Guerrilla

guerrilla-freida-pinto

Hace unos años, una miniserie relató la fecunda trayectoria criminal del famoso terrorista internacional Ilich Ramírez, Carlos. Durante los años 70 y 80, Europa vivió la violenta resaca del mayo del 68 francés con la aparición de numerosos grupos radicales que plagaron de terror y sesudos manifiestos los telediarios de todo el mundo. En este 2017 llega Guerrilla, la respuesta británica al estudio y dramatización de aquel turbulento periodo de la historia del que el Chacal fue un peón más.

La respuesta británica y también racial, por supuesto. En Guerrilla, las entelequias del marxismo y la liberación de los pueblos quedan en un segundo plano ante la inmediatez de la lucha contra el racismo. El Brexit nos ha recordado que, no hace mucho, la bien pensante y políticamente correcta Gran Bretaña trataba con la punta del pie a los hijos de sus colonias.

En esa atmósfera de intolerancia y violencia asistimos al nacimiento de uno de esos grupos, el así llamado Black Army Faction, indisimulado homenaje a la Rote Armee Fraktion (Fracción del Ejercito Rojo). Este famoso grupo terrorista alemán también aparece en la serie, y sirve a los guionistas de molde para narrar la historia de nuestros protagonistas, tomando el nombre, el apodo (Banda de Bishop-Mitra frente a la original Banda de Baader-Meinhof) e incluso algunos hechos biográficos más o menos maquillados. Durante seis capítulos somos testigos de la lucha contra la brutal persecución policial, que es también una lucha contra los propios prejuicios de los protagonistas a la hora de cómo y por qué utilizar la violencia.

Este camino hacia el maquiavelismo queda incompleto debido a la escasa duración de la miniserie, que termina cuando empezaba a ponerse interesante. Aunque se han guardado cartas suficientes para una segunda temporada, las pobres audiencias conseguidas invitan a pensar que no podremos verlo.

Al margen de sus cuidados giros de guión, merece una mención aparte la participación de Idris Elba, que también produce y sirve de reclamo publicitario de manera ligeramente tramposa (su papel es mucho menos protagónico de lo que se da a entender). Aún así, se guarda para sí uno de los personajes más interesantes de la serie, y vuelve a resultar creíble e hipnótico.

Filmaffinity: 6.3
IMDb: 5.6

 

Born to Kill

Born to Kill Sam--(None)_A2.jpg

Esta semana ha terminado Born to Kill, la nueva aproximación de Channel 4 al mundo de los asesinos en serie. La fijación que la televisión británica siente por este tipo de individuo es digna de mención. Cada año nos bombardean con nuevos y cada vez más siniestros asesinos, y con todo un catálogo de audaces y atormentados detectives. No es raro que la gran parodia de este tipo de ficción también sea inglesa (me refiero a A Touch of Cloth).

Born to Kill, sin embargo, enfoca el fenómeno desde un punto de vista distinto. No es un drama policial, ni sigue paso a paso una concienzuda investigación, ni nos martiriza con toda una retahíla de asesinatos rituales. Lo que nos cuentan en esta ocasión es el nacimiento de uno de estos monstruos, con todos los tópicos filtrados y vertidos en su protagonista, Sam Woodford, un adolescente criado en una familia marcada por la tragedia.

La vida de Sam no ha sido fácil. La temprana muerte de su padre hizo que creciera muy deprisa, adoptando una actitud paternal con su propia madre, la repentinamente madura Romola Garai, pero hay algo en su educadísima y adulta actitud que escama desde el principio. A lo largo de los cuatro capítulos que componen esta miniserie, asistimos a los primeros pasos de un psicópata, un inválido emocional cuyo único principio moral reside en el egoísmo. Pero también, consciente de sus limitaciones, observamos sus esfuerzos para ocultar su condición, para fingir con exquisita pulcritud los sentimientos y las reacciones que se supone que tienen las personas normales.

Born to Kill es una historia sencilla, corta y directa, que necesita de un factor focal sobre el que sostener la narración, y lo encuentra en la gran interpretación de Jack Rowan, el joven actor que da vida a Sam. Su gloriosa hipocresía, los matices de sus mentiras, la manera como negocia y mimetiza sentimientos que siempre son ajenos… una hipnótica gestualidad que aterra y da sentido a toda la trama, y hace de Born to Kill una miniserie digna de ser vista.

Filmaffinity:
IMDb: 7.5

Gangland Undercover camino del final

gangland_undercover__photo_1.jpg

Charles Falco fue un confidente de la policía que durante los primeros años de la década pasada se infiltró en algunas de las más peligrosas bandas de moteros de Estados Unidos, las así llamadas “one percenter”, orgullosa ironía a propósito del famoso comentario de la Asociación Estadounidense de Motociclismo sobre la honradez del 99 por ciento de los moteros. A principios de 2015, History Channel retrató su primera incursión en una de estas bandas, la denominada Vagos. Nunca pensé que aquella extraña serie a medio camino entre la ficción y el documental (el propio Falco aparece en la serie) pasara de una primera entrega, pero la sorpresa ha llegado casi dos años después con una segunda temporada más pulida y centrada en su investigación sobre MongolsOutlaws y, lo que es aún más chocante, con la promesa, telegrafiada en el nuevo arco argumental, de una tercera.

Gangland Undercover reproduce con seguridad los tópicos del subgénero del infiltrado. Dentro de la organización criminal, Falco las pasa canutas, y cada capítulo supone la promesa de un desastre. Buenos y malos desconfían de él y, para colmo, sus relaciones personales terminan inmiscuyéndose en el trabajo. Ya ni siquiera sabe quiénes son sus amigos.

En circunstancias normales, este tipo de temática no suele tener mucho recorrido, pero Gangland Undercover tiene la ventaja de estar basada en hechos reales, lo que ayuda a contener la imaginación de los guionistas (uno de ellos el propio Falco) y les evita introducirse en demasiados callejones sin salida.

Macarrismo, frases lapidarias y un infiltrado muy resultón es todo cuanto Gangland Undercover puede ofrecernos y, teniendo en cuenta su economía de medios y escasa ambición, no parece poca cosa. La tercera temporada dará el necesario cierre a esta historia de paranoia, traición y gente que se libra por los pelos.

Filmaffinity: 7.1
IMDb: 8.4

Neil Gaiman por partida triple

Era cuestión de tiempo que Neil Gaiman comenzase a prodigarse más en la pequeña pantalla. Aunque no sea un medio totalmente ajeno para él, sus grandes obras aún permanecían sin adaptar, y el repunte de interés del cine y la televisión por el mundo del cómic no podía dejarlo de lado. Con The Sandman en el horizonte y Lucifer, uno de sus subproductos, ya asentado como serie procedural, llega ahora la esperada American Gods, basada esta vez en una de sus novelas.

Todavía es pronto para saber si logra colmar las grandes expectativas que ha suscitado. Mientras tanto, podemos echarle un vistazo a Neil Gaiman’s Likely Stories, una miniserie de cuatro capítulos estrenada el año pasado y basada en cuatro historias cortas de gran fabulador británico.

Por su propia naturaleza antológica y su escasa cohesión, resulta inútil analizar Likely Stories como un todo. Cada capítulo, de veinte minutos largos de duración, funciona o yerra por sí solo, y, pese a la irregularidad, todos tienen su punto de interés.

97687975-Neil-Gaimans-Likely-Stories-CULTURE-large_trans_NvBQzQNjv4Bqeo_i_u9APj8RuoebjoAHt0k9u7HhRJvuo-ZLenGRumA

Foreign Parts

La premisa de la primera entrega, un hombre que comienza a no reconocer su propio cuerpo, es interesante, pero la escasa duración del relato impide el desarrollo de una idea muy buena. Poco aprovechado.

neil_gaimans_unlikely_stories.jpg

Feeders and Eaters

Más clásica y predecible que la anterior, el trabajo de sus actores ayuda a darle brillo, con el siempre hipnótico Tom Hughes. Posiblemente la peor entrega.

1475666250_HISTORIAS_PROBABLES.jpg

Closing Time

Una vez más, un relato de corte clásico, y también predecible, pero con una atmósfera malsana y una resolución realmente escalofriante. Cuatro niños pasean por un bosque…

looking-for-the-girl-9292.png

Looking for the Girl

Un fotógrafo repara en la existencia de una modelo que parece no envejecer. La historia más ambiciosa de la serie, un relato sobre la persecución de la belleza, siempre esquiva pero eterna.

Filmaffinity: 6.0
IMDb: 6.5

Better Call Saul

BCS_S3_PREPREM_LOOKATSEASON_SHORTEPREV.jpg

Ha regresado Better Call Saul y con ella ese lento caminar que nos conduce directamente hacia algo que ya hemos visto. Saul Goodman nunca estuvo entre mis personajes favoritos de Breaking Bad, y tampoco soy un gran admirador de las precuelas. Y sin embargo, qué grave error hubiese sido pasar por alto esta gran serie.

Revisitando Breaking Bad, uno puede notar con claridad los cambios de registro que la serie fue viviendo a lo largo de sus cinco temporadas. No se trata tan solo de la famosa evolución de su personaje principal. La trama y el estilo van cambiando hasta alcanzar su cénit durante el último puñado de capítulos en los que se concretó ese tono único e inolvidable tan característico, a medio camino entre la intriga, la comedia negra y el drama psicológico.

A su lado, Better Call Saul se nos muestra como un producto terminado desde su inicio. Quizás porque no había necesidad de dibujar un final impactante o porque, sencillamente, es una serie más reflexionada, Better Call Saul ha logrado desde el principio lo que a Breaking Bad tanto le costó conseguir: que cada capítulo sea por si solo una joyita única y memorable, un fin en sí mismo y no el camino hacia algo más.

Sabemos que Jimmy McGill terminará llamándose Saul Goodman, y tenemos una idea bastante aproximada de las razones de ese cambio. Conocemos al dedillo los pormenores de la época más vibrante de su carrera, e incluso hemos vislumbrado qué fue de él después de que Walter White pasara por su vida. Pero nos encanta que nos lo cuenten, cada detalle, cada gesto, hasta que no haya nada más que contar.

Filmaffinity: 7.6
IMDb: 8.7

La cuarta (o quinta) de Fargo

fargo_tv_on_fx.0_cinema_1200.0.png

Esta semana comienza la tercera temporada de Fargo y todos sus fanáticos tenemos claro qué va a suceder. Sin necesidad de leer las sinopsis oficiales, sabemos que será una historia “real”, que a petición a los supervivientes los nombres de sus protagonistas se han cambiado, y que por respeto a los muertos el resto se narrará tal y como sucedió.

Pero sabemos más cosas. En el nevado medio-oeste americano, una o dos personas no especialmente brillantes (esto es importante) se verán envueltos en un crimen cuyas consecuencias bañarán de sangre y violencia su vida y la de sus conocidos. Las tres entregas que nos han llegado, contando la película original, relatan esta misma historia, y no parece que haya necesidad de cambiar.

En esta moda de convertir en serie viejos éxitos del cine, los Coen eligieron con Fargo el camino menos transitado. No planearon una precuela, como hemos visto en Taken, o una secuela al estilo de The Exorcist. Tampoco re-elaboraron ni ampliaron la trama original. Fargo cuenta siempre historias distintas que en realidad son siempre la misma, con un único tono de extrema frialdad y violencia, y con la sempiterna estupidez de sus protagonistas actuando como detonante y catalizador de ese submundo de perdedores que, queriendo librarse de las consecuencias de un crimen, acaban inmersos en el infierno.

No era el primer intento. En 2003 apareció el episodio piloto para una serie que nunca se concretó. Como en la película original, aquella Fargo ponía el protagonismo en una mujer policía embaraza (interpretada por Edie Falco, dispuesta a doblar trabajo con The Sopranos), inmersa en esta ocasión en una trama distinta, con el asesinato de un farmacéutico de por medio. Tal vez aquel pequeño fracaso era necesario para, años después, construir una serie, la actual, tan curiosamente innovadora, tan poco convencional en su desarrollo repetitivo y novedoso a la vez.

Los fanáticos de Fargo sabemos lo que va a pasar y esperamos con ansiedad los nuevos episodios, los nuevos protagonistas y sus feroces errores. Esperamos ver otra vez esa misma historia basada en hechos reales, y la misma habilidad para construir secuencias de impacto duradero, como aquella conversación en el ascensor de la primera temporada, cuando un crecidito Martin Freeman desafiaba a Billy Bob Thornton, pensando que el discípulo estaba en condiciones de tutear al maestro, y cagándola estrepitosamente, o aquella otra vez, en la segunda temporada, cuando Kirsten Dunst, con encantadora ingenuidad, se convertía, de manera imperceptible, en una torturadora asesina, el peor tipo de criminal.

Filmaffinity: 8.3
IMDb: 9.0

 

 

Cancelan The Knick

the-knick-bloody

Aunque triste, la cancelación de The Knick, anunciada la semana pasada, no debería sorprender a nadie. La segunda temporada acabó con una serie de bombas de relojería minuciosamente programadas y un leve sabor agridulce. En la gélida atmósfera de The Knick convivían personajes y procedimientos quirúrgicos, conflictos de alcance sobre la discriminación, las adicciones y la bajísima alta sociedad. The Knick era sucia y pulcra a la vez,como el mismo hospital decimonónico en el que se desararollab la vanguardia de la medicina de la época, pero en aquel último capítulo todo dio un vuelco.

Pareciera como si los guionistas se hubiesen cansado de las tramas, del realismo que transpiraban. En la entrega final, cada uno de los protagonistas terminó enfrentado a su propia historia, dándole la vuelta o, directamente, cambiando de mundo. Es habitual que la así llamada season finale prepare los hilos argumentales de la próxima temporada, pero en The Knick, si hacíamos caso a lo que nos presentaron, la siguiente temporada hubiese sido otra serie totalmente distinta.

Al margen de su atmósfera y tono marca de la casa Steven Soderbergh, lo que siempre nos atrajo en The Knick fue ese torrente de innovación, muchas veces excesivo, que fluía del hospital que daba nombre a la serie. En el Knickerbocker fueron inventados los paramédicos, la epidural, la adrenalina, el plástico, la cura de la sífilis o la psicología, entre otras muchas cosas. Esto convertía la serie en una especie de juego entre los guionistas por ver cuántos procedimientos revolucionarios encajaban en la trama. Si al doctor Thackery no le dieron el Nobel de Medicina fue sencillamente porque no llegó a convencer al señor Nobel de que crease el premio.

Nada importa ya, ni la desbocada capacidad innovadora de los cirujanos de The Knick ni el brutal cambio de terció que se nos venía y cuyo mayor problema no era tanto el camino elegido sino la manera como lo habían desarrollado olvidando fugazmente la verosimilitud que siempre ha sido característica de la serie, y lanzándose en los brazos de la fabulación más desbocada. La próxima temporada tendría que haber decidido si tales licencias eran mecanismos necesarios para mantener la sorpresa o se convertían en la esencia del nuevo The Knick. No será necesario.

Filmaffinity: 7.7
IMDb: 8.5