetitiva en las series precedentes. El universo Netflix/Marvel siempre ha dado lo mejor de sí mismo en la normalidad, en el realismo, cuando el enemigo ha resultado menos místico y nuestros héroes menos poderosos, y The Hand había sido fijado como un enemigo demasiado atroz para poder vencerlo a base de mamporros.

El sistema de jerarquías también genera un problema bastante obvio. Cada uno por su lado, los héroes de Netflix podían desarrollar sus particularidades y ejercer sus talentos sin que nadie les molestase demasiado, pero cuando los juntas suceden cosas raras. Daredevil, el más carismático de todos ellos, es también el menos poderoso, de hecho no tiene ningún verdadero poder (su gran arma es que, siendo ciego, se comporta como si viese: una anormal normalidad, un ciego que parece que ve). Daredevil, desde su debilidad, es el líder y protagonista, mientras verdaderas bestias cósmicas como el sinsorgo de Iron Fist se ven obligados a permanecer en un merecido segundo plano. De Luke Cage podemos señalar que resulta muy útil cuando alguien dispara sobre el resto, y de Jessica Jones casi mejor no decir nada: es la heroína menos heroica de la historia, una guerrera que solo brilla cuando no pelea.

Batalla tras batalla, con algún giro de guión menos interesante de lo habitual, vamos poco a poco regresando a donde comenzamos, es decir, a ese mundo inamovible donde los superhéroes, una vez derrotado un enemigo, vuelven a refugiarse: a esa copia repetitiva de sí mismos que quedó fijada tras su forja como héroes. Porque al final, ese es el principal problema de una serie de larga duración sobre superhéroes, de un crossover o de lo que quieran seguir haciendo con este supergrupo de Netflix. Los superhéroes, una vez culminado su aprendizaje, nunca evolucionan, nunca cambian, siempre permanecen fieles a sus tics, a sus eternos complejos o filosofías, algo que tal vez pueda ser aceptable en los cómics, pero que resulta francamente insuficiente en la ficción televisiva. Han pasado de ciudadanos a héroes (o único que nos interesa realmente de ellos), han derrotado a un enemigo que parecía inexpugnable… ¿y ahora qué?

Cuatro tipos muy raros con escasa química, peleando otra vez contra los mismos ninjas obcecados de siempre, sin demasiada sensación de peligro a pesar de las muchas muertes y, esto es lo peor, sin que nos cuenten el origen de nada y de nadie: The Defenders ha pasado dejando una sensación más parecida a una despedida que al inicio de una saga, y con la certeza de que interesa más seguir sacando héroes, seguir contando orígenes, que regresar a unos tipos de los que ya sabemos todo.

Filmaffinity: 6.5

IMDb: 7.8

El final del verano

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Resulta muy difícil escribir sobre Game of Thrones. Ni siquiera los grandes hitos del mundillo de las series como The Sopranos o The Wire han merecido tal cantidad de interés de público y crítica. Parece imposible decir algo que no haya sido ya escrito o teorizado por alguno de sus fans y, sin embargo, tampoco sería recomendable que dejase pasar la oportunidad de sacar un par o tres de apuntes sobre semejante fenómeno televisivo, el más grande de la última década.

Siempre he tenido la sensación de que, sin haber leído los libros en los que está inspirada, la serie Game of Thrones se queda corta, como si fuesen necesarios todos esos conocimientos literarios para apreciar lo que sucede dentro de la pantalla. A la vista está que me equivoco: el espectáculo se sostiene por sí solo. Tras la sexta temporada, una entrega que podíamos llamar de transición, este paquete de capítulos que acaba de terminar nos ha dado lo que tanto tiempo anhelamos: los primeros compases de la guerra final; las reencuentros tantas veces pospuestos de nuestros queridos protagonistas; Daenerys en Westeros; la llegada del invierno…

La historia, por fin, evoluciona, y nada es lo esperábamos. A pesar de las múltiples teorías levantadas, de lo aparentemente encaminada que estaba la trama y de que, como comentaré luego, GoT hace años que dejó de ser ella misma, sus autores se la han vuelto a apañar para sorprender, impactar y dejar sin aliento al espectador, dándole la vuelta a cualquier idea previa y, en suma, entreteniendo como hacía tiempo que no lo lograba un producto audiovisual.

Digo que GoT hace tiempo que dejó de ser ella misma e intento no ser injusto. Los hallazgos de GoT trascenderán el mundo de la televisión y, no me cabe duda, alcanzarán el cine, pero no puedo evitar notar ciertas lagunas en lo que, hasta cierto punto, parecía un producto casi perfecto. Son muchos los aspectos que atraen de esta serie, pero hay uno que destaca por encima del resto. Al margen de su cuidada factura, de sus diálogos shakesperianos y del sexo y la violencia, lo que caracterizaba a GoT, lo que la hacía única y preciada, era su condición de serie peligrosa. A medio camino entre la sorpresa y el sadismo, las primeras temporadas, los primeros libros, contaban con ese plus que pocas series pueden ofrecer, debido principalmente al hecho comprensible de que juega en su contra: matar al protagonista es un tabú narrativo, una solución a la que solo se llega obligado por las circunstancias o, en ocasiones, tras la búsqueda del giro de guión definitivo. En GoT esta rara cualidad había alcanzado su epítome: nadie estaba a salvo, todos podían morir, y era en ese mínimo juego del ratón y el gato donde se sustentaba gran parte de las sensaciones y afinidades que producía esta serie. El espectador invierte un tiempo sentimental con estos personajes, y los sabe en peligro constante, siempre al borde de la desaparición. En un universo como este, cada escena tiene su peso, cada diálogo debe ser escuchado con atención: pude ser el último, puede ser el presagio de una catástrofe inminente.

En el momento en el que los grandes protagonistas empezaron a sobrevivir a muertes seguras, GoT comenzó a perder su esencia. Como en las mejores tragedias de la antigüedad, la muerte, por encima de todo lo demás, es el fenómeno que define el tono y la narración de la saga.

Pero esto es cosa del pasado. Hace tiempo que hemos más o menos asumido que el GoT duro, ese en el que la vida de los protagonistas podía ser segada en cualquier momento, no volverá. Nos hemos acostumbrado a salvaciones in extremis, deus ex machina, resucitados, y esta temporada no ha escatimado esfuerzos en reforzar este camino. Lo que no esperaba era que esos mismos protagonistas perdiesen la lucidez y amplitud de miras acostumbradas. Dejando de lado el gran espectáculo ofrecido y que, por fin, hayamos abandonado los los morosos planteamientos de otras ocasiones para empezar a disfrutar de sus frutos, la séptima temporada será recordada por ser aquella en la que GoT perdió la inteligencia. Un mínimo de sentido crítico es suficiente para observar en casi cada uno de nuestros héroes una degradación similar. Un Tyrion cayendo de manera reiterada en las trampas de Cersei; Daenerys convirtiéndose en una niña mimada cuya máxima aspiración es que todo hijo de vecino se postre de rodillas; Jon Snow lanzándose a una misión suicida junto con otro puñado de idiotas; las pocas luces demostradas en la batalla del lago frente a los muertos; la enervante actitud de Bran; la torpe dinámica entre Arya y Sansa… los momentos poco acertados son innumerables, la fragilidad de algunos argumentos y proyectos más que evidente. Todo el aparataje narrativo necesario para llegar a los giros de guión, a las sorpresas, se nos ha mostrado en esta temporada excesivamente rebuscado, montado casi en exclusiva para dar lugar a esos momentos, deslumbrantes, en los que la batalla y la épica pudiera desarrollarse. Lo que en otras ocasiones parecía férreo y perfectamente acabado, ha aparecido esta vez como cogido con hilos, poblado de errores necesarios para mantener su poco brillante razonamiento. Los buenos giros de guión se caracterizan por resultar sorprendentes e impensables a pesar de estar guiados por una lógica implacable. En esta ocasión, la sorpresa está ahí, pero no la lógica. Lo implacable esta vez es la obcecación de los protagonistas por buscarse problemas gratuitos, por ser, ya está dicho, bastante tontos. El premio gordo se lo lleva Benjen Stark, apareciendo de la nada tras años desaparecido y muriendo otra vez después de salvar, de nuevo, al irrompible Jon Snow.

Por encima de este subtexto, sin embargo, hay tal cantidad de momentos impactantes que uno olvida fácilmente que lo que guía la serie ya no es el duro sentido común del consabido juego de tronos sino los apresurados errores de quien está a punto de acabar un proyecto demasiado ambicioso. Faltan seis capítulos, solo seis, que se antojan pocos pero que, muy posiblemente, sean los que necesitamos. He asumido que el final no será como espero, he aprendido, de hecho, a no esperar nada, a dejarme llevar, una vez que la lectura de los libros es solo un recuerdo cada vez más lejano, por la sorpresa y falta de juicio de este mundo de dragones, muertos vivientes y tronos. El desconsiderado hiato que separa lo que debería haber sido una única temporada final tampoco me molesta. Quizás sea necesario para digerir tanta violencia, tan poco respiro.

El fin del verano ha llegado, el sprint final ha sido ya lanzado. Es posible que el convulso universo westeriano esté tomando atajos, sobrentendidos, decisiones poco meditadas y también que los personajes, capaces de moverse por el continente a una velocidad sobrehumana, parezcan estar tan obsesionados como nosotros porque esto termine. Sabemos que Tyrion, Jon Snow o Daenerys llegarán casi con toda probabilidad a los compases finales de la serie, pero sucede que ese fin cada vez está más cerca. En la séptima temporada, tan memorable como oligofrénica, ha habido momentos más que suficientes para terminar con esta manera de manejar los destinos de nuestros héroes, pero parece que tendremos que seguir esperando un poquito más. Mientras tanto, seguiremos pensado y hablando, junto al resto de fans, sobre ese puñado de imágenes icónicas que nos han regalado las últimas semanas y entre las que se encuentra esa última escena final que nos recuerda que la guerra parece que no será tan fácil de ganar como podría haber parecido en un primer momento, y que, aunque GoT nunca vuelva a ser esa serie inteligente y maquiavélica que tantas veces nos sorprendió, es posible que sí que pueda volver a ser extremadamente peligrosa. 

Filmaffinity: 8.6
IMDb: 9.5

The Last Ship

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Esta semana ha regresado The Last Ship, la intriga bélica post-apocalíptica que tantos momentos sonrojantes nos ha dado estos últimos años. Ambientada en un mundo casi devastado por una misteriosa enfermedad en el que una nave de guerra es la última esperanza del ser humano, The Last Ship comenzó con varios puntos a su favor: una atractiva premisa a medio camino entre un Battlestar Galactica náutico y The Walking Dead; el mecenazgo de Michael Bay; un nicho poco transitado como es el de las series de guerra moderna. En su contra, todo lo demás, incluyendo el mecenazgo de Michael Bay, los clichés que pueblan cada minuto de su metraje y una manera muy particular de entender el mundo: imperialista, maniquea, patriotera.

Pero hay algo en el trazo grueso que resulta irresistible. El maniqueísmo radical, tan inservible en la vida real, funciona en este tipo de series como un reducto de simpática sencillez. Todo es diáfano, todo funciona como debería. Los héroes son guapos y bondadosos, y los villanos… pues no. En el aspecto político tampoco hay matices. Para sensibilidades poco amigas de los símbolos patrióticos, de las banderas y similares, todo el aparataje americano resulta vergonzoso, pero también, en cierta forma, envidiable. De la misma forma que un ateo puede disfrutar determinados himnos religiosos, o poemas inspirados en la gracia divina, es posible encontrarle la gracia a esas grandes proclamas tan típicas en el cine comercial de Estados Unidos y, especialmente, de las producciones de Michael Bay. Esos sentimientos nacionalistas nos resultan ajenos e infantiles, pero también, como ya he dicho, envidiables. Envidia de observar creencias que superan al individuo, lo que legitiman y subliman. Envidia del cobijo y sensación de comunidad que da esa patria a la que tanto aman. Aunque dios no existe y la patria solo es, en el mejor de los casos, una manera como cualquier otra de llamar al gobierno, uno podría muy bien dejarse llevar y, por una vez, sentir la calidez de semejantes creencias, aunque solo sea durante los 40 minutos de reloj que dura cada uno de los capítulos de una serie de fórmula como The Last Ship.

En cualquier caso, el patriotismo de The Last Ship es, como en cualquier otra producción del estilo, un complemento cosmético. Lo que se le pide a una serie como esta no es enardecer los corazones de los descreídos, sino diversión sin complicaciones, guerra moderna, traiciones y batallas, y ahí es donde destaca. Sin demasiados alardes, echando mano de soluciones simples y personajes bienpensantes hasta la locura, The Last Ship sabe dar lo que se espera de ella, e incluso cuenta con la gran virtud de haber sabido re-imaginarse una vez quedó superada su premisa inicial.

The Last Ship ha tenido muchas oportunidades para convertirse en su propia parodia, pero siempre ha sabido seguir tirando del hilo y encontrar nuevas vetas donde desarrollar su épica de todo a cien y seguir dándole interés y algo que hacer al atractivo capitán del Nathan James y su leal chavalería.

Filmaffinity: 5.4
IMDb: 7.5

The Strain

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(Contiene espoilers de las primeras tres temporadas de The Strain)

Regresa The Strain para su cuarta y última temporada con un cambio de tercio completo que insufla cierta vida a una historia que hace mucho que muestra claros síntomas de agotamiento. Lo que hasta ahora había sido el relato de una lucha por la supervivencia de la raza humana frente a los strigoi, los curiosos vampiros con trompa creados por Guillermo del Toro, se convierte en esta entrega a una distopía post-apocalíptica en la que hay poco por lo que luchar. La guerra terminó y los vampiros ganaron, y lo único que puede hacer la facción humana es asumir la derrota y contentarse con ese mundo a medio camino entre 1984 y True Blood que nos proponen los guionistas.

Nos encontramos a nuestros héroes desperdigados por Estados Unidos, meses después del clímax de la temporada anterior, intentando sobrevivir e incluso organizar algo parecido a una resistencia. A través de los siempre socorridos flashbacks sabremos cómo han llegado hasta ahí, aunque no parece que haya mucho que contar. The Strain ha prometido que no volverá, y empieza a haber prisa por cerrar el chiringuito.

The Strain siempre se ha sentido cómoda en el desarrollo de clichés, y esta temporada no es distinta. Al margen de su planteamiento (considerar el vampirismo una enfermedad trasmitida a través de parásitos suena casi original) el resto de las novedades siempre han llegado a cuentagotas. En esta entrega final los tópicos se acumulan sin pausa, incluso aunque no tengan demasiado sentido. La ambientación pseudo-nazi enlaza con los orígenes de algunos personajes, pero no parece encajar demasiado con la naturaleza animalesca que hasta ahora habían mostrado los strigoi. Las granjas de crianza tienen cierta lógica, pero la manera como se ha llegado a ello es, como poco, sorprendente. ¿Era este tipo de cuestiones logísticas para lo que el interesante personaje de Palmer tenía tanta importancia?

Al margen de los clichés, esta temporada ahonda en una sensación que siempre ha estado ahí. En demasiadas ocasiones, The Strain parece tener mejor pinta por el texto que subyace debajo que por lo que vemos en pantalla, no pocas veces fastidioso y decepcionante, como el final de la temporada pasada. Hay buenas ideas apenas desarrolladas, grandes biografías resumidas con cuatro pinceladas, una historia interesante cubierta bajo toneladas de lugares comunes y personajes extraordinariamente antipáticos (pocas series han alcanzado una colección de protagonistas tan rematadamente odiosos).

The Strain comenzó muy bien, pero perdió fuelle hace demasiado tiempo. Queremos que termine de una vez, pero acompañaremos su desvencijado cadáver hasta la puerta misma del cementerio. Con sus muchos errores, fue una buena serie de vampiros.

Filmaffinity: 6.1
IMDb: 7.4

 

 

American Gods | Primera Temporada

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American Gods narra el encuentro y aventuras de Shadow Moon, un ingenuo ladrón recién salido de la cárcel, y Mr. Wednesday, un misterioso gentleman para el que termina trabajando como guardaespaldas. Sobre las cuatro ruedas del icónico Cadillac Fleetwood recorrerán Estados Unidos reclutando aliados para lo que está por venir. Sobre esta base clásica de road movie construye Neil Gaiman, fuente primaria de esta historia, la epopeya de una guerra entre dioses. De un lado las antiguas divinidades, los dioses de toda la vida representados por Wednesday, y del otro los nuevos ídolos, fenómenos surgidos a rebufo de la modernidad y que el público, sus creyentes, han colocado en lo más alto de sus deseos y pesares.

Esta primera temporada funciona como un largo planteamiento en el que las cartas de la partida no quedan del todo reveladas hasta su mismo final. Aquí estriba, en mi opinión, el principal riesgo de American Gods. Su esperado final no se convierte en acicate para la próxima temporada, no invita al espectador a seguir pegado al televisor, más bien lo contrario. Un raro efecto anticlimático embarga sus últimos minutos. Una vez expuesta toda su realidad, lo que seducía comienza a cansar, e incluso Wednesday, interpretado por el siempre brillante Ian McShane, pierde de repente su atractivo.

American Gods fascina mientras se mantiene ambigua, juguetona. En ese extraño mundo repleto de extraños dioses que ni parecen inmortales ni mucho menos omnipotentes, la guerra que se nos avecina apetece menos que conocer sus orígenes, el trasfondo que la termina desatando. En cualquier caso, hay material suficiente para que la segunda temporada recupere el brío de sus primeros episodios. La conseguida atmósfera onírica que nubla cada episodio y la química existente entre el inspirado elenco invita a ser optimista, por más que parezca que, al igual que le sucede a Shadow Moon la mayoría del tiempo, esta guerra entre divinidades venidas a menos y diosecillos de nuevo cuño nos pille un poco a contrapié.

Filmaffinity: 7.3
IMDb: 8.3

Guerrilla

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Hace unos años, una miniserie relató la fecunda trayectoria criminal del famoso terrorista internacional Ilich Ramírez, Carlos. Durante los años 70 y 80, Europa vivió la violenta resaca del mayo del 68 francés con la aparición de numerosos grupos radicales que plagaron de terror y sesudos manifiestos los telediarios de todo el mundo. En este 2017 llega Guerrilla, la respuesta británica al estudio y dramatización de aquel turbulento periodo de la historia del que el Chacal fue un peón más.

La respuesta británica y también racial, por supuesto. En Guerrilla, las entelequias del marxismo y la liberación de los pueblos quedan en un segundo plano ante la inmediatez de la lucha contra el racismo. El Brexit nos ha recordado que, no hace mucho, la bien pensante y políticamente correcta Gran Bretaña trataba con la punta del pie a los hijos de sus colonias.

En esa atmósfera de intolerancia y violencia asistimos al nacimiento de uno de esos grupos, el así llamado Black Army Faction, indisimulado homenaje a la Rote Armee Fraktion (Fracción del Ejercito Rojo). Este famoso grupo terrorista alemán también aparece en la serie, y sirve a los guionistas de molde para narrar la historia de nuestros protagonistas, tomando el nombre, el apodo (Banda de Bishop-Mitra frente a la original Banda de Baader-Meinhof) e incluso algunos hechos biográficos más o menos maquillados. Durante seis capítulos somos testigos de la lucha contra la brutal persecución policial, que es también una lucha contra los propios prejuicios de los protagonistas a la hora de cómo y por qué utilizar la violencia.

Este camino hacia el maquiavelismo queda incompleto debido a la escasa duración de la miniserie, que termina cuando empezaba a ponerse interesante. Aunque se han guardado cartas suficientes para una segunda temporada, las pobres audiencias conseguidas invitan a pensar que no podremos verlo.

Al margen de sus cuidados giros de guión, merece una mención aparte la participación de Idris Elba, que también produce y sirve de reclamo publicitario de manera ligeramente tramposa (su papel es mucho menos protagónico de lo que se da a entender). Aún así, se guarda para sí uno de los personajes más interesantes de la serie, y vuelve a resultar creíble e hipnótico.

Filmaffinity: 6.3
IMDb: 5.6