El final del verano

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Resulta muy difícil escribir sobre Game of Thrones. Ni siquiera los grandes hitos del mundillo de las series como The Sopranos o The Wire han merecido tal cantidad de interés de público y crítica. Parece imposible decir algo que no haya sido ya escrito o teorizado por alguno de sus fans y, sin embargo, tampoco sería recomendable que dejase pasar la oportunidad de sacar un par o tres de apuntes sobre semejante fenómeno televisivo, el más grande de la última década.

Siempre he tenido la sensación de que, sin haber leído los libros en los que está inspirada, la serie Game of Thrones se queda corta, como si fuesen necesarios todos esos conocimientos literarios para apreciar lo que sucede dentro de la pantalla. A la vista está que me equivoco: el espectáculo se sostiene por sí solo. Tras la sexta temporada, una entrega que podíamos llamar de transición, este paquete de capítulos que acaba de terminar nos ha dado lo que tanto tiempo anhelamos: los primeros compases de la guerra final; las reencuentros tantas veces pospuestos de nuestros queridos protagonistas; Daenerys en Westeros; la llegada del invierno…

La historia, por fin, evoluciona, y nada es lo esperábamos. A pesar de las múltiples teorías levantadas, de lo aparentemente encaminada que estaba la trama y de que, como comentaré luego, GoT hace años que dejó de ser ella misma, sus autores se la han vuelto a apañar para sorprender, impactar y dejar sin aliento al espectador, dándole la vuelta a cualquier idea previa y, en suma, entreteniendo como hacía tiempo que no lo lograba un producto audiovisual.

Digo que GoT hace tiempo que dejó de ser ella misma e intento no ser injusto. Los hallazgos de GoT trascenderán el mundo de la televisión y, no me cabe duda, alcanzarán el cine, pero no puedo evitar notar ciertas lagunas en lo que, hasta cierto punto, parecía un producto casi perfecto. Son muchos los aspectos que atraen de esta serie, pero hay uno que destaca por encima del resto. Al margen de su cuidada factura, de sus diálogos shakesperianos y del sexo y la violencia, lo que caracterizaba a GoT, lo que la hacía única y preciada, era su condición de serie peligrosa. A medio camino entre la sorpresa y el sadismo, las primeras temporadas, los primeros libros, contaban con ese plus que pocas series pueden ofrecer, debido principalmente al hecho comprensible de que juega en su contra: matar al protagonista es un tabú narrativo, una solución a la que solo se llega obligado por las circunstancias o, en ocasiones, tras la búsqueda del giro de guión definitivo. En GoT esta rara cualidad había alcanzado su epítome: nadie estaba a salvo, todos podían morir, y era en ese mínimo juego del ratón y el gato donde se sustentaba gran parte de las sensaciones y afinidades que producía esta serie. El espectador invierte un tiempo sentimental con estos personajes, y los sabe en peligro constante, siempre al borde de la desaparición. En un universo como este, cada escena tiene su peso, cada diálogo debe ser escuchado con atención: pude ser el último, puede ser el presagio de una catástrofe inminente.

En el momento en el que los grandes protagonistas empezaron a sobrevivir a muertes seguras, GoT comenzó a perder su esencia. Como en las mejores tragedias de la antigüedad, la muerte, por encima de todo lo demás, es el fenómeno que define el tono y la narración de la saga.

Pero esto es cosa del pasado. Hace tiempo que hemos más o menos asumido que el GoT duro, ese en el que la vida de los protagonistas podía ser segada en cualquier momento, no volverá. Nos hemos acostumbrado a salvaciones in extremis, deus ex machina, resucitados, y esta temporada no ha escatimado esfuerzos en reforzar este camino. Lo que no esperaba era que esos mismos protagonistas perdiesen la lucidez y amplitud de miras acostumbradas. Dejando de lado el gran espectáculo ofrecido y que, por fin, hayamos abandonado los los morosos planteamientos de otras ocasiones para empezar a disfrutar de sus frutos, la séptima temporada será recordada por ser aquella en la que GoT perdió la inteligencia. Un mínimo de sentido crítico es suficiente para observar en casi cada uno de nuestros héroes una degradación similar. Un Tyrion cayendo de manera reiterada en las trampas de Cersei; Daenerys convirtiéndose en una niña mimada cuya máxima aspiración es que todo hijo de vecino se postre de rodillas; Jon Snow lanzándose a una misión suicida junto con otro puñado de idiotas; las pocas luces demostradas en la batalla del lago frente a los muertos; la enervante actitud de Bran; la torpe dinámica entre Arya y Sansa… los momentos poco acertados son innumerables, la fragilidad de algunos argumentos y proyectos más que evidente. Todo el aparataje narrativo necesario para llegar a los giros de guión, a las sorpresas, se nos ha mostrado en esta temporada excesivamente rebuscado, montado casi en exclusiva para dar lugar a esos momentos, deslumbrantes, en los que la batalla y la épica pudiera desarrollarse. Lo que en otras ocasiones parecía férreo y perfectamente acabado, ha aparecido esta vez como cogido con hilos, poblado de errores necesarios para mantener su poco brillante razonamiento. Los buenos giros de guión se caracterizan por resultar sorprendentes e impensables a pesar de estar guiados por una lógica implacable. En esta ocasión, la sorpresa está ahí, pero no la lógica. Lo implacable esta vez es la obcecación de los protagonistas por buscarse problemas gratuitos, por ser, ya está dicho, bastante tontos. El premio gordo se lo lleva Benjen Stark, apareciendo de la nada tras años desaparecido y muriendo otra vez después de salvar, de nuevo, al irrompible Jon Snow.

Por encima de este subtexto, sin embargo, hay tal cantidad de momentos impactantes que uno olvida fácilmente que lo que guía la serie ya no es el duro sentido común del consabido juego de tronos sino los apresurados errores de quien está a punto de acabar un proyecto demasiado ambicioso. Faltan seis capítulos, solo seis, que se antojan pocos pero que, muy posiblemente, sean los que necesitamos. He asumido que el final no será como espero, he aprendido, de hecho, a no esperar nada, a dejarme llevar, una vez que la lectura de los libros es solo un recuerdo cada vez más lejano, por la sorpresa y falta de juicio de este mundo de dragones, muertos vivientes y tronos. El desconsiderado hiato que separa lo que debería haber sido una única temporada final tampoco me molesta. Quizás sea necesario para digerir tanta violencia, tan poco respiro.

El fin del verano ha llegado, el sprint final ha sido ya lanzado. Es posible que el convulso universo westeriano esté tomando atajos, sobrentendidos, decisiones poco meditadas y también que los personajes, capaces de moverse por el continente a una velocidad sobrehumana, parezcan estar tan obsesionados como nosotros porque esto termine. Sabemos que Tyrion, Jon Snow o Daenerys llegarán casi con toda probabilidad a los compases finales de la serie, pero sucede que ese fin cada vez está más cerca. En la séptima temporada, tan memorable como oligofrénica, ha habido momentos más que suficientes para terminar con esta manera de manejar los destinos de nuestros héroes, pero parece que tendremos que seguir esperando un poquito más. Mientras tanto, seguiremos pensado y hablando, junto al resto de fans, sobre ese puñado de imágenes icónicas que nos han regalado las últimas semanas y entre las que se encuentra esa última escena final que nos recuerda que la guerra parece que no será tan fácil de ganar como podría haber parecido en un primer momento, y que, aunque GoT nunca vuelva a ser esa serie inteligente y maquiavélica que tantas veces nos sorprendió, es posible que sí que pueda volver a ser extremadamente peligrosa. 

Filmaffinity: 8.6
IMDb: 9.5

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